El Citroën-Keski Coupé 2CV no nació en ninguna carrocería de renombre, sino en un modesto garaje finlandés a finales de los años sesenta. Erkki Keskinen tenía una idea muy concreta en la cabeza: quería un coche donde cupieran dos personas, una tienda de campaña grande, equipaje suficiente y algo de herramienta básica, todo ello movido por un motor sencillo, fiable y fácil de reparar en cualquier rincón del mundo. Como ese vehículo no existía en ningún catálogo de la época, decidió construirlo él mismo tomando como base mecánica la estructura de un Citroën 2CV.
La fibra de vidrio era el material de moda durante aquel periodo, permitiendo todo tipo de desarrollos artesanales gracias a que su olor a resina era muy popular entre los manitas sin miedo a ensuciarse las manos. Keskinen talló primero la carrocería en poliestireno antes de pasar al laminado definitivo, un proceso que completó entre amigos como trabajo voluntario, fin de semana tras fin de semana. Cuando la parte trasera del coche quedó terminada como una pieza única, Erkki dibujó y serró sobre ella los huecos definitivos para las puertas.
Ciertas decisiones se tomaron por pura prudencia constructiva durante el proceso. El creador renunció al parabrisas curvado que había planeado en un principio, puesto que ajustar una pieza así sobre una carrocería de plástico empezaba a parecer algo demasiado arriesgado; tampoco las ventanillas de las puertas se hicieron abatibles, ya que los mecanismos de elevalunas habrían sido una complicación innecesaria. Los paneles interiores de las puertas, de aspecto sorprendente, se hicieron con cartón duro forrado de polipiel. Para que el conjunto aguantara sin problemas de óxido durante todo el año, se atornilló sobre el chasis una plancha de suelo continua, una solución tan resistente que el propio creador galvanizó por pura precaución.
Mecánica purista sin concesiones
Keskinen tenía muy claro qué quería conservar del 2CV y qué no. Su intención pasaba por extraer del Citroën únicamente sus mejores cualidades –es decir, la mecánica– y adaptarla a la parte delantera del coche que estaba creando, de forma que el resultado siguiera siendo de tracción delantera. El bloque bicilíndrico bóxer refrigerado por aire quedó intacto bajo la nueva piel, fiel a su carácter: poca potencia, mucha rusticidad y un mantenimiento que cualquiera podía ejecutar con herramientas básicas, exactamente lo que el finlandés buscaba para sus viajes de acampada por las carreteras de su país.
No es un Ferrari, ni un Porsche, pero el Citroën-Keski Coupé es la prueba de que con fibra de vidrio, un motor bóxer de 2CV y la ayuda de los amigos se puede construir un coche que sigue rodando cuarenta años después
La homologación tuvo su propio capítulo, con un punto de humor administrativo incluido. El ingeniero encargado de la inspección dio una vuelta al coche y constató que estaba correctamente construido; también hubo que laminar en fibra los huecos de las puertas para que encajaran con la forma de las estructuras originales. Un segundo inspector, al examinar el vehículo, llegó a romper la cerradura del volante al intentar girarla por error, por lo que tuvo que ser sustituida. Cuando se constató finalmente que el coche no se desviaba al frenar, se consideró apto para el registro.
Este modelo había cambiado de forma tan sustancial respecto al original que ya no se consideró que pudiera registrarse simplemente como un Citroën. Por ello, se inscribió una marca nueva, Citroën-Keski, en honor a su creador, con Coupé 2CV como nombre de modelo. Fue un caso poco habitual en el que la propia administración terminó reconociendo, sin pretenderlo, la autoría artesanal del proyecto.
Un coche que sigue rodando
Una vez terminada la carrocería, Keskinen la consideró perfecta, y ni siquiera cuarenta años después habría cambiado nada. En un viaje a Helsinki, la recepción de los transeúntes resultó casi excesivamente solemne, ya que se congregaron multitudes de curiosos en las aceras, asombrados ante el paso del pequeño coupé artesanal. El coche estuvo expuesto durante años en el Museo del Automóvil de Espoo, antes de cambiar de propietario hace ya un cuarto de siglo. Desde entonces ha seguido circulando cada verano, conservado tal y como estaba en el momento del cambio de manos, con su mantenimiento al día y el motor sustituido al menos una vez para seguir devorando kilómetros.
Esta unidad no figura en ningún registro de grandes carroceros italianos ni aparece junto a los nombres de los maestros del diseño europeo. Es, sencillamente, la prueba de que a veces basta con un finlandés con las ideas muy claras, un molde de poliestireno y unos amigos dispuestos a pasar el fin de semana respirando resina para crear algo con alma propia.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".