El Audi R8 5.2 FSI quattro R Tronic es la culminación de una obsesión. Una fijación por superar los límites, por demostrar capacidades y por convertirse en un referente absoluto del mercado. Este modelo con motor V10 representó el punto álgido del sueño de Ferdinand Piëch y se mantiene como uno de los coches más deseados de cuantos lucen los cuatro aros en el frontal. Su precio de 157.900 euros –en 2009– también lo convertía en uno de los vehículos más caros jamás fabricados por la firma de Ingolstadt.
Para ser considerado una marca de “alta gama” real, no basta con una construcción impecable o motores potentes; hace falta un coche que cambie la percepción del mundo. En la firma alemana lo saben muy bien porque lo vivieron en primera persona. Ya tenían calidad y diseño, pero les faltaba ese “halo” exclusivo. Tras los RS2, RS6 y S8 –uno de los primeros sedanes de representación con aspiraciones deportivas–, el R8 llegó para confirmar que la marca ya no tenía miedo a nada. Es más, mientras otros competidores como BMW tenían motores V10 brillantes pero sin un coche realmente impactante donde lucirlos, el fabricante de los aros supo dar en la diana.
La puesta en escena del modelo no fue una casualidad, sino el colofón a años de dominio absoluto en las 24 Horas de Le Mans. La escudería ganó en La Sarthe con sus prototipos llamados, precisamente, Audi R8, y el salto al modelo de producción –basado en el Audi Le Mans concept– fue la forma definitiva de democratizar esa tecnología. Por descontado, sirvió para llevar al extremo su tecnología ASF –Audi Space Frame–, que ya se había empleado en una buena cantidad de modelos de la gama.
El corazón V10 heredado de Sant’Agata
Un primer paso lo dio el R8 4.2 FSI V8. Con 420 CV, demostró que el chasis de aluminio era un ejercicio de maestría, pero a Piëch no le bastaba con que fuera un gran deportivo; quería un superdeportivo total. Así nació la versión 5.2 FSI quattro, que no solo subía la apuesta hasta los 525 CV, sino que adoptaba el corazón del Lamborghini Gallardo. La marca no solo compartió plataforma y motor con la firma italiana bajo el paraguas del Grupo Volkswagen, sino que logró empaquetarlo todo en un coche que podías conducir a diario sin que se convirtiera en una tortura para, acto seguido, entrar en un circuito y arrasar con todo lo que encontraba.
Fue, posiblemente, la época más atrevida del fabricante. Un momento donde la obsesión de la directiva por la superioridad técnica se materializó en una máquina que dejó a todo el mundo casi sin palabras. El motor era una obra de ingeniería más que respetable: un V10 de 5.204 centímetros cúbicos –de carrera larga, con unos datos de 84,5 milímetros y 92,8 milímetros para diámetro y carrera, respectivamente–, con bloques y culatas de aleación, 4 válvulas por cilindro, cuatro árboles de levas movidos por cadena, inyección directa y aspiración natural, que entregaba 525 CV a 8.000 rpm y 54 mkg a 6.500 rpm.
El detalle: Aunque compartía el bloque V10 de inyección directa con el Lamborghini Gallardo LP560-4, Audi puso a punto el motor de manera diferente para otorgarle una personalidad propia. Mientras que el modelo del toro entregaba 560 CV con un carácter marcadamente salvaje y puntiagudo, el R8 se conformaba con 525 CV, ofreciendo una curva de par ligeramente más llena a régimen medio. Esto lo convertía en el superdeportivo de motor central más utilizable y noble del mundo en el día a día.
Esta mecánica se combinaba con la caja R Tronic, un cambio manual robotizado de 6 relaciones con embrague bidisco en seco. Sus desarrollos eran llamativamente cortos: la quinta solo alcanzaba 31,66 km/h a 1.000 rpm y la sexta 37,90 km/h. Como cabe esperar, las prestaciones eran de órdago. Podía alcanzar los 160 km/h desde parado en 8,31 segundos, los 1.000 metros en 21,54 segundos y el 80 a 120 km/h lo despachaba en 2,13 segundos. Todo ello con un consumo oficial de 13,7 litros. Aunque la marca anunciaba 1.625 kg, nuestra báscula reflejó 1.689 kg, lo que aun así lo convertía en un coche realmente ligero dentro de su categoría.
Equilibrio brutal y una experiencia analógica
Más allá de la frialdad de los datos, el R8 V10 era una experiencia sensorial completa. En su momento, los probadores de la época destacaban que el motor no solo era potencia pura, sino una joya sonora, puesto que cada vez que reducías, el coche daba un golpe de gas automático que sonaba como un disparo por su velocidad y contundencia. Aquello lograba mutar cada curva en una pequeña ceremonia deportiva.
Respecto al comportamiento, los especialistas afirmaban entonces que era un ejercicio de equilibrio brutal. Si bien la tracción quattro le daba una facilidad de conducción que pocos superdeportivos de motor central podían igualar, el coche no era un juguete para principiantes. Al desconectar las ayudas, el R8 exigía manos; era habitual sentir cómo el coche buscaba ir ‘de costado’ si el conductor tenía el valor de buscarle las cosquillas, revelando un carácter mucho más vivo y exigente de lo que su imagen de vehículo ‘civilizado’ sugería. En definitiva, nos encontramos ante un coche que te pedía involucrarte al cien por cien para extraer su máximo potencial, de modo que hacía de cada trayecto un auténtico examen de precisión.


Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS