Coche del día: Citroën C5 3.0 HDi

Coche del día: Citroën C5 3.0 HDi

El último sedán con suspensión hidroneumática que priorizó el confort absoluto sobre cualquier pretensión deportiva


Tiempo de lectura: 5 min.

El Citroën C5 3.0 HDi, en su segunda generación, representó la máxima expresión de la berlina francesa pensada para el confort. Este modelo, lanzado en un momento crucial para la marca, no solo buscaba competir en el segmento de las berlinas medias-altas, sino que lo hacía con una propuesta clara: ofrecer una “alfombra voladora” que priorizaba la suavidad de marcha y el aislamiento por encima de cualquier pretensión deportiva, una filosofía muy arraigada en la historia de Citroën.

Un concepto de confort sin complejos

A finales de la primera década del siglo XXI, el mercado automovilístico europeo se encontraba en plena ebullición. Las berlinas alemanas dominaban el segmento premium con su imagen de calidad, deportividad y precisión, mientras que las marcas generalistas buscaban diferenciarse. Citroën, con una rica herencia en vehículos cómodos como pocos, coches como el Citroën DS o el Citroën CX, se enfrentaba al desafío de modernizar su oferta sin perder su esencia. El C5 de primera generación, aunque cómodo, no había logrado el impacto deseado a pesar de sus buenas ventas. La segunda entrega, presentada en 2007, supuso un cambio radical en diseño y calidad percibida, buscando un posicionamiento más ambicioso y una clientela que valorara el lujo discreto y la tecnología al servicio del bienestar y la facilidad en todos los sentidos.

En este contexto, la versión 3.0 HDi se erigía como el buque insignia diésel dentro de la gama, y como un coche que, en cierta forma, buscaba revivir esa esencia de los mencionados DS y CX, con un motor que combinaba potencia y refinamiento, con las famosas suspensiones hidroactivas de la firma francesa. Este C5 no solo era un coche, era una declaración de principios: la marca francesa demostraba que podía ofrecer un producto con la calidad de acabados y el equipamiento de sus rivales premium, pero con un enfoque inconfundiblemente centrado en el confort de sus ocupantes, una característica que lo hacía único en su clase y potenciaba la auténtica personalidad de la marca al máximo.

Corazón V6: 240 caballos de pura suavidad

Dicho propulsor era un motor V6 de 3.0 litros, exactamente 2.993 centímetros cúbicos -de carrera larga; 84 por 90 milímetros para diámetro y carrera, respectivamente–, con una arquitectura a 60 grados y dispuesto de forma transversal. Alimentado por inyección directa common rail y sobrealimentado por un turbo de geometría variable, entregaba 240 CV a 3.800 revoluciones por minuto y un impresionante par máximo de 450 Nm disponible entre las 1.600 y las 3.600 revoluciones. Estas cifras no solo garantizaban unas prestaciones solventes –una velocidad máxima de 243 km/h y una aceleración de 0 a 100 km/h en 7,9 segundos–, sino que también ofrecían una elasticidad y una suavidad de funcionamiento que lo convertían en un compañero ideal para devorar kilómetros sin fatiga.

La gestión de esta potencia recaía en una transmisión automática de seis velocidades con convertidor de par, con una sexta larga como un día sin par: 58,7 kilómetros por hora a 1.000 revoluciones. Esta caja, aunque no era la más rápida del mercado, destacaba por su suavidad en los cambios y su capacidad para adaptarse a diferentes estilos de conducción. Las relaciones de cambio encajaban bastante bien con el planteamiento del coche, y permitía al motor trabajar en su zona óptima de par contribuyendo a unos consumos razonables para su cilindrada y peso: 7,4 litros a los 100 kilómetros en ciclo combinado, una cifra competitiva para la época.

Citroën C5 3 0 HDi (2)

El C5 3.0 HDi no fue un coche para llegar primero, sino para llegar sin que el viaje dejara rastro en el conductor. Un último acto de magia hidroneumática

¿Deportividad? No, gracias

Pero donde el Citroën C5 3.0 HDi realmente marcaba la diferencia era en su suspensión. La famosa Hidractiva III+, un sistema neumático que ajustaba la altura y la dureza de la amortiguación de forma continua, convertía cada viaje en una experiencia de flotación. Este sistema, heredero de la legendaria suspensión hidroneumática de Citroën, filtraba las irregularidades del asfalto, según la prensa de la época, con una eficacia asombrosa, aislando a los ocupantes del mundo exterior. La doble horquilla en ambos ejes, contribuía a una pisada firme y un aplomo en carretera digno de mención, a pesar de su clara orientación al confort.

El interior del C5 era un santuario de tranquilidad. Los asientos, amplios y mullidos, invitaban a pasar horas al volante. La calidad de los materiales y los ajustes estaba a la altura de sus rivales premium, o casi, con una ergonomía bien resuelta, aunque con algunos detalles peculiares, como el volante con el centro fijo, una seña de identidad de Citroën en aquel momento. El equipamiento era muy completo, incluyendo de serie elementos como el climatizador bizona, los airbags de cabeza, laterales y de rodilla, el control de tracción y estabilidad, y las llantas de aleación de 18 pulgadas. Las opciones eran mínimas, apenas se podía escoger la alarma, el navegador o la tapicería de cuero, todo ello a precios absurdos; sirva de ejemplo que la tapicería de cuero costaba 3.489 euros y el navegador nada menos que 1.718 euros.

Un peso en marcha de 1.841 kilogramos era considerable y, como señalaba la prensa de la época, penalizaba ligeramente las prestaciones y, sobre todo, la agilidad en zonas reviradas. Sin embargo, este peso también contribuía a la sensación de solidez y aplomo en autopista. El C5 no era un coche para buscar récords en un puerto de montaña, sino para disfrutar de la carretera con una serenidad y un aislamiento acústico excepcionales. Su maletero, con 439 litros, ofrecía una capacidad correcta para la categoría, sin destacar especialmente.

En definitiva, el Citroën C5 3.0 HDi representaba una alternativa muy válida a las berlinas alemanas de lujo, pero con un carácter propio. Su precio, de 35.000 euros en su versión base, lo situaba en una posición competitiva, ofreciendo un nivel de equipamiento y confort que pocos rivales podían igualar por ese coste. Era un coche para aquellos que buscaban un viaje relajado, sin estridencias, y que valoraban la tecnología al servicio del bienestar por encima de la deportividad extrema.

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Sobre mí

Javi Martín

Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".
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Ingeniero de profesión, la mayor pasión de mi vida son los coches desde que era un chaval. El olor a aceite, gasolina, neumático...hace que todos mis sentidos despierten. Ahora embarcado en esta nueva aventura, espero que llegue a buen puerto con vuestra ayuda. Gracias por estar ahí.

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