Hay un correo electrónico circulando por internet que resume mejor que cualquier informe de mercado el problema al que se enfrenta Ferrari con su primer coche eléctrico. Un consultor de ventas de la marca, Lee Perkins, contactó de forma directa a un coleccionista de hipercoches conocido en redes como Speedy Jeff, presentándole el Luce como la visión de futuro de Ferrari y asegurándole que la experiencia de conducción seguía siendo fiel al espíritu de la marca. La respuesta no dejó lugar a la ambigüedad: el coleccionista escribió que no se le vería muerto en ese coche, que sentía vergüenza ajena por los comerciales encargados de venderlo y calificó el resultado de aberración, indigno incluso de un emblema de Hyundai o Kia. Terminó animando al propio consultor a reenviar el correo a los ejecutivos de Maranello.
Un desprecio que duele en la cúpula
Lo más revelador de ese intercambio no es el insulto en sí –el automovilismo de internet lleva meses repitiendo variaciones del mismo argumento–, sino que viniera de alguien a quien Ferrari había elegido a propósito como cliente potencial. La marca puede permitirse ignorar el ruido de las redes sociales. Lo que resulta mucho más difícil de ignorar es que uno de sus propios objetivos comerciales, alguien con el perfil exacto al que se dirigía la campaña, respondiera con ese desprecio.
Dicho modelo no llegó al mercado en un vacío de opinión. Su diseño, desarrollado con la participación de Jony Ive y su estudio LoveFrom –el mismo responsable de buena parte de la estética de Apple durante años–, generó división desde el primer día. Las imágenes del lanzamiento desataron comparaciones poco favorecedoras: aspiradoras sin cable, ratones de ordenador, incluso berlinas generalistas japonesas. El expresidente de Ferrari, Luca di Montezemolo, llegó a advertir que el coche corría el riesgo de destruir un mito, mientras que el propio ministro de Transportes italiano se quejó de que el resultado parecía cualquier cosa menos un coche del Cavallino Rampante. Las acciones de Ferrari cayeron hasta un ocho por ciento en los días posteriores a la presentación, borrando miles de millones de capitalización bursátil antes de recuperar parte del terreno perdido.
Cambio de naturaleza: ¿racional frente a emocional?
El argumento de fondo que defienden varios analistas de marca consultados sobre el caso resulta más interesante que la simple polémica estética. Durante décadas, comprar un Ferrari ha sido, casi por definición, una decisión que pasaba por alto la lógica: una compra emocional, justificada después con argumentos racionales, nunca al revés. El Luce invierte esa ecuación. Es un coche que pide ser entendido antes de ser deseado, admirado antes de ser amado. Para una marca construida casi enteramente sobre el instinto, ese cambio de planteamiento no es un matiz de diseño; es una alteración de su ADN.
Existe, sin embargo, un matiz importante que conviene no perder de vista, y que el propio episodio del correo electrónico ayuda a iluminar sin pretenderlo. Dentro del ecosistema de coleccionistas de Ferrari existe una norma no escrita desde hace años: comprar cada modelo nuevo, especialmente los más polémicos o poco convencionales, ayuda a mantener una buena posición dentro del sistema de asignación para acceder después a las ediciones limitadas más exclusivas. Decir que no a un Ferrari, por extraño que parezca esa idea para cualquier comprador normal, puede significar perder el sitio en la cola para el próximo hiperdeportivo de tirada limitada. Esto significa que buena parte de los pedidos iniciales del Luce –el consejero delegado, Benedetto Vigna, ha confirmado que las reservas siguen llegando a buen ritmo– podrían responder más a una estrategia de posicionamiento que a un entusiasmo genuino por el coche en sí.
Para una marca construida casi enteramente sobre el instinto emocional, el Luce es un coche que pide ser entendido antes de ser deseado. Es un cambio de naturaleza
La apuesta por la fe
Esa doble lectura es la que de verdad define el momento que atraviesa Maranello. Por un lado, un cliente histórico, vocal y dispuesto a comprar casi cualquier cosa con el caballo rampante en el capó, que de pronto encuentra una línea que no está dispuesto a cruzar ni siquiera por mantener su estatus. Por otro, un grupo más pragmático que sigue comprando porque, dentro de la lógica interna del coleccionismo, decir no tiene un coste que muchos prefieren no pagar.
Conviene también poner el episodio en perspectiva histórica. Algunos analistas han recordado el caso del Ford Mustang Mach-E en 2019, recibido con un rechazo casi idéntico por parte de los puristas antes de acabar superando en ventas a la versión de gasolina. La irritación inicial en internet es un predictor pésimo del éxito comercial real. Y hay también una lectura más incómoda para los críticos: buena parte del entusiasta del motor pide innovación en abstracto, pero cuando esa innovación llega de verdad, su primer impulso suele ser de rechazo. Se quiere lo nuevo, siempre que se parezca lo suficiente a lo viejo.
Lo que el Luce ha puesto sobre la mesa es una pregunta que sobrevuela a toda la categoría: ¿si el comprador dispuesto a pagar cifras de seis ceros está comprando una experiencia sensorial que la propulsión eléctrica aún no replica, o si esta resistencia es sencillamente la reacción natural ante un cambio que llega antes de tiempo? Lamborghini, por su parte, ha optado por una respuesta más cauta, retrasando sus planes de electrificación total en favor de los híbridos enchufables. Ferrari, mientras tanto, sigue defendiendo que el Luce necesita conducirse para entenderse. Puede que tengan razón, pero el correo de aquel coleccionista deja claro que, para una parte de su clientela más fiel, el problema nunca fue solo mecánico. Fue una cuestión de fe, y la fe, a diferencia de la potencia o la autonomía, no se recupera con una actualización de software.


Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".