El Rambo Lambo cumple 40 años y deja en evidencia al presente

El Rambo Lambo cumple 40 años y deja en evidencia al presente

El Lamborghini LM002 es lo que el diccionario pone como sinónimo de guay


Tiempo de lectura: 8 min.

El Lamborghini LM002 sopla cuarenta velas este 2026, y la efeméride me ha pillado con ganas de reivindicación más que de nostalgia. Lamborghini presentó aquel mastodonte en el Salón de Bruselas de enero de 1986, un todoterreno de casi tres toneladas con el V12 del Countach metido en el morro, capaz de cruzar el desierto a más de 200 por hora, y el mundo no supo muy bien si reírse o aplaudir. Cuatro décadas después tengo clarísima la respuesta a aquella duda, porque aquel disparate tenía más carácter en un solo tapacubos que la mayoría de lo que se fabrica hoy.

Lo llamaron el Rambo Lambo, y el apodo le venía como anillo al dedo en aquellos años en que Stallone llenaba los cines de músculo y pólvora. Era un coche imposible de ignorar, una bestia angulosa nacida de un proyecto militar fracasado que terminó en los garajes de reyes, jeques y estrellas de Hollywood, y precisamente por eso celebro su aniversario con una mezcla de admiración y mala leche. Admiración por lo que fue, y mala leche por todo lo que hemos perdido por el camino desde entonces.

Un disparate con todo el sentido del mundo

Conviene recordar de dónde salió este monstruo para entender hasta qué punto era una apuesta temeraria, porque nadie en su sano juicio fabricaba algo así en 1986. Lamborghini venía de coquetear con el mundo militar a través del prototipo Cheetah de 1977, un experimento desarrollado con la estadounidense MTI que buscaba un contrato del ejército de Estados Unidos con un V8 Chrysler colocado detrás, y del posterior LM001, dos cacharros que las pruebas en el desierto saudí desaconsejaron sin paliativos, ya que el morro se aligeraba en las cuestas y el coche perdía la dirección justo cuando más la necesitabas. El sueño venía de lejos y se había cobrado ya varios fracasos antes de cuajar, lo cual hace todavía más meritorio que la marca no tirara la toalla por el camino.

El ingeniero Giulio Alfieri tomó entonces la decisión que lo cambió todo, que fue plantar el V12 delante para equilibrar el conjunto, y de ese golpe de cabeza nació el LMA que serviría de base al modelo definitivo. La marca tardó cuatro años en pulir el invento a base de machacarlo por las dunas de Arabia, una paciencia artesanal que hoy ningún departamento financiero aprobaría porque no cabe en una hoja de cálculo trimestral.

Lamborghini LM002 (40) El resultado montaba el mismo V12 de 5,2 litros y cuatro válvulas por cilindro del Countach Quattrovalvole, unos 450 caballos alimentados al principio por seis carburadores Weber, una caja manual ZF de cinco marchas con reductora y tres diferenciales autoblocantes capaces de trepar pendientes del 120%. Lamborghini no cogió un todoterreno y le puso lujo encima, sino que cogió su superdeportivo más salvaje y lo enseñó a cruzar el Sáhara, que es una forma de pensar radicalmente distinta y mucho más valiente.

Por si el V12 de calle pareciera poco, la marca llegó a ofrecer un motor marino de 7,2 litros y más de 420 caballos sacado de las lanchas de competición offshore, además de tantear un prototipo Dakar con unos 600 caballos, jaula antivuelco, ventanas de plexiglás y hasta GPS que al final se quedó en el cajón sin llegar a correr. Aquella gente no se preguntaba si un coche así tenía mercado, sino simplemente si podían construirlo, y esa inocencia desacomplejada es justo lo que más echo de menos del automóvil de aquellos años. El primer LM002 de la historia se lo entregaron nada menos que al rey de Marruecos, lo cual dice bastante de la clase de clientela que perseguía semejante artefacto.

Cuando el lujo y el barro cabían en el mismo coche

El Lamborghini LM002 me fascina sobre todo por la naturalidad con la que juntaba cosas que hoy parecen incompatibles, porque era un camión militar y un salón rodante a la vez sin que ninguna de las dos facetas estorbara a la otra. El coche intimidaba por fuera con su chapa angulosa y su planta de tanque, mientras que por dentro te recibía con cuero de primera, molduras de madera noble, aire acondicionado, cristales tintados y un equipo de sonido empotrado en el techo, e incluso un televisor si lo pedías.

Esa convivencia entre la brutalidad y el refinamiento es algo que el coche moderno ha perdido casi por completo, ya que ahora todo tiende a la asepsia y a la pantalla táctil que lo gobierna todo con la misma frialdad. El LM002 tenía botones, palancas, ruido, olor y una personalidad tan marcada que entrar en él era un acontecimiento, y daba igual que fueras a un concesionario de Beverly Hills o a una pista de tierra en Riad, porque el coche encajaba en ambos sitios sin pedir disculpas.

