El Iryo me dejó en Madrid sin percances, que parece cosa de ficción teniendo en cuenta el asunto del ferrocarril en España. Uno de esos viajes en que sales del tren, miras el móvil, buscas el punto de recogida, llevas la cabeza en modo logística y todavía no sabes si el coche que vas a probar te va a caer bien o te va a dar la semana. No era un plan de postal, pero precisamente por eso venía perfecto. Un familiar híbrido no se entiende en una carretera vacía con puesta de sol y música épica, sino cuando tiene que hacer algo mucho menos glamuroso: recogerte en Madrid y devolverte a Zaragoza sin cansarte, sin beber como un animal y sin tocarte las narices más de la cuenta.
El Mitsubishi Grandis me esperaba blanco, limpio y muy en plan coche sensato. No era de esos coches que ves y dices “madre mía, necesito dar una vuelta ya”, pero tampoco parecía una cutrez. Tenía esa presencia tranquila de SUV familiar moderno, con tamaño razonable, postura elevada y un acabado alto que se notaba en algunos detalles concretos: el techo panorámico electrocrómico, el equipo Harman Kardon, la pantalla vertical, la conectividad y esa sensación de que Mitsubishi había querido darle al coche un punto de coche caro sin convertirlo en un quiero y no puedo.
La autonomía marcada rondaba los 700 kilómetros, y eso, mira, no te arranca una lágrima de emoción, pero te pone de buen humor. Zaragoza estaba lo bastante lejos como para que el viaje sirviera de prueba real, aunque no tanto como para convertirlo en una expedición. Un coche familiar híbrido debe empezar así, con calma. Debe darte la sensación de que puedes tirar millas sin mirar el depósito cada dos por tres, sin calcular paradas absurdas y sin negociar con una app como si estuvieras intentando entrar en la NASA. Llenas, arrancas y te vas. Qué concepto tan revolucionario.
La primera pelea no llegó con el motor, ni con el consumo, ni con la pantalla. Llegó con el asiento. Me subí, cerré la puerta, empecé a tocar mandos y tardé más de lo normal en encontrar una postura que me convenciera. Mido alrededor de 1,80 metros, que no debería ser una talla problemática en un SUV familiar actual, pero el Grandis me obligó a pactar con él. No me maltrató, no me expulsó, no me hizo querer devolver las llaves a los cinco minutos, pero tampoco me dijo “siéntate, que esto está pensado para ti”. Creo que ahí empezó la prueba de verdad.
La recogida, el asiento y el primer pacto
El primer contacto con un coche de prensa siempre tiene algo de cita rara. Tú llegas con tus manías, el coche llega con sus soluciones de ingeniería y los dos intentáis averiguar si vais a convivir sin haceros daño. El Grandis traía regulación eléctrica del asiento, apoyo lumbar y una apariencia general de coche cómodo, así que lo lógico habría sido apretar dos botones, colocar el volante y salir de Madrid sin más ceremonia. Pero no. El asiento bajaba, el respaldo cambiaba, el volante se ajustaba, y aun así quedaba esa sensación de postura encontrada a base de insistir, no de postura natural.
No quiero venderlo como un desastre, porque no lo fue. El matiz es más ligero, y precisamente por eso conviene explicarlo bien. Hay coches en los que te sientas y todo cae en su sitio: el volante, los pedales, la altura, el campo de visión, el apoyo del muslo y la distancia al salpicadero. El Grandis no me dio esa sensación. Me obligó a tocar varias veces, a mover el cuerpo, a mirar hacia delante y a aceptar una posición correcta, pero no redonda. Es como esos zapatos que no te hacen rozadura, pero tampoco estrenas pensando que vas pisando nubes. Al rato te acostumbras, pero preferirías que fuesen como un guante.
La parte buena apareció cuando salí de la primera impresión y empecé a hacer kilómetros. El asiento trató bien mi espalda, y eso es maravilloso para hacer kilómetros. Una postura rara al principio puede quedar en anécdota si el coche te permite llegar entero, mientras que una postura maravillosa de concesionario no vale de nada si dos horas después la banqueta empieza a clavarse donde no debe. El Grandis no hizo eso. Llegué a Zaragoza sin bajarme como si viniera de descargar sacos de cemento en la obra.
