Existe una contradicción que lleva décadas instalada en el mundo del deportivo y que casi nadie cuestiona en voz alta: cuanto más extremo es un coche, cuanto más pensado está para disfrutarse en carretera o en circuito, menos se conduce en la realidad. No es una excepción, sino casi una norma del mercado de coleccionismo, y conviene analizar por qué ocurre esto.
La respuesta no reside en la mecánica. Un motor de altas revoluciones, un chasis afinado para curvas rápidas y una caja de cambios que premia el régimen alto existen para ser usados, no para esperar eternamente bajo una lona. Los ingenieros que diseñan estas máquinas no piensan en kilometrajes bajos como un valor añadido; ellos diseñan para el placer de conducción, para la respuesta inmediata y para esa sensación que se obtiene al pisar el acelerador hasta el fondo. En definitiva, diseñan para el uso, no para la estática.
El motivo real es financiero: el valor de reventa. Un superdeportivo con pocos kilómetros vale más que el mismo ejemplar con un uso normal. No hay matiz posible en esa ecuación, pues cada trayecto resta dinero y cada kilómetro adicional convierte el coche en algo más parecido a un vehículo y menos a una inversión. Ahí reside el problema de fondo. El objeto que compramos por su capacidad de emocionar termina tratándose como si esa capacidad fuera, precisamente, lo que debemos evitar explotar.
Inversión frente a pasión
Quien colecciona deportivos no siempre es quien más disfruta conduciéndolos. Esta frase puede sonar dura, pero merece la pena dejarla sobre la mesa sin suavizarla. Existen coleccionistas que efectivamente sacan sus coches, los llevan a eventos y acumulan horas de pista; sin embargo, para otros muchos, el coche es ante todo un activo. Algo que se guarda, se mima y se revisa periódicamente para que todo funcione, pero que rara vez sale del garaje salvo para una foto, un evento puntual o una futura operación de venta.
El mérito técnico, en lugar de garantizar uso, garantiza precaución. Y la precaución, llevada al extremo, es la antítesis exacta de lo que ese coche fue diseñado para ofrecer
No hace falta ser cínico para reconocer esta realidad. Es la consecuencia lógica de cómo se ha construido el mercado en las últimas décadas. Cuando un coche se convierte en un objeto de inversión, las reglas cambian: ya no manda el placer de conducción, sino la curva de revalorización, y esa curva premia la inactividad.
El almacén climatizado es el destino natural de muchos superdeportivos modernos. Ni el circuito, ni la carretera de montaña, ni ese paso de cordillera que justificaba su existencia en primer lugar. Hablamos de una nave con humedad controlada, baterías conectadas a mantenedores de carga y fundas a medida. El coche existe, técnicamente, pero su función real se ha reducido a aparecer en un certificado de tasación cada cierto tiempo. Esto plantea una pregunta incómoda sobre qué celebramos realmente al hablar de cultura del automóvil. Si la pieza más extrema de un fabricante –la que concentra más horas de desarrollo, ingeniería puntera y ambición– termina siendo la que menos se usa, entonces el objeto y su propósito se han separado por completo. El coche sigue siendo fiel a su diseño; es el mercado el que ha decidido que ese diseño no se ponga a prueba.
La trampa del marketing
Tampoco toda la responsabilidad recae sobre los compradores. El propio sistema de producción limitada y ediciones numeradas empuja directamente hacia esta lógica. Cuantas más limitaciones tiene un modelo, más fácil resulta tratarlo como pieza de museo desde el primer día. Las marcas lo saben y, en cierto modo, lo fomentan: un coche guardado y revalorizado es una historia de marca tan poderosa como un coche conducido hasta el límite, y resulta mucho más fácil de controlar.
Lo más paradójico es que el discurso de marketing alrededor de estas máquinas sigue hablando de adrenalina y de la experiencia de conducción definitiva. Las presentaciones muestran el coche en circuito, derrapando y atacando curvas con el motor a fondo. Sin embargo, una parte significativa de las unidades vendidas terminará su vida útil sin haber repetido ni de lejos esas imágenes. El anuncio promete una experiencia que el propio sistema de coleccionismo desincentiva vivir.
Quizá la pregunta de fondo no es si los coleccionistas deberían conducir más sus coches. Cada cual decide qué hacer con lo que compra, y existe legitimidad de sobra en tratar un vehículo como una inversión. La duda más interesante es qué significa para la cultura del automóvil que sus objetos más representativos –los que mejor resumen décadas de ingeniería aplicada al placer– acaben siendo, estadísticamente, los que menos cumplen esa función. La verdadera paradoja es que cuanto mejor está hecho un coche para ser conducido, más probable es que termine sin serlo. El mérito técnico, en lugar de garantizar uso, garantiza precaución. Y la precaución, llevada al extremo, es la antítesis exacta de lo que ese coche fue diseñado para ofrecer.




Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".