Lamborghini LM002 (76) Los neumáticos cuentan ellos solos la filosofía de la casa, porque Pirelli desarrolló para el LM002 los Scorpion BK, unas gomas con unas orejas características en los flancos pensadas para flotar sobre las dunas sin perder precisión, inspiradas directamente en los neumáticos de rally del Mundial, en concreto en el Pirelli Intermedio Montecarlo. Llevaban una carcasa reforzada con aramida anticorte y aguantaban rodar sin aire bajo cargas laterales enormes, así que ahí tienes la tecnología de competición trasvasada a un coche de calle de la manera más honrada posible, resolviendo un problema real en lugar de inflar una ficha técnica para el folleto. Tan especiales eran que Pirelli ha tenido que recrearlos hace poco para que los afortunados propietarios puedan seguir calzando su Rambo Lambo.

Mira, ese equilibrio entre estilo y técnica es la clave de por qué el LM002 envejece tan bien, ya que cada solución respondía a una necesidad de verdad y no a un capricho de departamento de márquetin. El coche no llevaba aerodinámica falsa ni branquias decorativas ni modos de conducción inventados, sino tres diferenciales que servían, un chasis que aguantaba ocho veces la gravedad y unas gomas que de verdad cruzaban el desierto, y esa coherencia entre forma y función es lo que tanto se echa de menos cuarenta años después. El estilo nacía de la función y la función se vestía de estilo, sin que ninguno de los dos tuviera que gritar para tapar las carencias del otro.

El arrojo que ya nadie se atreve a tener

Aquí es donde el aniversario se me agria un poco, porque comparar el atrevimiento del Lamborghini LM002 con la timidez del coche actual duele bastante. Lamborghini fabricó apenas unas trescientas unidades de un coche carísimo, que en 1987 costaba unos 169 millones de liras, sin rival ni mercado claro, simplemente porque creía en él, y hoy ninguna marca mueve un dedo sin antes encuestar a medio planeta y asegurarse de que el producto encaja en quince nichos distintos a la vez.

El resultado de tanta prudencia es un parque móvil cada vez más competente y cada vez más aburrido.

Lamborghini LM002 (44)

El propio Lamborghini Urus, que es el nieto directo del LM002 y un cochazo que vende como churros, ilustra perfectamente lo que hemos ganado y lo que hemos perdido. El Urus es infinitamente más rápido, con sus 305 por hora que lo coronaron como el SUV más veloz del mundo a su llegada, más cómodo y más fácil de vender, faltaría más, pero también es un SUV que comparte plataforma con medio grupo Volkswagen y que, por bueno que sea, jamás te hará sentir el escalofrío de lo irrepetible que provoca el abuelo de Bruselas. La eficiencia industrial ha domesticado el carácter hasta dejarlo en una sombra educada, y eso que hablamos de Lamborghini, una marca que todavía pelea por conservar su locura mejor que casi nadie. No quiero por ello caer en el típico lamento del carca al que todo tiempo pasado le parece mejor, porque el coche de hoy es más seguro, más limpio y más capaz en casi todo lo medible, pero mi reproche apunta a algo más concreto, y es que en la carrera por optimizarlo todo hemos sacrificado el arrojo, esa voluntad de construir algo porque sí, porque emociona, aunque las cuentas no salgan redondas ni el comité de riesgos dé su bendición.

El LM002 es la prueba de que se podía tener lo uno y lo otro, técnica puntera y personalidad desbordante, sin que la primera ahogara a la segunda. Las marcas de ahora dominan la tecnología como nunca, pero han olvidado que un coche también es un objeto emocional, y por eso fabrican aparatos impecables que no le quitan el sueño a nadie. El Rambo Lambo, con sus defectos y su sed de gasolina, todavía hoy te mira desde una foto y te acelera el pulso, y esa es una asignatura que la industria contemporánea lleva décadas suspendiendo. Celebro este cuarenta aniversario con la esperanza de llegar a escribir el de los ochenta, y ojalá para entonces alguna marca haya recuperado el valor de construir un disparate magnífico sin pedir permiso a los accionistas. La industria de hoy domina la técnica como nunca y la usa para limar cualquier asperezas, cuando a veces son justamente las asperezas y las aristas las que convierten un coche en leyenda. Mientras quede un solo Rambo Lambo rugiendo por ahí con su V12 de Countach, nos quedará al menos el recuerdo de cuando los coches todavía se atrevían a ser inolvidables.

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Sobre mí

Jose Manuel Miana

Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.

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Ingeniero de profesión, la mayor pasión de mi vida son los coches desde que era un chaval. El olor a aceite, gasolina, neumático...hace que todos mis sentidos despierten. Ahora embarcado en esta nueva aventura, espero que llegue a buen puerto con vuestra ayuda. Gracias por estar ahí.

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Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".

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