La llegada del Renault Clio en 1990 supuso mucho más que un simple cambio de nombre para el fabricante del rombo. Aquel utilitario nació con la difícil misión de jubilar al carismático Supercinco y lo hizo mediante una estética redondeada que definía a la perfección el optimismo de los años noventa. Desde sus primeras variantes, el modelo demostró una polivalencia inédita en el segmento, alcanzando el olimpo de los entusiastas con el mítico Williams de 150 caballos y su inolvidable combinación de azul y dorado.
La era dorada de los motores atmosféricos
Muchos puristas coinciden en que la segunda generación marcó el punto álgido de la división deportiva de la marca. Aunque el Clio V6 acaparaba todas las portadas por su configuración de motor central, el verdadero protagonista para los amantes de las curvas fue el Renault Sport 172. Aquella máquina era un prodigio de ligereza y equilibrio dinámico que ofrecía unas sensaciones de conducción mucho más puras y eficaces que su hermano de seis cilindros. Aquel chasis permitía rodar con una precisión absoluta, convirtiendo al pequeño francés en el terror de los puertos de montaña.
Crecimiento y madurez tecnológica
El salto hacia la tercera y cuarta entrega trajo consigo un aumento notable en las dimensiones y en la seguridad pasiva del vehículo. Renault logró las cinco estrellas EuroNCAP y empezó a democratizar tecnologías que antes estaban reservadas para berlinas de segmentos superiores. Sin embargo, este crecimiento también supuso el adiós a las cajas de cambios manuales en las variantes RS, una decisión que generó controversia entre los seguidores más tradicionales del modelo. El coche ya no buscaba solo la eficacia en circuito, sino que pretendía agradar a un espectro de clientes mucho más amplio y menos radical.
Un diseño actual marcado por el artificio
La quinta generación, desarrollada bajo la influencia estética de Yolanda Schnabel, presenta una imagen que muchos consideran excesivamente forzada. El diseño actual recurre a nervaduras muy marcadas y a una firma lumínica que parece buscar el protagonismo por encima de la armonía general de la carrocería. Es un estilo que destila cierto postureo visual, donde los elementos decorativos intentan camuflar una silueta que apenas ha evolucionado respecto a su predecesor. Aunque es el Clio más avanzado a nivel de software y conectividad, su apariencia se siente menos natural y más centrada en impactar a primera vista en el escaparate digital.
Resulta innegable que el Clio actual es un producto tecnológicamente impecable, especialmente en su versión híbrida E-Tech. Este sistema permite circular por ciudad con una suavidad asombrosa y alcanzar una velocidad máxima de 180 kilómetros por hora sin despeinarse. No obstante, el tacto de conducción se ha filtrado tanto que apenas queda rastro de aquella conexión directa entre hombre y máquina que definía a las primeras generaciones. El Clio ha pasado de ser un coche con alma de barrio a ser un objeto de consumo tecnológico que prioriza la eficiencia sobre el carácter.
Independientemente de las críticas hacia su estética más barroca, Renault ha conseguido mantener vivo a un superviviente en un mercado invadido por los todocaminos. El Clio sigue siendo la referencia para quienes buscan un vehículo equilibrado que cumpla en todos los escenarios posibles, desde el tráfico urbano hasta los viajes por autovía. Es el espejo de una industria que ha cambiado el olor a gasolina y la sencillez por las pantallas de alta definición y los asistentes de conducción intrusivos.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS