El parecido con el Bugatti EB110 es notorio. Si bien el lazo entre aquel superdeportivo y Lamborghini ya había existido sobremanera –sus creadores, el estilo puro de la Emilia-Romaña, la frustrada participación de Ferruccio en el desarrollo del proyecto, el diseño cortesía de Marcello Gandini–, de no ser porque se trató de un coche reacondicionado y no diseñado desde cero, el mítico Lamborghini Diablo W16 llamaría la atención por aproximarse más al Bugatti italiano que a la estética de la era Volkswagen, a la que su configuración definitiva pertenece.
Sí, el Diablo con la fórmula basada en dos V8 enfrentados existió y debe considerarse un mito porque se forjó en los años más experimentales. Es decir, cuando el límite parecía ser el cielo porque detrás de las opciones inverosímiles estaba el creador de mitos: Ferdinand Karl Piëch.
El difunto ex presidente del Grupo alemán es conocido por intentar hacer realidad lo imposible. El caso del Bugatti Veyron de 1.500 caballos trascendió días atrás. Nada que sorprendiera, porque su reputación le precede y su disciplina favorita, ver cómo encajar grandes motores en deportivos varios, ya la había dejeada clara a finales de los noventa.
Lamborghini Diablo W16: no un conejillo cualquiera
La saga W12 de Volkswagen fue el tridente de superdeportivos para la marca alemana que no fue, el Bentley Hunaudières 1999 no pasó de prototipo y los conejillos de india que le marcaron el camino al Veyron fueron evolucionando con el W18 de aspiración natural como motor objetivo, hasta que la fase final determinó que instalar un W16 con cuatro turbocompresores sería lo conveniente para la simbiosis entre potencia y refrigeración.
Desde el momento en que recibió el motor en cuestión, este Lamborghini Diablo W16 también fue un guía tecnológico, solo que a su manera por demás curiosa. A golpe de vista, puede parecer que no hay diferencias entre la zaga del Diablo SV 1999 de serie y la de este ejemplar, pero quien no nota que aquí falta el piloto izquierdo, sumado a puntuales y necesarios recortes adicionales, no merece ser llamado hábil observador.
En plena etapa de desarrollo, el W16 8.0 hizo una escala en la parte central-trasera del Diablo SV antes de avanzar con paso del W18 al W16 en el Bugatti EB 18/4 Veyron. Por el hueco intencional del faro faltante se nota, de hecho, el sistema de ventilación.
Faros fijos, aspecto brutal
Hablando de faros, los fijos sobre el morro no responden a una conversión. Insisto, no fue este un diseño creado desde cero, sino sobre la base de un Diablo SV de la época, y en ese época el deportivo acababa de dejar atrás los retráctiles. Junto a una carrocería frontal visiblemente brutal, puede que esas ópticas hagan que esta mula de pruebas me recuerde al Bugatti italiano.
Los colegas de la Motor1 alemana lo perciben de una forma cercana, aunque estableciendo comparativas no con el EB110, sino con un escenario algo más sugerente: “Su aspecto crudo y sin pulir lo hace parecer un coche de carreras en las últimas horas de Le Mans”.


Mauro Blanco
Veo arte en los coches y en sus diseños una potencia que va más allá de las cifras. Ex conductor de Renault 12 rojo modelo 1995 de épicos e imprevisibles episodios, al que recuerdo por la hostilidad de su volante, pero, sobre todo, por nunca haberme dejado en el camino.