Goggomobil Dart: el microcoche que parecía un chiste pero iba en serio

Goggomobil Dart: el microcoche que parecía un chiste pero iba en serio

¿El coche de los payasos? NO (pero casi)


Tiempo de lectura: 8 min.

A primera vista, el Goggomobil Dart parece un coche de choque con matrícula, o peor, un correpasillos que un nene olvidó en un parque y que por alguna razón acabó circulando por las carreteras australianas. Es pequeño hasta la caricatura, con carrocería de fibra de vidrio y sin puertas, lo que te obliga a entrar como si fuese un kart de feria pero más incómodo. En los años cincuenta, cuando lo habitual era soñar con V8 enormes o berlinas de lujo alemanas, que alguien se plantase con un descapotable de 3 metros de largo y un motor de moto sonaba a problema mental.

Lo que ocurre es que la broma salió bien. Es muy raro porque Australia, que nunca ha tenido demasiada tradición de coches pequeños porque allí las distancias son más grandes que tu paciencia en un atasco, abrazó la idea con cierta simpatía. Era diferente, era barato y, aunque no podías cruzarte el país sin perder la dignidad (y de paso la vida), en ciudad te bastaba para ir del garaje a la playa sin gastar demasiado. El Dart nació con espíritu ligero y funcional, aunque lo que más llamaba la atención era la sensación de que alguien se había equivocado y había homologado un coche de feria.

Para entenderlo hay que meterse en contexto. En Europa, la posguerra había llenado las calles de microcoches como los Isetta o los Messerschmitt, que compensaban la falta de dinero con ingenio y de paso te facilitaban el aparcamiento. En Australia no había esa necesidad extrema porque lo que sobra es espacio, pero sí un concesionario con ganas de liarla: el de Bill Buckle. El tío decidió que, en lugar de seguir vendiendo coches importados, iba a fabricar el suyo, y lo hizo. Cogió un chasis alemán, lo vistió de fibra de vidrio y le puso el nombre más americano posible: Dart. Como el Dodge. Como si un misil supersónico cabiese en 300 cc.

Esa es la paradoja del Goggomobil Dart, porque nació como un coche funcional, pero acabó siendo un icono kitsch, más recordado por su pinta absurda y lo ridículo de sus prestaciones que por su utilidad real. Es uno de esos coches para el que prefiere la personalidad frente a la velocidad.

Goggomobil Dart (2)

¿Cómo acabó inventando un mini-batmovil de fibra un concesionario?

Pues eso: Buckle importaba coches alemanes de Glas, los Goggomobil sedán y coupé, que eran tan atractivos como pagar impuestos. Eran pequeños, prácticos y fiables, sí, pero con el mismo sex appeal que una nevera blanca… por detrás. Así que Buckle decidió darle un poco de gracia al asunto.

El chasis del Goggomobil era tan simple que parecía diseñado por un fontanero con prisas, y a eso se le añadía un motor trasero bicilíndrico, tracción trasera y poco más. Era robusto en su minimalismo, lo que a Buckle le vino perfecto. La clave fue la carrocería: en lugar de chapa, se pasó a la fibra de vidrio, un material que en la época sonaba casi a ciencia ficción y estaba reservado a los Corvette y poco más. La fibra permitía formas más atrevidas, era más ligera y, sobre todo, más barata de producir en pequeñas series. Con ese movimiento, Buckle convirtió un coche aburrido en algo que llamaba la atención de todos.

El diseño era obra de la propia factoría de Buckle en Sydney, y aunque hoy lo vemos como un juguete extraño, en su momento era bastante futurista gracias a sus curvas redondeadas, ausencia total de puertas y una silueta que, con mucha imaginación, recordaba a los coches de Le Mans. No le faltaba glamour, y además tenías un coche que parecía de carreras en miniatura. Eso sí, con un detalle: para entrar había que saltar dentro como si fueras un canguro australiano con resaca.

El resultado fue un híbrido raro entre el exotismo y la practicidad. Por un lado, un microcoche ridículo, pero por otro, un producto nacional en un país donde la mayoría de coches llegaban de fuera. Por eso el Dart no era solo un coche barato; era un símbolo de que Australia podía tener su propia ocurrencia automovilística, aunque fuese con un motor más pequeño que el de una scooter italiana.

