Porsche borda un Taycan único, pero nos deja fríos

Porsche borda un Taycan único, pero nos deja fríos

es bonito pero le falta armonía


Tiempo de lectura: 9 min.

Un cliente suizo con tres Porsche eléctricos en el garaje quería un Taycan Turbo GT distinto a todos los demás, y Porsche se lo ha bordado hasta el último tornillo. Un coche único en el mundo, salido del programa Sonderwunsch, con una pintura oro Nordisch metalizada que ningún catálogo ofrece y unos treinta registros de personalización, más de la mitad inventados desde cero para este encargo. El oficio es impecable, no hay por dónde cogerlo. La pregunta que me hago es otra.

Porque este artículo va a ser un ejercicio de sinceridad conmigo mismo, y lo aviso de entrada. Me toca aplaudir un trabajo artesanal de primerísimo nivel, del mismo linaje que aquel Rolls-Royce Phantom Regatta que celebré hace nada, y a la vez confesar que el conjunto me deja tibio por un motivo que no tiene que ver con la calidad, sino con lo que hay debajo de toda esa filigrana. Porque una cosa es admirar cómo está hecho algo y otra muy distinta desearlo, y aquí esas dos reacciones se me separan como el agua y el aceite. Vamos a verlo con calma, que el asunto tiene su miga.

El buen hacer de Sonderwunsch no se discute

Lo primero es reconocer el mérito donde lo hay, faltaría más. El programa Sonderwunsch es la cúspide de la personalización de Porsche, el sitio donde un cliente llega con un dibujo de su coche soñado y un equipo de artesanos de Zuffenhausen se sienta con él a decidir qué locuras son viables, y en este caso hicieron falta tres reuniones presenciales y un rosario de coordinaciones para parir el resultado. El propio vicepresidente de personalización admite que individualizar un Taycan a este nivel era terreno desconocido hasta para ellos, y hablamos de la casa que restaura 356 y monta motores a mano, así que la frase no es humo. Eso, viniendo de Porsche, es mucho decir.

El exterior arranca de esa pintura especial que lo cambia todo, y hay que reconocer que la elección tiene gusto. El oro Nordisch metalizado no es un capricho moderno, sino que rescata el oro metálico que Porsche usó por primera vez en los 911 y 914 de principios de los setenta, un color cálido de amarillos, naranjas y rojos que remite al oro puro y que volvió a asomar a finales de los dos mil en el 911 997 y el Cayenne GTS. Sumas los detalles en Turbonita y Neodyme, el escudo del capó, los retrovisores en negro brillo, las inserciones satinadas, las llantas forjadas de 21 pulgadas con el escudo en el centro, y tienes un ejercicio cromático que se nota pensado y no improvisado sobre la marcha.

PORSCHE TAYCAN TURBO GT Sonderwunsch eR Julio 2026 (1) El interior sube la apuesta con una coherencia que da gusto ver, todo hay que decirlo. Los asientos combinan tejido Pepita en negro y gris Pizarra en el centro, piel gris Kiesel en los laterales y Racetex en los reposacabezas, con costuras en tiza y beige Mojave que se repiten en salpicadero y puertas para que nada quede suelto. Hay un logotipo grabado en el cuero del compartimento central, un volante con marca a las doce, el selector del cambio y las salidas de aire pintados en Neodyme, el reloj Sport Chrono a juego con la carrocería y hasta la llave con su estuche del mismo oro. Se lo curró, el suizo, y Porsche también.

Los remates rozan la obsesión sana, esa que separa el capricho del arte de verdad. Umbrales con la inscripción turbo GT retroiluminada en naranja, cinturones en beige Atacama, carpeta de documentos hecha a mano, una placa individualizada en el soporte de las bebidas. Nada de esto es fácil, nada es barato y nada es automático. Es artesanía de la buena, sin discusión posible.

Pero debajo de la joyería sigue habiendo un electrodoméstico veloz

Y aquí llega mi problema, que no es con el trabajo sino con el lienzo. Toda esa orfebrería se ha volcado sobre un Taycan Turbo GT, un coche de 1.108 caballos que acelera de cero a cien en 2,3 segundos y que hace cosas asombrosas con la física, pero que emociona más o menos lo mismo que un tren de alta velocidad, es decir, te aplasta contra el asiento durante tres segundos gloriosos y luego te deja indiferente el resto del viaje. Sube a alguien que no entienda de coches y quedará impresionado con el empujón, igual que en una atracción de feria, pero no volverá a acordarse del asunto al día siguiente. La cifra impresiona. La experiencia no conmueve.

