En la historia del automovilismo británico han existido genios, pero pocos con una visión tan clara y pura como Frank Costin. Mientras la mayoría de los ingenieros de finales de los 60 buscaban potencia bruta y motores de ocho o doce cilindros para ganar velocidad, Costin –cuya firma aparece en los éxitos de Vanwall, Lotus y Marcos –de hecho, él es el “cos” de Marcos– tenía una obsesión distinta: la eficiencia aerodinámica y la ligereza estructural. El Costin Amigo, presentado en 1970, fue su testamento vital, un coche que no buscaba impresionar por sus cifras en el banco de potencia, sino por su capacidad para burlar las leyes de la física.
El arte de dividir el peso
Todos recordamos aquella frase que se atribuye al señor Colin Chapman, ¿verdad?: “no multipliques la potencia, divide el peso”. Una declaración de intenciones y unos principios básicos que han sido el pilar fundamental de unos pocos iluminados. Pero es que, seamos sinceros: tenían razón. Mientras los yankees siempre han apostado por enormes motores, en Europa íbamos por el camino de la ligereza, con una especial obsesión por ella en casos muy concretos, como la que tenía el mencionado Chapman.
Otro de esos iluminados era Frank Costin, hermano de Mike Costin, fundador junto a Keith Duckworth de la famosa Cosworth. Frank también puso su “cos” en otra empresa, en la igualmente británica Marcos, con la ayuda de Jem Marsh. Sin embargo, Costin quiso fabricar “el coche definitivo” a base de ligereza y aerodinámica, otra obsesión que compartía con Chapman. No se buscaba potencia bruta y tenía sus motivos: costes y peso. ¿Qué necesidad habría de montar un propulsor enorme, que resultaría pesado y caro, cuando con uno más pequeño se podía ser competitivo, siempre que el coche fuera ligero? El resultado de esta idea fue el Costin Amigo, un coche extremadamente especial, pero también un coche extremadamente caro para su época.
Un chasis de aviación: Madera de abeto y Aerolite
Lo que hace que el Amigo sea una pieza única, y para muchos una excentricidad maravillosa, es su chasis. Siguiendo su experiencia en la industria aeronáutica durante la Segunda Guerra Mundial, Frank diseñó un monocasco fabricado íntegramente en madera de abeto y contrachapado marino de alta resistencia. Todo el conjunto estaba unido mediante Aerolite, un adhesivo estructural desarrollado para aviones como el De Havilland Mosquito.
El resultado era un chasis que apenas pesaba 85 kilos, pero que ofrecía una rigidez torsional superior a la de muchos deportivos de acero de la época. Para Costin, la madera no era un material arcaico, sino el compuesto de fibra natural más avanzado de su tiempo. Logró una estructura que hoy nos parece una locura, pero que en términos de relación peso-rigidez, era imbatible antes de la llegada masiva de la fibra de carbono.
Cortando el aire con precisión de caza
Sobre este esqueleto de madera se montó una carrocería de fibra de vidrio con una silueta que dictaba cátedra de aerodinámica. El Amigo era extremadamente bajo y afilado, con una zaga de tipo Kammback diseñada para reducir las turbulencias y mejorar la estabilidad a alta velocidad. En una época donde el coeficiente aerodinámico apenas se mencionaba en los folletos de ventas, el Amigo cortaba el aire con la precisión de un caza.
Gracias a esta eficiencia y a un peso total de solo 650 kg –pensemos que hoy un SUV eléctrico como el Grandland que estoy probando roza los 2.300 kg–, el coche no necesitaba un motor estratosférico para brillar. Bajo el capó delantero se instaló un bloque de origen Vauxhall, concretamente el motor de 2.0 litros que montaba el Victor VX 4/90. Rendía unos “discretos” 106 CV, pero en un coche tan ligero, esa caballería era suficiente para catapultar al Amigo de 0 a 100 km/h en apenas 7 segundos y permitirle rozar los 220 km/h de velocidad punta. Era la victoria de la inteligencia sobre la fuerza bruta.
Un fracaso comercial, una leyenda del coleccionismo
Comercialmente, el Costin Amigo fue un fracaso absoluto, lo que lo convierte hoy en una de las mayores rarezas del mundo del coleccionismo. Con un precio de 3.000 libras de 1970 –casi el doble de lo que costaba un Jaguar E-Type–, solo se fabricaron ocho unidades antes de que el proyecto se cancelara.
El ejemplar que protagoniza estas líneas, el chasis #60 –subastado por Iconic Auctioners en 2011–, es un recordatorio de que hubo un tiempo en el que un hombre, armado con madera, pegamento y una regla de cálculo, fue capaz de desafiar a los gigantes de la industria. Hoy, el Amigo no es solo un coche; es la prueba de que la aerodinámica es el sustituto más elegante de la potencia y que la ligereza ofrece una pureza de conducción que los pesados deportivos modernos difícilmente pueden replicar.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS