En 1972, un grupo de estudiantes de ingeniería de una facultad de São Bernardo do Campo construyó un deportivo con puertas de mariposa, carrocería de aluminio formada a mano, un V8 de Dodge bajo el capó y un coeficiente aerodinámico de 0,32 que habría avergonzado a más de un fabricante europeo de la época. Lo llamaron FEI X3 Lavinia. Nunca entró en producción. Hoy sigue siendo propiedad de la facultad que lo construyó, y es uno de los ejercicios de diseño universitario más fascinantes de la historia del automóvil.
La facultad, el profesor y el contexto
La Fundação Educacional Inaciana –FEI– abrió su campus en São Bernardo do Campo gracias a una donación de terrenos de Lavinia Gomes, esposa del alcalde Lauro Gomes. De ahí el nombre del coche. En 1963, uno de sus profesores clave era Rigoberto Soler, un ingeniero español con un currículum singular: había trabajado en ENASA, la empresa que fabricaba los camiones Pegaso bajo la dirección técnica de Wilfredo Ricart –el mismo Ricart que había sido director técnico de Ferrari–. Soler había diseñado previamente el Brasinca 4200 GT, un deportivo brasileño con motor Chevrolet de seis cilindros. Dentro de la FEI, dirigía el Departamento de Estudios e Investigación de Vehículos.
El X3 era la tercera generación del programa. El X1, presentado en 1968, se basaba en la mecánica del Renault Gordini. El X3 debía ser otra cosa: una evolución del 4200 GT, más ambiciosa, con tecnología americana y ambiciones de producción en pequeña serie.
Un coche construido como los italianos
La carrocería del X3 Lavinia se fabricó en aluminio, conformado completamente a mano con técnicas de carrocería artesanal –las mismas que usaban los carroceros italianos de la época–. El resultado tenía 4,3 metros de longitud, 1,8 metros de ancho y apenas 1,1 metros de alto: proporciones de superdeportivo puro. Las puertas eran de tipo mariposa. El parabrisas venía de un Ford Galaxie –uno de esos detalles de ingeniería de recursos que hacen que estos proyectos sean todavía más entrañables–. La estructura incorporaba una jaula de seguridad robusta. Los pilotos traseros estaban integrados en los pilares del techo. Había dos depósitos de combustible de 90 litros cada uno y dos ruedas de repuesto en el maletero.
El motor era el V8 de 5.212 cc del Dodge Dart brasileño –el mismo bloque LA de 318 pulgadas cúbicas fundido en Brasil–, con 198 CV a 4.400 rpm y un par excelente desde abajo. La intención inicial era sustituirlo por el motor del Dodge Charger nacional, más potente, con doble escape lateral y mayor relación de compresión –llegando a los 215 CV en esa configuración–. La caja era de tres velocidades en suelo, la misma que luego usaría el Dart SE, con tracción trasera. El peso total era de 1.100 kilogramos: con ese V8 y esa cifra, las prestaciones habrían sido más que respetables.
El interior tenía asientos de cuero reclinables, aire acondicionado, instrumentación en la consola central, volante de tres radios en aluminio y guantera. Los estudiantes llegaron a plantear instalar una cámara de 8 milímetros para filmar los ensayos. Había también un maletín al estilo 007 entre los equipamientos previstos. Era un proyecto de facultad, sí, pero con las ambiciones de un superdeportivo real.
Por qué no llegó a fabricarse
La respuesta es la habitual: faltaba dinero y faltaba industria. Brasil de los años 70 no tenía el tejido de proveedores ni el mercado capaz de absorber un deportivo de estas características en producción limitada. El X3 quedó dentro de un almacén de la facultad durante años, sin alterarse, hasta que a mediados de los 2000 fue recuperado y restaurado bajo la supervisión del profesor Ricardo Bock, coordinador de ingeniería mecánica automotriz de la FEI. La restauración lo devolvió a su última especificación conocida.
Hoy el FEI X3 Lavinia sigue siendo propiedad de la facultad y aparece en exposiciones sobre la historia del automóvil brasileño. Un coche que nunca existió para el mercado pero que existió de verdad: con su V8, sus puertas de mariposa, su aluminio formado a mano y su coeficiente aerodinámico de 0,32. Construido por estudiantes en São Bernardo do Campo en 1972, cuando Brasil tenía ganas de demostrar que también sabía hacer deportivos.


Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS