Las subastas son raras. Unos van por la historia y otros por comprar cosas caras. La de Broad Arrow en Villa d’Este, prevista para los días 16 y 17 de mayo de 2026 en Villa Erba, Cernobbio, promete que las cifras van a ser estratosféricas cuando vuelven los americanos de Hagerty como casa oficial del Concorso d’Eleganza por segundo año consecutivo, traen más de setenta coches al Lago de Como y el catálogo abarca desde un Bugatti Type 43 de 1929 hasta un Pagani Zonda Unica que apunta a ocho cifras en dólares.
El lote que me obsesiona desde que vi el catálogo no tiene esos ceros ni esa potencia. Es un Fiat 600, sí, has leído bien, un Fiat 600, como nuestro 600… solo que este Fiat 600 lleva cubierta de teca, barandillas cromadas, ojos de buey traseros y una pintura azul y blanca que parece sacada del puerto de Capri. Lo carrozó Vignale sobre la base del 600 T (la furgoneta del modelo, no el sedán) en 1963, lo dibujó Giovanni Michelotti y se llama Torpedo Marina.
La estimación que circula ronda los 200.000 a 250.000 euros, una barbaridad si lo comparas con un 600 normal pero perfectamente coherente cuando entiendes lo que tienes delante. No es un coche disfrazado de barco. Es un barco al que le han puesto ruedas porque, en aquella Italia luminosa de los sesenta, había gente con tanto dinero y tanto buen gusto que necesitaba algo así para moverse de la villa al embarcadero sin perder el estilo.
Aviso desde ya, además, que el Concorso d’Eleganza de 2027 lo pienso ver en directo aunque tenga que dormir en el aeropuerto de Malpensa, así que cualquier excusa es buena para ir calentando motores con el catálogo de este año.
La Europa que sabía hacer cosas alegres
Hay que situarse para entender el Torpedo Marina, así que vamos con un poco de contexto. La Italia de 1963 era un país en plena ebullición creativa. El milagro económico había sacado a millones de familias de la pobreza, las fábricas de Turín, Milán y Módena trabajaban a pleno rendimiento, y el resto del mundo miraba al Mediterráneo con esa mezcla de envidia y admiración que ya no se ve. Hollywood rodaba en Roma. Los americanos descubrían el Negroni. Los franceses copiaban el corte de los trajes italianos. Era un momento mágico, vamos.
Lo que más me fascina de esa época es que la alegría llegaba para todos los bolsillos. Si tenías cuatro perras, te comprabas una Vespa y te ibas a la playa con la novia detrás riéndote del viento. Si tenías un poco más, llegabas al Fiat 500 o al 600, esos prodigios de ingeniería de Dante Giacosa que motorizaron a una nación entera por menos de lo que costaba un buen abrigo. Si la cosa iba bien en la oficina, ya soñabas con un Alfa Romeo Giulietta o un Lancia Fulvia, y si la cosa iba muy bien, claro, lo tuyo era una Riva Aquarama amarrada en el Lago de Como, una Ferrari 250 GT en el garaje y, por qué no, uno de estos juguetes carrozados a mano para el trayecto de la villa al puerto.
Esa pluralidad la hemos perdido. Hoy Europa fabrica casi exclusivamente crossovers grises de dos toneladas y media, todos iguales, todos seguros, todos aburridos. Bruselas decide qué se conduce y qué no, las marcas se matan por sacar el siguiente SUV eléctrico (otro SUV, otro eléctrico) y la idea de que un carrocero pueda transformar una furgoneta de reparto en un objeto de deseo para gente con yate suena casi a ciencia ficción. Quizá por eso me emociona tanto el Torpedo Marina, porque es la prueba de que hubo un tiempo en que esto era posible.
No hablo de nostalgia barata, hablo de un fenómeno cultural concreto. Los carroceros italianos de los sesenta convertían en arte cualquier chasis que se les pusiera por delante, ya fuera un Fiat de tres metros o un Maserati de cinco. El Aquarama de Carlo Riva, las cubiertas de caoba pulida de los yates de Posillipo, los Multipla transformados por Pininfarina, todo respondía al mismo impulso de hacer las cosas bonitas porque sí, porque la vida lo merecía y porque el dinero, en realidad, era lo de menos.
Michelotti y Vignale, dos turineses con manos prodigiosas
Hablar del Torpedo Marina sin mencionar a Giovanni Michelotti es como hablar del Aquarama sin mencionar a los Riva, así que imposible. Michelotti, turinés y prolífico hasta extremos delirantes, firmó algo así como mil doscientos diseños a lo largo de su carrera. Trabajó para Ferrari, Maserati, Triumph, BMW y un largo etcétera, pero también dedicó una parte considerable de su talento a estos proyectos extraños donde la forma mandaba sobre la función con un descaro maravilloso. Era un hombre de yates, además, así que cuando le pasaban un chasis para diseñar un coche de playa lo trataba literalmente como una embarcación.
Vignale, por su parte, era el ejecutor perfecto. Alfredo Vignale había fundado la carrocería en 1948 después de pasar su juventud aprendiendo el oficio en Stabilimenti Farina, y en los años sesenta su taller de Grugliasco producía alrededor de mil carrocerías al año. La sinergia con Michelotti funcionaba como un guante porque uno dibujaba y el otro sabía traducir el dibujo a chapa, madera y cromo sin perder un gramo de personalidad. Ferrari le encargaba cosas a Vignale. Maserati también. Después estaba Fiat, que les pasaba sus chasis populares para que crearan estas variantes especiales destinadas a una clientela que, sencillamente, podía permitirse pagar más.
