Ver un Aston Martin Vanquish Zagato Shooting Brake aparcado en Classic Remise Düsseldorf tiene algo cautivador. La línea te arrastra la mirada desde la parrilla hasta la doble burbuja del techo, y en ese recorrido uno entiende que no está ante un coche práctico ni lógico, sino ante un ejercicio de estilo tan provocador como innecesario, y precisamente por eso es irresistible. Es de esos coches que no se explican con lógica: se contemplan, se oyen y se discuten.
Este es carne de friki del motor, de los que entienden que el sonido de un V12 atmosférico es argumento suficiente para perdonar cualquier exceso, y que una carrocería firmada por Zagato no necesita razones más allá de su belleza. Este Vanquish Zagato Shooting Brake no nació ni para llevar maletas ni para ir al supermercado, sino para poner nervioso al coleccionista, para dar conversación en los concursos de elegancia y para recordar que el arte también puede llevar ruedas y matrícula.
Historia compartida: cuando Aston Martin y Zagato se entienden sin hablar
La relación entre Aston Martin y Zagato es una de esas historias que el aficionado conoce como quien se sabe un buen riff de guitarra de Slash: se remonta al DB4 GT Zagato de 1960, cuando los británicos buscaban aligerar y los italianos, embellecer. A partir de ahí, cada generación ha tenido su capítulo, pero el Vanquish Zagato fue el punto de máxima intensidad de esa alianza, el momento en que ambas casas decidieron despedirse del V12 atmosférico con una serie que resumiera todo su lenguaje.
El proyecto incluyó cuatro carrocerías: coupé, volante, speedster y shooting brake. Este último fue el más raro de todos con sus sólo 99 unidades fabricadas y la intención de unir lo útil con lo sublime, aunque en la práctica el resultado fuera más capricho que funcionalidad. No importa: el objetivo nunca fue vender cifras sino contar una historia. En ese sentido, el Shooting Brake es el broche perfecto a seis décadas de amor entre dos formas de entender el automóvil: la precisión británica y la emoción italiana.
Cada unidad se ensambló a mano en Gaydon empleando piezas de fibra de carbono y un nivel de acabado que roza la obsesión. No se trataba de construir un coche rápido (que lo es, y mucho), sino de materializar un concepto: el de un gran turismo con alma de escultura, donde cada panel, cada doblez y cada costura hablara del linaje compartido. Si el DB4 GT Zagato fue un atleta con smoking, el Vanquish Zagato Shooting Brake es el dandi maduro que sabe que ya no tiene que demostrar nada.
Al final, la historia de esta colaboración se sostiene sobre una paradoja: cada nuevo Zagato es un homenaje al pasado, pero también una rebeldía contra la idea de que el diseño moderno debe ser funcional o lógico. Ahí reside su atractivo para el aficionado: no lo pedimos pero todos queremos uno en el garaje.
Diseño exterior: una doble burbuja que provoca y seduce a partes iguales
Lo primero que te atrapa del Vanquish Zagato Shooting Brake es su silueta. Una doble burbuja que se prolonga hasta el portón trasero y que es una firma reconocible para cualquier enfermo del motor porque es un gesto heredado de los coches de competición de los cincuenta que ahora se convierte en puro fetiche visual. No hay otra forma igual en la gama Aston Martin, y esa rareza le da el aura de algo prohibido, casi como si el diseñador hubiera conseguido colar un prototipo en la calle.
La carrocería es una lección de artesanía moderna a base de paneles de fibra de carbono moldeados en una sola pieza, sin juntas visibles, que generan reflejos limpios y tensiones perfectas sobre las curvas. Las ópticas traseras, con ese efecto de anillos incandescentes, parecen sacadas de un concept, y las proporciones son tan medidas que no sabes si estás ante un deportivo o ante una pieza de joyería de 1.700 kilos. No hay aristas gratuitas: todo está donde debe, y eso lo nota hasta el que no entiende de coches.
Sin embargo, lo mejor de este diseño es su falta de vergüenza. El Shooting Brake no disimula su condición de capricho, ni pide perdón por su maletero decorativo o sus dos únicas plazas. Es, directamente, un coche hecho para quien disfruta mirándolo más que conduciéndolo rápido, aunque pueda hacerlo. Ahí es donde Zagato demuestra su maestría: en transformar una idea absurda en un objeto de deseo coherente.
En fotos parece un coche grande, pero en realidad tiene la proporción justa para imponer. Es, en esencia, una escultura móvil diseñada para que te gires cada vez que te alejes.
