El Smart Roadster Brabus fue uno de esos coches pequeños que demostraron al mundo que la diversión al volante no depende de las dimensiones, sino del enfoque. Con su configuración de dos plazas, mecánica sobrealimentada y el sello del preparador germano, este roadster-coupé convirtió una receta ya peculiar en algo mucho más ambicioso para quien buscaba sensaciones puras.
A principios de los años 2000, Smart —una marca que había roto todos los moldes con su concepto de coche puramente urbano: pequeño, ligero y tremendamente ágil— decidió explorar fórmulas alejadas de sus raíces. Tras el éxito del City Coupé y sus derivados, el Roadster apareció como una propuesta mucho más baja, ligera y orientada directamente al placer de conducción. Su planteamiento buscaba convertir la sencillez técnica en una virtud, pero siempre bajo los pilares de la marca: producción modular, minimalismo y un estilo que no dejaba indiferente a nadie.
El toque maestro de Bottrop
En ese escenario, la aparición de una versión firmada por Brabus resultó casi obligada. El especialista alemán añadió su toque maestro para elevar el conjunto y dotarlo de una personalidad todavía más marcada y agresiva. No era un deportivo al uso ni pretendía competir con los grandes biplazas de potencia desmedida; su gracia residía en mezclar una imagen singular con un bastidor afinado y un motor pequeño, pero con un carácter rabioso, capaz de insuflar vida a todo el conjunto. Esa combinación lograba que el Roadster Brabus destacara tanto por lo que prometía sobre el papel como por la forma en que lo traducía al asfalto.
Tanto dentro como fuera, se notaba el sello de Bottrop en cada detalle: llantas de diseño exclusivo, doble salida de escape central, revestimientos en cuero de alta calidad y aluminio, o elementos específicos en el puesto de conducción que acentuaban el ambiente racing. Además, el techo desmontable y los paneles laterales permitían jugar con diversas configuraciones de carrocería, algo que reforzaba su versatilidad y su carácter de coche para disfrutarlo en escenarios bien distintos.
Datos del modelo: la metamorfosis del motor Suprex
La base mecánica era un bloque de tres cilindros en línea de 698 cc, dotado de turbocompresor e intercooler. Brabus no se limitó a subir la potencia con un simple incremento en la presión del turbo. Intervino en elementos vitales del motor y del chasis con modificaciones profundas en pistones, guías de válvulas, árbol de levas, sistemas de admisión y escape, además de incorporar un intercooler aire-agua más eficiente.
Esta versión Brabus alcanzaba una potencia máxima de 101 CV a 5.600 revoluciones y un par motor de 13,3 mkg a 2.500 vueltas. No era un coche absurdamente rápido en términos de velocidad punta, pero sí lo suficiente para ser una máquina de diversión pura en carreteras de montaña. La ficha técnica homologaba unos interesantes 190 km/h, mientras que las pruebas de la época registraron datos como un 0 a 400 metros en 18 segundos, una recuperación de 80 a 120 km/h en quinta marcha en 10,1 segundos y unos consumos medios muy razonables de 7,5 litros.
smart lo llamaba roadster, pero también coupé; se ofrecía en dos carrocerías cuya mayor diferencia era la parte trasera
Comportamiento dinámico y el hándicap de la transmisión
La potencia llegaba al tren posterior a través de una caja manual robotizada de seis marchas, una solución técnica que aportaba un carácter muy particular, aunque también una lentitud manifiesta en las transiciones que polarizó a la crítica. De hecho, la gestión de la transmisión fue el punto más controvertido y criticado por la prensa especializada de la época. Su respuesta en las transiciones obligaba a una fase de adaptación para extraer lo mejor del conjunto; el truco de experto para minimizar esa demora radicaba en levantar el pie del acelerador justo en el instante en que el sistema ejecutaba el cambio, lo cual permitía una transición más fluida.
Al volante, según las crónicas de la época, el Roadster Brabus transmitía la sensación de ir sentado extremadamente cerca del asfalto, casi como en un pequeño monoplaza de calle. Esa postura, unida a la carrocería bajísima y a la rigidez del bastidor, reforzaba una experiencia de conducción muy intensa. El coche se mostraba preciso, firme y muy convencido en los apoyos gracias a unas suspensiones rebajadas y endurecidas, combinadas con llantas de 17 pulgadas y unos neumáticos sorprendentemente anchos para la época: 205/40 delante y 225/35 detrás.
La puesta a punto ofrecía una eficacia sorprendente en curva, aunque con una contrapartida clara: la sequedad al rodar. En asfaltos irregulares o al pasar sobre juntas de dilatación, el coche transmitía cada imperfección con una exactitud que ponía a prueba la espalda de sus ocupantes. El motor empujaba con ganas desde la zona media, con una entrega elástica entre las 3.000 y las 6.000 revoluciones, aunque había que aceptar que el ruido mecánico era notable y la autonomía se veía limitada por un depósito pequeño.
Precio y cotización de un coche de nicho
El precio del Smart Roadster Brabus rondaba los 26.445 euros, una cifra nada despreciable en aquel momento, pero que encajaba con el planteamiento y las ambiciones de un coche de nicho. No era un vehículo barato, pero sí uno auténticamente distinto, con un equipamiento completo y una puesta en escena tan cuidada que justificaba su tarifa.
Fue, en esencia, un coche de sensaciones mucho más que de cifras. Su gran mérito consistió en demostrar que un formato tan pequeño y contenido podía ofrecer una experiencia de conducción auténticamente deportiva, logrando lo más difícil: divertir sin caer en el exceso. Hoy, años después, su cotización como clásico moderno no deja de subir, lo cual confirma que aquellos que lo compraron sabían perfectamente lo que se llevaban a casa.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".