Goggomobil Dart (4)

El motor de juguete que te hacía sentir Fangio (si cerrabas fuerte los ojos)

El Dart montaba motores bicilíndricos de dos tiempos, de 300 o 400 cc, con potencias que iban de los 15 a los 20 caballos, lo que da hoy un patinete eléctrico de los baratos en bajada, y aun así el Dart se las apañaba para darte cierta sensación de velocidad. La clave estaba en su peso de apenas 380 kilos. Era como mover un secador de pelo con ruedas.

Comparado con cualquier coche de la época, el Dart era lento hasta la desesperación. Al lado de un Fiat 600 parecía que ibas marcha atrás, y un Mini Cooper era a su lado una berlina alemana de 500 CV. Pero el Dart tenía un truco: como iba tan bajo, tan ligero y tan abierto, la sensación subjetiva era la de volar. A 80 km/h ya sentías que estabas en Nürburgring, aunque en realidad estabas en una carretera secundaria de Sydney provocando una caravana.

El sonido tampoco ayudaba a la discreción. Era un bicilíndrico de dos tiempos, así que olía a mezcla de aceite y sonaba como un avispero dentro de una lata. Lo gracioso es que, como nunca ibas a medias, ibas siempre a fondo. El coche te obligaba a exprimirlo, y así parecía que corrías.

Lo mejor era la ilusión de cerrar los ojos y sentirte Fangio en un Maserati. Luego los abrías y recordabas que estabas en un Dart, adelantando una furgoneta de helados y porque estaba aparcada.

Goggomobil Dart (3)

Subirse era un deporte olímpico

Si hay algo que hace especial al Dart, más allá del motor y del diseño, es su acceso. No tenía puertas. Ni una, ni media. Para entrar, había que saltar dentro, como en los coches de carreras de Le Mans de los cincuenta, con la diferencia de que aquí no había glamour, ni fotógrafos, ni champán al final. Había un ridículo monumental de tratar de encajar primero una pata y después la otra.

Imagina la escena: un señor trajeado intentando entrar en su Dart para ir a una cita elegante. Subirse ya era complicado, pero salir era directamente un espectáculo de circo. No había manera de hacerlo con dignidad. O dabas un salto acrobático, o te arrastrabas como si hubieras perdido una pelea mientras volcabas el coche. El coche te quitaba el ego en cada trayecto, ¡puro estoicismo!

Una vez dentro, el puesto de conducción era igual de básico. Un volante mínimo, un salpicadero casi inexistente y unos asientos que parecían sacados de un columpio. Pero, al mismo tiempo, la experiencia era tan pura que te lo pasabas bien. No había distracciones, ni botones inútiles, ni comodidades. Solo tú, el motor de avispero detrás y el aire pegándote en la cara.

Esa mezcla de ridículo y diversión es lo que hace inolvidable al Dart. Era incómodo, sí, pero cada trayecto se convertía en anécdota. Cuando un coche es capaz de eso, aunque no corra ni suba cuestas con gracia (o tan siquiera las suba), ya ha cumplido su papel en la historia.

Goggomobil Dart interior

Un icono raro que Australia hizo suyo

El Dart nunca fue un éxito masivo. Se fabricaron poco más de 700 unidades, lo justo para dejar huella sin saturar el mercado. Pero en Australia se convirtió en un símbolo extraño, un coche que la gente recordaba con una sonrisa y cierta ternura. Mientras Europa tenía sus Isetta y Messerschmitt, Australia podía decir: “Nosotros tenemos el Dart”.

Hoy en día, es un clásico raro. No lo verás en cualquier colección, pero los que lo tienen lo cuidan como si fuese un Ferrari Dino. Los precios no son absurdos, pero van al alza porque el factor kitsch tira mucho en el mundo de los coleccionistas. No compras un Dart por sus prestaciones, lo compras porque es un trozo de historia automovilística que parece sacado de una broma y, sin embargo, es real.

Lo curioso es que el Dart, sin proponérselo, se adelantó a una tendencia moderna: la del coche como juguete emocional. No era práctico, no era rápido, no era cómodo. Pero era divertido, llamativo y diferente, y eso, cuando casi todo coche era una caja de chapa aburrida, era oro.

El automovilismo no siempre tiene que ser serio. Puede ser absurdo, puede ser ridículo y, aun así, dejar una huella imborrable, porque a veces, lo único que necesitas para pasar a la historia no son caballos, ni récords, ni títulos. A veces basta con ser un coche que parece de feria, pero que va en serio.

La unidad que aparece aquí, lo subastó Mecum en septiembre de 2025

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Sobre mí

Jose Manuel Miana

Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.

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