El Renault Mégane RS 250 Cup representó el “no va más” de la firma francesa para la segunda década del siglo XXI. Al Mégane RS “a secas” presentado en 2009, la variante Cup añadía una serie de elementos que lo hacían más eficaz y, por supuesto, más radical. De hecho, el RS Cup era uno de los compactos deportivos más racing del panorama mundial en aquellos años, con unas cualidades técnicas y dinámicas que le permitían presionar en circuito a iconos como el Mitsubishi Lancer EVO X.
Un deportivo nacido en plena crisis
La primera década del siglo XXI estuvo marcada por el dominio del motor diésel, la popularización del downsizing y una crisis galopante que arrancó en 2008, poniendo patas arriba medio mundo. Fueron momentos extremadamente difíciles; sin embargo, los fabricantes, con sus hojas de ruta ya marcadas, no podían cambiar los planes a última hora sin sufrir pérdidas millonarias. Así, en el año 2009, veíamos cómo Renault ponía en circulación la versión más prestacional de su compacto estrella. El Mégane RS nació en un contexto que, claramente, no era el más favorable para un coche de su naturaleza.
Quizá por eso, por la pesadumbre generalizada que se vivía, resultó tan emocionante ver cómo el segmento de los compactos deportivos adquiría una fuerza inusitada. Fue la época en la que casi todos los modelos adoptaron motores sobrealimentados, comenzando una escalada de potencia que superó todas las expectativas. En aquellos años aún se pensaba que un tracción delantera no debía superar los 250 o 260 CV sin sufrir graves problemas de motricidad, pero poco a poco, ese mito se desmontó a golpe de cronómetro.
Diferencial GKN, el secreto del chasis Cup
El propio Renault Mégane RS fue uno de los encargados de tirar por tierra esa idea, aunque no sin esfuerzo. Hizo falta la aparición de la versión más radical, la denominada “Cup”, para demostrar que, sin recurrir a artilugios electrónicos complejos, se podía crear un tracción delantera capaz de marcar tiempos en circuito próximos a modelos con tracción total; y en ocasiones, batirlos.
La solución para gestionar 250 CV “turbo” en el eje delantero fue sencilla pero magistral: un diferencial de deslizamiento limitado mecánico GKN. Aunque hoy parezca lógico, en aquel entonces solo los coches más radicales lo equipaban –como el primer Ford Focus RS–. Gracias a este componente, el Mégane RS Cup no solo buscaba ser potente, sino mantener el reinado de Renault entre los tracción delantera más veloces del mundo, un título que la marca defendía con uñas y dientes frente a la llegada del Volkswagen Scirocco R o el Mazda 3 MPS.
Un coche de carreras para la vía pública
Renault ya tenía en su haber varios récords en Nürburgring, una obsesión enfermiza por el “Infierno Verde” que comenzó con el extremo Mégane RS R26.R. Aquel coche dejó el listón tan alto que puso en apuros a la propia marca a la hora de reemplazarlo. Por ello, el Mégane RS Cup se configuró como un coche poco apto para el día a día: la suspensión era extremadamente firme –un 15% más que el RS estándar–, los asientos –casi de competición– resultaban incómodos en trayectos cotidianos y la dirección era tan directa que obligaba a “sobreconducir” incluso a velocidades legales.
El Mégane RS 250 Cup tenía una relación peso-potencia digna de un deportivo puro: 5,5 kg/CV
Sin embargo, en pista o en un puerto de montaña, la transformación era total. Según las pruebas de la época, su dirección no perdonaba indecisiones, pero el diferencial permitía hundir el acelerador muy pronto a la salida de los virajes. El coche cerraba la trazada de forma agresiva para, después, abrirla poco a poco, emulando el comportamiento de un coche de carreras. Así se lograba mantener el ritmo de rivales como el SEAT León Cupra R de 265 CV, marcando un paso por curva de locos para la época. De hecho, el equilibrio de su bastidor permitía jugar con la zaga de una forma que pocos compactos modernos se atreven a replicar hoy en día.
Corazón de 2.0 litros y genética de persecución
El propulsor turbo de 1.998 centímetros cúbicos y carrera larga –82,7 milímetros de diámetro por 93 milímetros de carrera– alcanzaba su máximo rendimiento a 5.500 rpm, rindiendo un par de 340 Nm a 3.000 vueltas. Como buen motor “soplado”, su zona óptima estaba en el medio régimen, con una estirada final algo corta que incitaba a subir de marcha antes de llegar al corte. En las mediciones reales de la revista Autopista, llegó a rendir 257,2 CV, logrando un 0 a 160 kilómetros/hora en 13,34 segundos y una velocidad punta de 250 kilómetros/hora.
Renault mantuvo su trono con un precio de 29.100 euros para la versión Cup, una cifra que hoy parece interesante pero que en 2009 obligaba a pensárselo dos veces. El modelo estuvo en liza hasta 2011, cuando fue relevado por el Mégane RS 265, un coche desarrollado originalmente para ganar el concurso de la Gendarmerie Nationale francesa. La policía gala buscaba un vehículo con garantías para afrontar persecuciones en autopista a más de 240 km/h, y el Mégane RS demostró ser el arma definitiva para limpiar de infractores las “autoroutes”.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".