El Taycan es, técnicamente, una maravilla, y no seré yo quien lo niegue con datos en la mano. Monta un inversor de pulsos de carburo de silicio en el eje trasero, pesa 75 kilos menos que un Turbo S gracias a un carrocín lleno de carbono, lleva la suspensión Active Ride que reparte la carga entre ruedas con precisión de bisturí, y en mayo le arrebató al Xiaomi SU7 Ultra el récord eléctrico del Nürburgring por poco más de un segundo, en plena guerra fría industrial con los chinos. Ese último detalle tiene su lectura, porque una marca centenaria tuvo que emplearse a fondo con paquete Weissach y kit Manthey para quitarle la marca a un fabricante de teléfonos que lleva cuatro días haciendo coches. Sus 1.108 caballos y sus 2,3 segundos hasta los cien son cifras que hace veinte años pertenecían a la ciencia ficción y hoy caben en una berlina con cuatro puertas y maletero. Un prodigio de ingeniería, sí. Un prodigio silencioso y sin pulso.

PORSCHE TAYCAN TURBO GT Sonderwunsch eR Julio 2026 (14) Ese es justo el quid de mi frialdad, y lo digo sin acritud hacia la máquina. Un coche de coleccionista clásico emociona porque tiene un motor con carácter, una mecánica que envejece con dignidad, un sonido que reconoces a ciegas, una vida propia que dialoga contigo y que cambia según la temperatura, los años y las manías de cada unidad. Un eléctrico no tiene nada de eso, porque su alma es software y su corazón una batería que dentro de quince años será un problema de reciclaje antes que una reliquia venerada. Puedes pintarlo de oro y coserlo a mano, que por debajo late un ordenador con ruedas que se actualiza por wifi y se queda obsoleto por decreto del fabricante.

La pregunta incómoda se cae de madura, entonces. ¿Merece la pena volcar cientos de horas de artesanía irrepetible sobre una plataforma que, por su propia naturaleza, no está pensada para durar ni para enamorar a largo plazo como lo hace un motor de combustión? El Rolls Phantom Regatta era un salón atemporal al que esos detalles añadían siglos de vida emocional, una joya que pasará de padres a nietos ganando aura por el camino. El Taycan es un misil de época que quedará viejo en cuanto salga la siguiente actualización de potencia, y su batería envejecerá mucho antes que su tapicería cosida a mano. No es lo mismo, por mucho oro Nordisch que le pongas encima.

Un lujo que no critico, pero que tampoco envidio

Que quede claro que no le reprocho nada al cliente, ojo, porque cada cual se gasta su dinero como quiere y este hombre ha hecho feliz a mucha gente en Zuffenhausen. Un señor con tres Porsche eléctricos y pasión declarada por la tecnología encarga el Taycan de sus sueños y Porsche se lo fabrica clavado al dibujo que llevó bajo el brazo, con tres viajes a Alemania de por medio para pelear cada detalle con los artesanos. Eso es una historia bonita de artesanía y capricho que no merece ni una pizca de desprecio, y ojalá hubiera más clientes con las ideas tan claras. Su coche, su gusto, su fiesta y su dinero.

Tampoco reniego de la técnica del Taycan, que conste, porque negar lo que es sería de tontos. Es probablemente el mejor eléctrico deportivo del planeta, un coche que hace por la causa de la electrificación deportiva más que mil discursos de Bruselas, porque demuestra sobre el asfalto lo que los reglamentos solo saben imponer sobre el papel, y ese récord del Nürburgring frente a los chinos tiene su mérito industrial y su lectura geopolítica. Lo respeto como logro de ingeniería, igual que respeto un caza de combate o una turbina de central. Otra cosa es que me llegue al estómago.

PORSCHE TAYCAN TURBO GT Sonderwunsch eR Julio 2026 (2)

Lo que me pasa con este coche es más melancólico que crítico, para qué engañarnos. Veo el mejor oficio de Porsche, el mismo que borda un 911 clásico o resucita una joya de los cincuenta pieza a pieza, empleado en vestir de gala a una mecánica que jamás me hará girar la cabeza en un túnel para oírla rugir, ni me hará bajar la ventanilla solo por el placer del sonido, ni envejecerá conmigo ganando carácter década a década, y todo eso me da una pena rara, difícil de explicar, como ver a un gran sastre cosiendo el traje más bonito del mundo para un maniquí de escaparate. El trabajo es sublime. El sujeto, inerte.

El Porsche Taycan Turbo GT del cliente suizo es un ejercicio de artesanía que merece todos mis respetos y ninguna de mis ganas, un despliegue de oficio Sonderwunsch tan impecable como otros que he aplaudido pero volcado esta vez sobre un coche cuya alma es una línea de código y cuyo corazón caduca con la próxima actualización, así que me quedo con la duda incómoda de si el verdadero lujo, el que se hereda y emociona durante generaciones, puede construirse de verdad sobre un eléctrico por muchos gramos de oro Nordisch y muchas costuras Mojave que le cosan encima, porque una obra de arte necesita un alma que la sostenga y la acompañe durante décadas, y el Taycan, con todo su portento y todos sus caballos, todavía no ha aprendido a tener una.

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Sobre mí

Jose Manuel Miana

Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.
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