El Chrysler 300 Cabriolet de 1966 era grande, potente y opulento. Era también el último año del motor de 383 pulgadas cúbicas en la gama, es decir, 6.276 centímetros cúbicos, el último suspiro de una fórmula que llevaba una década definiendo lo que significaba conducir un gran americano con las manos en el volante y el cielo abierto encima.
Imagina una mañana de verano en California, la autopista casi vacía, el techo bajado y un V8 de más de seis litros ronroneando bajo el capó. El Chrysler 300 Cabriolet de 1966 no necesitaba hacer nada más para justificarse. Era el tipo de coche que existía para ese momento exacto, y lo hacía con la convicción de quien sabe que nadie en el mercado podía ofrecerte lo mismo al mismo precio.
El peso de la reputación
En 1966, Chrysler llevaba más de una década construyendo la reputación de la serie 300 como la combinación más ambiciosa de lujo y rendimiento que podía comprarse en un concesionario americano. La saga había empezado con el 300C de 1955 –el coche más potente fabricado en serie en Estados Unidos en su momento, con 300 CV en una época en que la competencia apenas llegaba a 200–, y desde entonces el nombre había acumulado un historial de victorias en velocidad, récords en playas de Florida y una reputación que los compradores de Cadillac y Lincoln miraban con una mezcla de respeto y envidia.
La serie de letras –la más radical, la de competición directa– había terminado en 1965 con el 300L. Lo que quedaba para 1966 era la versión “no numerada” –sin letras en la denominación–, más asequible, más civilizada, pero construida con el mismo vocabulario estético: la calandra de retícula fina, los pilotos angulados, las líneas que Bill Brownlie había diseñado para Chrysler con una elegancia austera y casi europea –o eso consideraban ellos– que los críticos de la época solían elogiar mientras cuestionaban los detalles. Motor Trend, en su número de noviembre de 1964, describió el diseño como demasiado recargado en detalles, de conjunto sin gusto. Car Life, más tarde, fue más generosa: un crucero potente y sin esfuerzo, capaz de aislar al conductor del mundo con una eficacia que pocos rivales podían igualar.
Motor y transmisión: la arquitectura del placer
El motor estándar del 300 de 1966 era el 383 cubic inches, el bloque B de Chrysler en su versión de cuatro cuerpos de carburador: 6.276 centímetros cúbicos, 325 CV a 4.800 revoluciones por minuto y 470 pie de par –637 Nm–. No era el HEMI de las series de letras clásicas –ese había desaparecido en 1958 junto al 300D–, sino el motor Wedge, más sencillo en su arquitectura de cámaras de combustión en cuña pero igualmente capaz en el uso diario. Suave en las bajas revoluciones, con un empuje que llegaba pronto y se mantenía plano, sin la agresividad de un motor de competición pero con la suficiente reserva como para que adelantar en autopista nunca requiriera esfuerzo ni planificación.
La caja de cambios era la TorqueFlite automática de tres velocidades, uno de los desarrollos técnicos más celebrados de la industria americana en aquella década. La prensa de la época coincidía en señalarla como la transmisión automática de referencia, por encima de la Hydra-Matic de General Motors: más suave en los cambios, más predecible en su comportamiento, más fiable en el uso intensivo. Chrysler la ofrecía de serie en la mayoría de sus modelos de gama alta, y los propietarios del 300 la recibían como uno de los argumentos más sólidos del coche.
Lo que muchos entusiastas olvidan es que, para 1966, el bastidor de este 300 compartía mucho más ADN estructural con sus hermanos menores de Dodge que con los exclusivos modelos de las ‘series de letras’ de años anteriores. Chrysler estaba empezando a democratizar su plataforma de alto rendimiento, convirtiendo lo que antes era un purasangre de nicho en un crucero de lujo mucho más accesible, una estrategia que, irónicamente, fue la que permitió que la leyenda sobreviviera tanto tiempo en las calles
Comportamiento y tacto de conducción
Un conjunto que daba lugar a una forma muy particular de conducir, algo alejada de la europea. Sirva de ejemplo que, a pesar de sus más de 300 CV, el 0 a 100 kilómetros por hora lo hacía alrededor de los 8,5 segundos, mientras que la velocidad máxima rozaba por poco los 200 kilómetros por hora. Era un coche enorme, con mucho poderío mecánico, pero no estaba diseñado para correr.
El eje delantero tenía suspensión con barras de torsión –una solución técnica que Chrysler había adoptado mucho antes que sus rivales y que mantuvo durante décadas– que daba al 300 un comportamiento en carretera notablemente más preciso de lo que su tamaño prometía. Car Life señaló que, a pesar de sus dimensiones, el coche manejaba los baches con soltura y mantenía una trayectoria estable incluso a velocidades sostenidas. La dirección asistida era estándar, y los frenos de tambor en las cuatro ruedas –todavía sin disco en este modelo– requerían anticipación en las frenadas fuertes pero eran perfectamente suficientes para el uso para el que el coche estaba pensado. Propietarios de la época describían la experiencia de aceleración con el 383 y la TorqueFlite como de una respuesta inmensa y un par que llegaba con tal suavidad que costaba creer las cifras que indicaba el velocímetro.
La experiencia al aire libre
La carrocería descapotable añadía a ese conjunto algo que el hardtop no podía ofrecer: la posibilidad de que toda esa experiencia –el sonido del V8 a régimen medio, el calor del sol en las manos sobre el volante, la sensación de tamaño y solidez del coche– ocurriera al aire libre, sin techo que mediara entre el conductor y el mundo. El mecanismo de la capota era eléctrico, suave y silencioso según la descripción de los propietarios de la época, y el habitáculo con la capota bajada ofrecía espacio de sobra para cuatro adultos sin la sensación de estrechez que otros cabriolets de precio similar imponían.
El 383 desaparecería de la gama del 300 al año siguiente, sustituido por el 440 cubic inches en sus dos versiones, incluyendo el TNT de trescientos cincuenta CV que Car Life calificó sin dudar como el más capaz de los motores de Chrysler en ese momento. El descapotable sobreviviría solo cuatro años más, hasta 1970, antes de desaparecer también de la gama. El Chrysler 300 Cabriolet de 1966 es, en ese sentido, un punto de inflexión: el último año del motor original, el penúltimo del descapotable en la serie no numerada, el final de una forma de entender el gran turismo americano que empezaría a cambiar irreversiblemente con la crisis del petróleo de los años siguientes.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".