El coche, por tanto, no falla por comodidad pura. Falla, o mejor dicho, tropieza, en el encaje inicial. Te obliga a negociar la postura antes de empezar a quererlo, y eso en un familiar importa porque un familiar lo van a conducir personas distintas, con tallas distintas, manías distintas y espaldas distintas. El Grandis tiene un asiento amable cuando ya estás colocado, pero no me pareció un puesto de conducción universal. Es de esos coches que conviene probar sentado, con calma y sin el comercial respirándote en la nuca, porque la ficha no te cuenta si tu cuerpo y el coche se van a entender.
Madrid Zaragoza sin dramas, que ya es bastante
El Grandis empezó a hablarme de él mejor en cuanto Madrid quedó atrás. La autovía tiene esa capacidad maravillosa de quitarle maquillaje a los coches: si hacen ruido, lo notas; si gastan mucho, lo ves; si van justos de potencia, lo sufres; y si el asiento es malo, tu espalda presenta alegaciones. El Mitsubishi no se vino abajo. Dejó de ser “el coche de la postura rara” y empezó a ser algo bastante más útil: un familiar híbrido que hacía kilómetros con tranquilidad y sin dar mal.
El sistema híbrido de 159 CV encaja bien con el planteamiento. No es un coche rápido, ni debería fingirlo. Pero tira bien. Una incorporación no se convierte en una súplica, un adelantamiento razonable no exige rezar y la velocidad de crucero llega con naturalidad. Hay híbridos que en ciudad parecen la pera, pero que en carretera enseñan una vena quejica, con mucho ruido y poca sustancia. El Grandis no me dio esa impresión. Cuando hacía falta empujar, empujaba con pitera. Sin teatro, que es como deben hacerlo estos coches.
El consumo también fue uno de los argumentos buenos. No voy a venderlo como si hubiera descubierto una fórmula secreta, porque no hace falta. El Grandis gastó poco para su tamaño, para su formato y para el tipo de uso que le di. El recuerdo del Leapmotor C10 me vino a la cabeza, porque aquel eléctrico podía jugar otra liga de coste si lo cargabas bien, pero esa comparación también tiene trampa. El Leapmotor pide enchufe para mostrar su mejor cara; el Mitsubishi pide gasolina y sigue palante. Hay mucha gente para la que esa sencillez sigue siendo oro.
El Harman Kardon terminó de hacer interesante el viaje. Esto puede sonar secundario hasta que te comes horas de autovía, pero aunque buen equipo de sonido no convierte Madrid-Zaragoza en la Ruta 66, ayuda a que el trayecto no sea una sucesión sosa de camiones, radares y paneles luminosos. Sonaba con cuerpo, sin esa tristeza metálica de equipos que parecen pensados para escuchar avisos del navegador y poco más. El Grandis no me emocionaba por motor, pero la música sí le daba al habitáculo una calidad de viaje que agradecí mucho como melómano.
La pantalla no molesta, el pitorro sí
La pantalla central me gustó más de lo que esperaba. El Grandis lleva una pantalla vertical grande (la misma que Renault), Android Auto inalámbrico y servicios integrados, pero no sentí que el salpicadero estuviera secuestrado por una tablet gigante. Eso ya me parece una victoria en 2026, porque demasiados coches modernos confunden tecnología con plantar una tele en mitad del coche y esconderlo todo detrás de menús. El Mitsubishi no llega a ese extremo. La pantalla está, se usa y no invade más de la cuenta.
Android Auto funcionó como tenía que funcionar: mapas, música, llamadas y poco mareo. No necesito que un coche me regale una experiencia digital transformadora, ni que el sistema multimedia parezca una red social con ruedas. Necesito que el móvil entre bien, que el navegador vaya claro, que la música se gestione sin demasiada pelea y que el coche no me obligue a pensar en él cuando debería mirar la carretera. El Grandis, en esa parte, se comportó bastante bien. No me hizo perder la paciencia, que ya es más de lo que puedo decir de muchos sistemas modernos.