La clave del Torpedo Marina estuvo en la elección del chasis. La mayoría de las Spiaggine partían del 600 sedán o del 500, pero aquí se utilizó la base del 600 T, la furgoneta. Esa decisión técnica permitió un suelo plano, una distancia entre ejes mayor y la posibilidad de meter hasta seis pasajeros con una disposición de asientos que, en cualquier otro coche, habría sido impensable. El motor Tipo 100 D de 767 cc del 600 D montado detrás del eje trasero, los 29 caballos justos y una velocidad punta que rondaba los 105 kilómetros por hora completaban el conjunto. Nada espectacular en términos mecánicos, pero la cosa no iba por ahí.
La gracia era llegar al Excelsior de Capri en algo que tus amigos no tuvieran. Eso, en una época en la que el Ferrari 250 GT California ya estaba en el catálogo, requería una imaginación particular.
Cubierta de teca, ojos de buey y un volante Nardi como en los Ferrari
Vamos al detalle, que es donde este coche se desmadra de verdad. Lo primero que llama la atención son los asientos traseros, porque en lugar de la disposición convencional con bancos mirando al frente, Michelotti instaló dos bancos de madera enfrentados a lo largo de los costados, como en los yates clásicos. Babor a un lado, estribor al otro, y la idea de que el trayecto del puerto a la villa sea ya una continuación de la conversación que estabas teniendo en la cubierta de tu lancha mientras admirabas el paisaje, y el desplazamiento se convertía así en parte del plan, no en un trámite.
El suelo lleva listones de teca, como las cubiertas de los Riva, y eso no es solo estética porque la madera permite que el agua y la arena drenen sin estropear nada. La cubierta del motor también está revestida en madera, de modo que el conjunto trasero parece la popa de una motora amarrada. Las rejillas circulares cromadas que ventilan el motor imitan los ojos de buey de un barco de verdad, y las barandillas tubulares cromadas que recorren el habitáculo son, literalmente, las que llevarías en una embarcación para sujetarte cuando el mar se mueve. Aquí, claro, sirven para sujetarte cuando el chófer toma las curvas de la corniche un poco rápido.
La pintura azul y blanca remata la liturgia náutica, pero el detalle que a mí me hace temblar es el volante. Lleva un Nardi de madera y aluminio, esos volantes que normalmente verías en un Ferrari 250 o en un Maserati 3500 GT. Que un coche derivado de una furgoneta lleve un Nardi te dice exactamente quién era el cliente, alguien que pagaba el equivalente de un buen piso en Milán por tener algo único, algo que no se comprara con un cheque al concesionario sino con una llamada de teléfono al taller, así que se nota en cada milímetro de la pieza.
Por mucho que el conjunto suene a broma sofisticada, conviene recordar que estos coches funcionaban. El motor del 600 D se refrigeraba por agua, no por aire como el del 500, así que aguantaba bien los trayectos largos por la costa sin recalentarse. La caja manual de cuatro velocidades sincronizadas en las tres superiores hacía la conducción razonablemente civilizada. El chasis reforzado del 600 T podía cargar con el peso adicional de la teca, los cromados y los seis pasajeros sin ponerse nervioso. Aquí está la frontera entre el capricho que se rompe en la primera curva y el capricho que aún funciona seis décadas después.
¿Qué se cuece en Villa Erba el 16 de mayo?
La cita es el sábado 16 y el domingo 17 de mayo en Villa Erba, Cernobbio, justo a los pies del Lago de Como. Broad Arrow espera reunir más de setenta coches en su catálogo, con un Ferrari Daytona SP3 de 2023 como estrella absoluta y estimaciones que llegan a los ocho millones y medio de euros por ese lote concreto. La compañía, recordemos, viene de un récord absoluto en Amelia Island en marzo (más de 111 millones de dólares en ventas, trece récords mundiales del modelo), así que el ambiente de subasta llega bien caldeado.
El Torpedo Marina, si la estimación que circula es la real, debería convertirse en el Fiat 600 carrozado más caro de la historia de Villa d’Este. El récord vigente para una Spiaggina lo tiene un Fiat 600 Jolly de Ghia que se vendió por unos 145.000 dólares hace unos años, así que el listón está a una distancia más que cómoda. La rareza del modelo y el historial documentado de la restauración del ejemplar podrían incluso empujar el precio hacia el techo de la horquilla, aunque en estas subastas nunca se sabe del todo qué va a pasar hasta que el martillo cae.
Lo que más me interesa es que hace sesenta años podíamos producir esto, una furgoneta convertida en yate, sin pedirle permiso a nadie. Hoy llevamos diez años discutiendo si los coches de combustión deben prohibirse en 2035 o en 2040 mientras la industria se desangra y los carroceros artesanos sobreviven como pueden.
De ahí, supongo, mi obsesión personal con esta cita. Quiero ver cómo los italianos, esos benditos vecinos, todavía hoy saben hacer del coche un acto cultural. Mientras tengamos coches así, queda esperanza. Queda volver a ensamblarlos.


Jose Manuel Miana
Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.