Hablar de la victoria de lo funcional es relativo en la historia del Mosler MT900, al que no se lo puede desligar de su (in)trascendencia comercial por haber sido, más allá de sus dones de competición, un coche permitido para la calle y de venta al cliente desde su génesis. Pero todo depende del punto de vista. Nunca es uno y esta obra maestra de la ingeniería no es la excepción.
El hecho de que no exista ciencia cierta acerca de su producción lo pone en perspectiva. Se sospecha que, tras el cese a finales de la década del 2000 –entre costes por ser un bajo volumen y las exigentes normativas de seguridad y emisiones–, este biplaza cerró su persiana con unas 85 unidades, y que los fabricados para carretera rondaron los 35 ejemplares. Una manera de interpretar su presente es conectándolo con el olvido y el desconocimiento de su existencia de parte de las nuevas generaciones. Otra, mucho más romántica, es apuntar a su condición de coleccionable mítico.
Las victorias no siempre se miden en rentabilidad. En ocasiones, la estela, la imagen que el automóvil nos deja, pesan más. Lo suficiente como para en 2026 pensar en el modelo en cuestión y deslizar un qué buen coche… Sus soluciones técnicas originales marcaron un camino, hicieron del MT900 una prueba de cómo la ingeniería norteamericana fue capaz de enseñarle a la europea la forma en que se debía gestar un superdeportivo.
El Mosler MT900: la ingeniería por sobre todas las cosas
Incluso en la versión Mosler MT900S que, sometida en su tiempo a concretos ajustes de interior y suspensión, significó una aproximación mayor a la conducción más terrenal. Por algo, los clientes nunca dejaron de pensarlo como un coche permitido para la calle y nacido visceral y con alma de circuito. Este ejemplar modelo 2004, con su potencia aumentada a 600 CV sobrealimentación mediante, lo certifica.
En cualquiera de sus facetas, este supercar estadounidense partía del secreto radicado en los cimientos. El fabricante de nicho, fundado a mediados de los ochenta, nació bajo la premisa de crear algo diferente. Sí, sirviéndose de componentes mecánicos ajenos –en posición central, priorizando el balance y la distribución de peso, portaba el small-block LS V8 del Corvette de quinta generación, y éste iba conectado a una caja manual del Porsche 911 y enviaba sus 350 caballos, o bien sus 450 CV de serie en la variante MT900S, mediante un transeje de la firma alemana–, pero optando por un chasis con el que forjó la aceptación.
Ni bastidor de acero ni monocasco. El MT900 fue el resultado de la unión entre una carrocería de aluminio y fibra de carbono con estructura de panal y subchasis de acero en cromo molibdeno adelante y atrás. Si la velocidad de punta es un arraigo transgeneracional de la industria y el automovilismo americano, el Mosler decidió escaparle a la norma.
La victoria de lo funcional
Desde los primeros test drive fue un cúmulo de atributos comprobados y más que aprobados. La rigidez del chasis, la suspensión de doble horquilla en todas las ruedas, el peso –que no fue al final de 900 kg, sino de unos 1.180 kg que aun así no atentaban con sus principios– y el V8 de General Motors… Una confabulación de la que no podía derivar otra cosa que no fuera una serie de grandes valores del bueno superdeportivo.
Los 3,5 segundos que le bastaban para tocar los 100 km/ de parado llaman a un revisionismo histórico para aquellos que creen que el Bugatti Veyron fue el primer superdeportivo rompedor del siglo homologado para la calle. Pero lo que hizo Mosler Automotive con su criatura de propulsión trasera fue más que prestaciones, lo que se comprobaba al experimentar la respuesta inmediata y con sus pasos por curva, producto de unos agarres laterales notables.
Todo esto fluyó a la victoria de lo funcional en términos técnicos. Fue, quizás algo inconscientemente, lo buscado por el fabricante. Ni específicas secciones de su diseño exterior ni el equipamiento y la estética de su interior en su faceta original persiguieron el agrado visual, lo que nos da la pauta de que en Mosler había intenciones que no iban mucho más allá de crear un coche de altísimo rendimiento para clientes que debían elegirlo porque entendían que la esencia residía en la ingeniería.
Algunos usuarios lo entendieron y hasta profundizaron, como este que figura a la venta por Bring a Trailer en California. Si a algo se debió el incremento sobre el V8 aplicado por los propietarios, no ha sido el simple hecho de correr los límites, sino la garantía que todo el conjunto técnico y estructural del MT900 representó, y el desafío de ponerlo a prueba sea cual fuere la cifra de potencia.


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Mauro Blanco
Veo arte en los coches y en sus diseños una potencia que va más allá de las cifras. Ex conductor de Renault 12 rojo modelo 1995 de épicos e imprevisibles episodios, al que recuerdo por la hostilidad de su volante, pero, sobre todo, por nunca haberme dejado en el camino.