El problema llegó con los mandos de audio. El mando tras el volante, el famoso pitorro de escuela Renault, sigue siendo una solución que puedo entender en teoría y maldecir un poco en la práctica. Habrá quien lo use con los ojos cerrados y lo defienda como si fuera patrimonio nacional, pero yo sigo prefiriendo una ruleta normal, visible, clara y sin capas de interpretación. Quieres subir la música, giras. Quieres bajarla, giras al otro lado. Fin. No todo necesita una reinterpretación.
Además, la cosa se volvió más puñetera cuando el coche decidió alguna vez que el volumen que yo estaba regulando era el del asistente de voz y no el de la radio. No es un drama, no convierte el Grandis en un mal coche y no justifica quemar el manual de usuario en una ceremonia pagana, pero toca las narices. Precisamente porque es una acción básica. Quieres subir o bajar una canción, no negociar con el ecosistema de audio del vehículo. Menos mal que el climatizador conserva controles suficientes, porque temperatura, aire y desempañado sí se manejan sin peregrinar por la pantalla. Ahí el coche recupera bastante sentido común.
El coche es perfecto para el día a día
El Mitsubishi Grandis ganó puntos cuando empezó la vida normal. Lo usé para recados, ciudad, trayectos cortos y todo ese uso que no luce en una prueba bonita, pero decide si un coche vale. Entrar, salir, cargar cosas, aparcar, volver a abrir el maletero, conectar el móvil, moverse entre calles y hacer lo típico que hace una familia cualquier semana. Ahí el Mitsubishi empezó a caerme mejor, porque no molestaba. En un coche de diario, no molestar ya es una virtud bastante seria.
El tamaño acompaña. Midiendo 4,41 metros, el Grandis no es pequeño, pero tampoco parece un SUV tipo tanque. Se mueve bien en ciudad para lo que es, las ayudas del acabado alto facilitan las maniobras y el coche no transmite esa sensación de SUV grande que te hace mirar cada columna de garaje como si estuviera acercándose por iniciativa propia. Tiene presencia familiar, altura y maletero, pero no convierte cada aparcamiento en una prueba de oposición.
El maletero me pareció muy aprovechable. La cifra oficial del HEV se queda en 434 litros, y además la banqueta trasera deslizante permite jugar con el espacio según toque llevar más piernas o más carga. Eso es muy de coche familiar bien pensado, porque la vida real no viene ordenada en dos maletas rígidas y una bolsa de fin de semana. Viene en compra grande, mochilas, cajas, chaquetas, bolsas que alguien mete “un momento” y objetos random que acaban viviendo en el maletero tres días. El Grandis tragaba bastante bien todo ese caos.
La habitabilidad, aun así, pide una nota al pie escrita en mayúsculas moderadas. Caben cuatro adultos y medio, que es una unidad de medida poco científica pero muy familiar. Cuatro adultos normales pueden viajar bien; el quinto depende del trayecto, de la complexión y del cariño que se tengan entre ellos (pero cuanto más cercanos, mejor). El problema real aparece con adultos altos. Mi hermano, que mide 2 metros, se subió el último día, bajó el asiento todo lo posible y aun así quedó demasiado cerca del techo, mientras la curva superior del parabrisas le tapaba parte del campo de visión. Para él, conducirlo sería inviable. Para alguien de talla media, puede ser un coche muy cómodo. Para alguien muy alto, la prueba de asiento no es recomendable, sino obligatoria.
Techo mágico, nombre grande y veredicto real
El techo electrocrómico de la versión Kaiteki es el detalle que más me llamó la atención. Pulsas el botón, el cristal se oscurece y el habitáculo cambia de ambiente sin que una cortinilla se mueva por encima de tu cabeza. Es una pijada, sí, pero una pijada con gracia. No todas las pijadas sobran. Algunas solo están para inflar una lista de equipamiento, mientras que otras te hacen sonreír y enseñárselas al primero que se sube. Esta pertenece más al segundo grupo. El Grandis agradece ese toque, porque por diseño general no es un coche que vaya repartiendo fuegos artificiales. Si parece que me emociono por poco, habrá que recordar que hace 20 años esta tecnología era pura ciencia ficción que aparecía en juegos como Splinter Cell.
