El FIAT 127 Dinghy no es un modelo creado por la propia FIAT, tampoco tuvo su réplica en SEAT; fue una creación de Pietro Frua presentada en 1977. No era su primera incursión en el género: veinte años antes había hecho lo mismo con un FIAT 500. Lo llamó Dinghy, y era tan raro como el nombre sugería.
El concepto de spiaggina y la visión de Pietro Frua
Una spiaggina no es un coche de playa en el sentido en que lo entendemos hoy. No es un descapotable con el que ir a la playa un domingo por la tarde. Es algo más específico y más italiano: un vehículo pensado para circular por los caminos de un complejo turístico o de una villa privada junto al mar, para llevar a los invitados del puerto al jardín, para hacer de los desplazamientos cortos algo con un poco más de carácter que un carrito de golf. La tradición nació en la posguerra, cuando Carrozzeria Ghia transformó un FIAT 600 en el Jolly: asientos de mimbre trenzado, estructura abierta, capota de flecos. Un coche que decía verano antes de que nadie pusiera la llave de contacto.
Pietro Frua conocía ese mundo mejor que casi nadie. En 1957, cuando todavía dirigía su propio estudio antes de venderlo a Ghia, presentó en el Salón de Turín una spiaggina sobre chasis FIAT 500 con una solución de faros que nadie había visto antes: situados bajo el parabrisas en lugar de en el morro, dando al coche un aspecto más parecido a una embarcación que a un utilitario. Era su interpretación personal del género, reconociblemente Frua en la atención al detalle y en esa tendencia a encontrar soluciones inesperadas donde otros se limitaban a hacer lo obvio. Veinte años después, con sesenta y cuatro años y una carrera que incluía los Maserati A6G de los años cincuenta, el AC 428, el Renault Floride y el Maserati Kyalami, volvió al asunto.
El FIAT 127 como base y la llegada del Dinghy
Fue durante el Salón de Ginebra de 1977 cuando se presentó el FIAT 127 Dinghy, construido sobre la base de un FIAT 127 de 1972. La elección del 127 como donante no era accidental: era el utilitario más moderno y más ligero que FIAT fabricaba, con tracción delantera, motor transversal y unas dimensiones que lo hacían manejable en los espacios estrechos de un puerto o de los caminos de una propiedad privada. Frua tomó ese punto de partida y lo transformó con la misma lógica que había usado en 1957: no disimular el origen, sino reinterpretarlo.
El salpicadero era el de la versión básica del 127, sin adornos. Los paragolpes procedían de la versión especial. Las llantas eran las de la segunda serie del modelo, aunque algunas unidades de la primera serie ya las llevaban. El techo era metálico y fijo —a diferencia de la capota de mimbre de los Jolly de Ghia—, con una apertura en la parte superior que dejaba entrar la luz sin eliminar la protección. El nombre “Dinghy” —bote, en inglés náutico— era un guiño directo a los Jolly de Ghia, cuyo apelativo había surgido precisamente de esa asociación con las embarcaciones de recreo.
Con un techo metálico fijo, líneas limpias y la misma atención al detalle que aplicó a sus legendarios GT, Pietro Frua reinterpretó el concepto de spiaggina sobre un modesto chasis FIAT 127 en la recta final de su trayectoria
Su diseño bebía claramente de los FIAT 600 Jolly de Ghia, pero la solución de Frua era propia: techo metálico fijo en lugar de capota de mimbre, y una estructura que combinaba la apertura característica de las spiaggine con una mayor protección para los ocupantes. Era, en ese sentido, una versión más práctica y menos frívola del concepto original de Ghia, lo que cuadraba bien con el perfil del cliente al que se dirigía: no el magnate que quería un capricho veraniego de colores vivos, sino el propietario de un complejo hotelero que necesitaba algo útil y con carácter al mismo tiempo.
Historial de la unidad y legado de Pietro Frua
La unidad construida sobre el chasis 127A1827024 que Bonhams sacó a subasta años después ilustra bien la vida que tuvo el Dinghy después de Ginebra. Completado aproximadamente en 1977 sobre un FIAT 127 de 1972, el coche llegó a la subasta con una pintura multicolor que alguien le había aplicado en los años ochenta, un Hurst shifter en lugar de la palanca original y unos asientos distintos a los de fábrica. El cuentakilómetros marcaba algo más de 17.700 kilómetros, considerados originales. Era la historia habitual de muchas spiaggine: coches que empezaban como objetos de lujo y acababan siendo vehículos de trabajo en algún resort, repintados y modificados según las necesidades del momento.
A pesar de los años y de los cambios, seguía siendo reconocible. Las líneas limpias, la ausencia de ornamentación superflua, esa forma de dar carácter sin recurrir al exceso que distinguía a Frua de sus contemporáneos más teatrales. En 1977, cuando presentó el Dinghy, Frua ya había reducido la frecuencia de sus apariciones en los salones, pero todavía sabía demostrar a los más jóvenes que la artesanía y el buen gusto no tenían fecha de caducidad.
Pietro Frua murió en junio de 1983. El Dinghy fue uno de sus últimos trabajos públicos, presentado apenas seis años antes de su muerte, en la recta final de una carrera que había empezado en los años treinta como aprendiz en Stabilimenti Farina y que había pasado por Ghia, por Maserati, por AC, por Renault y por docenas de encargos de one-off y series limitadas que hoy aparecen en los archivos del coachbuilding italiano como pequeños tesoros sin catalogar del todo.
Que el último gran esfuerzo público de ese recorrido fuera una spiaggina sobre un FIAT 127 dice algo sobre el hombre. Frua podía haber elegido cualquier proyecto más llamativo para cerrar su presencia en los grandes salones. Eligió volver a un género que le había interesado veinte años antes, sobre el utilitario más moderno disponible, con la misma atención al detalle que había puesto en los Maserati de los cincuenta.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".