Motor y chasis: el último rugido del V12 atmosférico
Bajo el capó hay un motor que ya pertenece a la historia: el AM29, un V12 atmosférico de 5.935 cc que entrega cerca de 600 CV. No hay turbos, no hay hibridación, no hay filtros emocionales… lo que hay es una respuesta inmediata, una melodía mecánica y la sensación de que cada acelerón es una declaración de principios contra la era del silencio eléctrico. El Vanquish Zagato Shooting Brake acelera de 0 a 100 km/h en 3,5 segundos, pero los números importan menos que el modo en que los consigue.
La caja ZF de ocho relaciones hace un trabajo impecable, más suave en modo GT y más directa en modo Sport, y el diferencial de deslizamiento limitado te asegura que los 600 caballos lleguen al suelo con la elegancia que se espera de un coche así. No es brutal como un Ferrari, ni tan afilado como un Porsche GT, pero tampoco lo pretende: este Aston prefiere insinuar la fuerza antes que demostrarla.
El chasis usa la conocida arquitectura VH de Aston Martin, una estructura de aluminio que equilibra rigidez y ligereza, y sobre ella se monta una suspensión adaptativa recalibrada por Zagato para compensar el nuevo reparto de pesos. El resultado es un coche que se siente más estable que el Vanquish estándar y, a la vez, más vivo de lo que esperas en un GT. Es el tipo de comportamiento que te hace buscar carreteras secundarias aunque el maletero vaya vacío.
Conducirlo rápido es una experiencia más sensorial que técnica: el sonido del escape, las vibraciones del V12 y la sensación de que llevas algo irrepetible te desconectan del tiempo. No importa el cronómetro, importa la sinfonía. En un mundo de escapes artificiales, eso ya vale oro.
Interior: lujo artesanal con alma de taller
El habitáculo del Vanquish Zagato Shooting Brake combina la sobriedad británica con el detalle italiano, y eso se nota en cada costura. Los asientos están tapizados en cuero Bridge of Weir, con el patrón “Z” cosido a mano en respaldos y paneles, y el aluminio del salpicadero se mezcla con fibra de carbono en patrón espiga. Todo huele a dinero, pero también a artesanía; no hay una sola pieza que parezca industrial.
El volante, heredado del One-77, tiene el grosor perfecto para que quieras conducir con guantes, y el sistema de sonido Bang & Olufsen BeoSound se integra sin estridencias, aportando una calidad que roza lo obsesivo. Es un coche en el que da gusto estar quieto, escuchando el ralentí o mirando el reflejo del techo electrocrómico sobre el cuero.
El maletero, revestido en fibra y cuero a medida, es más símbolo que utilidad, pero hay espacio suficiente para dos maletas de fin de semana y una buena dosis de vanidad. Porque, seamos honestos, quien compra un Vanquish Zagato Shooting Brake no está pensando en Ikea, sino en Villa d’Este.
En conjunto, el interior es una cápsula de placer mecánico y estético, una oda a lo que Aston Martin hace mejor que nadie: fabricar coches que parecen diseñados por sastres. Aunque la ergonomía no sea perfecta, nadie con alma de gasolinero se va a quejar por eso.
Valor, rareza y sentido para frikis del motor
El Aston Martin Vanquish Zagato Shooting Brake costaba cerca de un millón de euros nuevo, pero hoy día se mueve en torno a los 450.000 o 500.000 en las subastas internacionales. No es una mala noticia porque lo convierte en una oportunidad para coleccionistas con buen ojo. Porque hablamos de un coche con 99 unidades, un diseño irrepetible y un V12 sin sucesor directo.
Su depreciación no es tanto un defecto como un reflejo de su nicho: el mercado de los GT artesanales no siempre entiende de racionalidad, y su valor depende más del momento cultural que del kilometraje. Cuando los eléctricos dominen el mundo, el último V12 atmosférico de Aston Martin firmado por Zagato se recordará como una despedida con estilo.
Ese es el tema: este coche no tiene sentido práctico, pero sí tiene sentido emocional. Es el tipo de máquina que un friki del motor respeta aunque no pueda comprar, porque resume todo lo que amamos del automóvil: sonido, forma, historia y exceso. No hay simulación ni corrección política, solo metal, gasolina y diseño con apellido ilustre.
Al final, el Vanquish Zagato Shooting Brake no es un coche para todo el mundo. Es para quien se emociona con la ingeniería bien hecha y con el detalle artesanal. Es para quien entiende que algunas rarezas no se miden en caballos ni en euros, sino en miradas. Es, en resumen, un juguete serio.


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Jose Manuel Miana
Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.