El invento aporta luz, sensación de amplitud y un puntito tecnológico bastante fino. También deja claro que Mitsubishi ha querido vestir bien el acabado alto sin convertirlo en una caricatura de lujo barato como el caso de otras marcas. El Harman Kardon, el techo, las cámaras, la conectividad y el sistema híbrido forman un conjunto muy completo, pero no estridente. El coche no va dando voces de “mírame” como si fuese un BMW financiado, y eso me parece coherente con su papel. Es un familiar sensato con algún detalle curioso, no un show car disfrazado de coche de padres.
Mi gusto personal va por otro lado, lo reconozco. Yo habría preferido una claraboya practicable con cortinilla. El cristal que se oscurece mola, pero abrir un techo de verdad tiene algo que no se puede simular: entra aire, entra sonido, entra un poco de mundo. El electrocrómico es más moderno, más limpio y probablemente más cómodo para la mayoría, pero se queda en mirar el cielo, no en abrirlo. Aun así, no lo criticaría como error. Es una solución distinta, vistosa y bastante bien resuelta. Simplemente, no sería mi elección ideal.
El nombre Grandis también trae su propia carga. Quien recuerde el antiguo Grandis puede esperar un monovolumen grande, amplio, casi una sala de estar con matrícula. Este coche no es eso. Este Grandis es un SUV familiar de cinco plazas, con buen maletero, etiqueta ECO y mucho equipamiento, pero no un devorador de adultos enormes. Si lo juzgas como sucesor espiritual de un monovolumen, quizá te falte coche por dentro. Si lo juzgas como SUV híbrido familiar moderno, la cosa encaja mucho mejor. La nostalgia no debe hacerle pagar una factura que no le corresponde.
Conclusión
El Mitsubishi Grandis HEV Kaiteki+ me dejó una impresión más positiva al devolverlo que al recogerlo, y eso dice bastante. Empezó con la postura rara y alguna pelea con el mando del volumen, pero luego fue sumando argumentos de venta de los que importan: buen consumo, potencia suficiente, asiento amable con la espalda, sonido muy agradable, maletero útil y una facilidad general para entrar en la rutina sin hacer ruido. No es un coche de flechazo, sino de convivencia.
La clave está en probarlo con tu cuerpo antes de comprarlo con la cabeza. Si mides normal, haces vida familiar, quieres etiqueta ECO, valoras un buen maletero y prefieres un híbrido que no exija enchufe ni planificación, el Mitsubishi Grandis tiene mucho que ofrecer. Si eres alto de verdad, como mi hermano, el puesto de conducción y la altura pueden cambiar por completo el veredicto. Ahí no vale la ficha, ni el acabado, ni el techo mágico. Vale sentarse, mirar al frente y comprobar si el coche te deja conducir como Dios manda.
Yo no lo despellejaría, porque no lo merece. Le señalaría sus manías, que las tiene, y le pondría un asterisco grande en ergonomía para tallas altas. Pero también diría que es un familiar híbrido muy competente, bastante cómodo, razonable de consumo y mucho más convincente en uso real que en una primera impresión estática. El Grandis no te vende épica, ni falta que le hace. Te vende llegar, cargar, gastar poco, escuchar música bien y seguir con tu día.
Al final, aunque suene poco espectacular, es justo lo que muchos coches familiares deberían hacer. El Grandis no quiere ser el protagonista de tu vida; quiere acompañarla como extra, sin dar demasiado la lata. Es, en resumen, un coche que merece la pena tener en cuenta.
Galeria de imágenes
Mitsubishi Grandis
32800A favor
- Consumo sorprendentemente bajo
- El acabado Kaiteki tiene un buen equipo de audio
- Es un coche fácil de entender en cuando a mandos y funciones
En contra
- El control del volumen desde el volante es pésimo
- El puesto de conducción no está bien diseñado
- Hay opciones más equipadas e interesantes


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Jose Manuel Miana
Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.