El Renault Clio 1.2 no era, ni mucho menos, el más potente de la gama. No obstante, sí fue uno de los más populares gracias a un precio que apenas superaba los 1,3 millones de pesetas y, además, a un equipamiento muy completo junto a versiones más que interesantes, como el Renault Clio Mecano, que incluía, entre otros elementos, radiocasete de serie.
La puesta en escena del Renault Clio a comienzos de los años 90 supuso el relevo del Renault 5, un superventas de la firma francesa que, en realidad, nunca llegó a decir adiós del todo. La primera generación del polivalente francés compartía elementos estructurales con el Renault Supercinco: algunos motores y la plataforma —una evolución más refinada del bastidor original—. Casi estuvo a punto de mantener el nombre, pero la marca había iniciado una transición comercial para sustituir los números por nombres propios en sus modelos y se desechó el mítico número 5.
Así, el Clio llegaba para seguir con la senda del éxito que abrió el Supercinco –y la primera entrega del Renault 5, por supuesto–, pero con mayores ambiciones y un posicionamiento algo más cuidado. De hecho, el Clio se llevó el premio al mejor coche del año en 1991 y destacó por ser uno de los coches con mejores acabados de su categoría. Solo el Nissan Micra –generación K11– fue capaz de superar al modelo francés en calidad general, y por un estrecho margen, todo sea dicho.
El Clio 1.2 Mecano de 1992 fue uno de los últimos en equipar el motor Energy con carburador
Uno de los cambios que más destacaron con la llegada del Renault Clio fue el estreno de los motores Energy, especialmente el bloque de 1,2 litros, que mejoraba notablemente a los Cleon-Fonte de fiabilidad más que probada, pero con árbol de levas lateral y culata de fundición. El nuevo Energy presumía de culata de aleación con un árbol de levas, así como de un rendimiento más actual. Hablamos de un propulsor de cuatro cilindros con 1.171 centímetros cúbicos alimentado por un carburador monocuerpo Pierburg, que rendía 60 CV a 6.000 revoluciones y 8,9 mkg a 3.500 revoluciones.
El cambio, manual de cinco relaciones, ayudaba a exprimir el potencial del propulsor –la quinta tenía un desarrollo de 29,94 kilómetros/hora a 1.000 revoluciones– y los 815 kilos declarados por la marca permitían unas prestaciones y unos consumos buenos para la época. Según datos del propio fabricante, la velocidad máxima era de 155 kilómetros/hora y el consumo se cifraba en 6,2 litros a 120 kilómetros/hora y 10,7 litros en circulación urbana. La revista Autopista, en el número 1.741 –noviembre de 1992–, registró datos interesantes, como un consumo medio de 6,4 litros, aceleración hasta los 400 metros con salida parada en 19,38 segundos o los 1.000 metros desde 50 kilómetros/hora, en quinta, en 38,54 segundos.
Dicha revista también destacaba en aplomo en carretera, gracias a una estabilidad referente en el segmento y a una dirección que informaba bastante bien sobre lo que ocurría entre ruedas y asfalto –no había asistencia ninguna–. Igualmente, hacían mención a la elasticidad del motor, la insonorización del habitáculo y la suavidad de la suspensión, detalle, este último, muy típico de Renault.


Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS