Wilhelm Maybach decía en 1921 que hacer un gran coche de lujo consistía en crear lo mejor a partir de lo mejor, y ciento cinco años después Mercedes ha decidido que esa frase significa que tiene licencia para vendernos un SUV de más de dos toneladas y media fabricado en Alabama. El nuevo Mercedes-Maybach GLS 680 de 2027 ya se puede pedir, cuesta cerca de 200.000 dólares en EE.UU. y 230.000 euros en Europa, y trae, atención, inteligencia artificial de ChatGPT metida en el salpicadero.
A mí, que le tengo cariño a lo que Maybach significó de verdad, este coche me produce sentimientos encontrados. Por un lado, es una barbaridad técnica bien resuelta. Por otro es la enésima prueba de que las marcas más sagradas del automóvil acaban convertidas en adornos para todocaminos pijos, porque es ahí donde está el dinero y no en las berlinas imperiales que dieron sentido al nombre.
El coche se presentó el 20 de julio y llega a Europa y Estados Unidos con los libros de pedidos abiertos a finales de este mes, aunque en China ya se puede encargar. Compite de tú a tú con el Bentley Bentayga y se queda muy por debajo del Rolls-Royce Cullinan en precio, que es como decir que sales más barato que arruinarte del todo.
Vamos a repasarlo con la mezcla de admiración y sorna que merece, porque hay mucho que contar, desde el V8 nuevo hasta el techo cosido a mano por un solo artesano, pasando por la historia de una marca que ha resucitado más veces que un villano de saga.
Un V8 de los buenos escondido bajo tanta pompa
Empecemos por lo que de verdad me gusta, que es el motor. Bajo ese capó imperial va el nuevo V8 biturbo de 4 litros de última generación, con cigüeñal plano de inspiración deportiva y ejes equilibradores Lanchester para afinar la entrega y la suavidad, y en un mundo que da por muerta la combustión a golpe de decreto, celebrar un ocho cilindros recién estrenado tiene su punto de rebeldía. Que una marca invierta en desarrollar un motor así en 2026, en lugar de enchufar otro eléctrico más, ya merece un aplauso por lo que tiene de acto de fe en lo que a muchos nos sigue gustando.
Las cifras acompañan el discurso. Rinde 603 caballos y 850 Nm de par, que son 53 caballos y bastante más empuje que el V8 del anterior GLS 600, y encima lleva un sistema microhíbrido de 48 voltios con generador de arranque integrado que suma otros 23 caballos cuando hacen falta. Con todo ello, este armario de casi tres toneladas hace el cero a cien en 3,9 segundos y llega a 280 por hora.
Que nadie se confunda, eso sí, porque esto no es un coche para conducir. Maybach añade un modo de conducción propio que prioriza el confort de los pasajeros por encima de todo, arranca en segunda marcha, cambia lo menos posible, suaviza el acelerador y la dirección y ablanda la suspensión trasera para que el de atrás no note ni los baches ni las ganas de vivir.
Han metido además una barbaridad de aislamiento acústico para que ni se oiga ese V8 magnífico que acabo de elogiar, lo cual resume perfectamente la contradicción de este coche. Montan un motor precioso y luego se gastan una fortuna en que no se oiga, porque el cliente de un Maybach no quiere emociones sino silencio de biblioteca a 250 por hora, y hasta cierto punto lo entiendo, que quien paga doscientos mil euros por un salón rodante busca eso exactamente. Pero a un enamorado del sonido de un buen ocho cilindros le duele un poco el planteamiento.
El circo de las pantallas y la inteligencia artificial
Aquí es donde empiezo a torcer el gesto. El interior estrena la nueva pantalla MBUX Superscreen que ocupa todo el ancho del salpicadero, con tres pantallas de 12,3 pulgadas bajo un mismo cristal, y el asistente virtual de a bordo ahora tira de inteligencia artificial de ChatGPT, Bing y Google Gemini para contestarte lo que le preguntes.
Confieso que no le veo la gracia. Entiendo que un coche moderno necesite su tecnología, pero convertir el habitáculo de un Maybach en un escaparate de logotipos de Silicon Valley me parece justo lo contrario del lujo de verdad, ese que se demostraba con materiales nobles y silencio, no con tres pantallas y un chatbot que igual te alucina la respuesta como hace con todo el mundo. El lujo auténtico no necesita presumir de software.
Por suerte, cuando levantas la vista de las pantallas, el coche recupera la dignidad de golpe. El techo va forrado de cuero con veinte piezas de piel cortadas con precisión milimétrica y cosidas a mano por un único artesano en Alemania, un detalle de los que sí justifican el nombre que lleva el coche en la parrilla, porque ahí hay oficio y hay tiempo y hay unas manos concretas detrás, que es de lo que iba esto desde el principio. El interior lo montan además dos especialistas formados en Alemania que ensamblan a mano las molduras de madera y la tapicería de Nappa, y ese tipo de cosas no se improvisan ni se programan.
El resto del catálogo de mimos es interminable y, hay que decirlo, apabullante. Asientos traseros Executive reclinables tipo jet privado con función de masaje hasta en los reposapiés extensibles, equipo de sonido Burmester 3D con Dolby Atmos y amplificador de 710 vatios, asientos delanteros con masaje por vibración, refrigeración y hasta un programa Manufaktur que permite pedir combinaciones de cuero Nappa en tonos como el marrón haya con beige macchiato. Lujo a paladas, sin discusión.
Una parrilla que pesa más que la historia
Mercedes ha querido darle por fuera más presencia todavía, como si a un coche de casi cinco metros y medio le faltara empaque. La parrilla cromada de Maybach ahora lleva iluminados tanto el marco como la inscripción de la marca, y si marcas la casilla correspondiente hasta la estrella de tres puntas se enciende, un espectáculo nocturno que a algunos les parecerá elegante y a mí me recuerda más a una máquina tragaperras.
Los detalles se acumulan sin freno ninguno. Faros más grandes con dos ledes en forma de estrella cada uno, logotipos iluminados en oro rosa escondidos detrás de las estrellas, tomas de aire con láminas cromadas verticales y esas placas laterales de plástico con el logo de Maybach que, como dice la propia prensa americana, o las amas o las odias. Yo lo tengo bastante claro, para qué nos vamos a engañar.
La obsesión por las llantas alcanza cotas absurdas y maravillosas a la vez. Ofrecen unas nuevas forjadas de 23 pulgadas con tapacubos al estilo Rolls-Royce, esos que mantienen la estrella siempre vertical mientras la rueda gira gracias a un mecanismo que se autoalinea por gravedad, y las de serie ya son de 22 pulgadas, porque en este segmento parecer un tractor de gala es una virtud.
Aquí tocaría recordar de dónde viene todo esto, que es lo que le da sabor al asunto. Maybach fue una marca gloriosa entre las dos guerras, fundada por Wilhelm y su hijo Karl, que primero hacían motores de dirigible y luego construyeron algunos de los coches más imponentes de su tiempo, aquellos Zeppelin de doce cilindros que costaban lo que una casa y transportaban a la aristocracia europea. Con eso jugamos.
¿Todavía vale de algo el nombre?
Porque el nombre Maybach carga con una historia de fracasos comerciales que da para reflexión. Mercedes lo resucitó en 2002 con las berlinas 57 y 62, unos monstruos de superlujo de casi seis metros pensados para plantar cara a Rolls-Royce y Bentley, montados sobre una plataforma de Clase S ya veterana, y fue un desastre de proporciones históricas, con pérdidas estimadas de 330.000 euros por cada coche vendido y unas cifras de risa, apenas 157 unidades en todo el mundo en 2010 frente a los más de 2.700 Rolls del mismo año. Habían proyectado vender dos mil al año y no llegaron ni de lejos.
Aquellas berlinas murieron en 2013 entre burlas, y Top Gear las metió en su lista de los peores coches de veinte años, describiéndolas con mala baba como una carrocería de lujo aparente untada sobre una plataforma de Clase S envejecida, a ver si algún oligarca o alguna estrella del rap no se daba cuenta del truco. Se dieron cuenta, y Maybach volvió a desaparecer con el rabo entre las piernas por segunda vez en su historia.
La lección que Mercedes aprendió es la que explica este GLS. Como marca independiente Maybach no vende ni regalando cuchillos, pero como etiqueta de superlujo pegada a un Mercedes que ya funciona de maravilla, la cosa cambia por completo, y por eso desde 2015 Maybach no es una marca sino un acabado, primero sobre la Clase S y desde 2019 sobre este SUV que hoy es, con muchísima diferencia, el Maybach más vendido de toda la historia. El fantasma resucitado por fin encontró un cuerpo que le funciona, y resultó ser un todocamino. Ironías del mercado.
Me queda una sensación agridulce con este GLS 680, porque objetivamente es un coche soberbio, con un motor magnífico, una habitabilidad de limusina y un nivel de artesanía que muy pocos alcanzan, pero al mismo tiempo representa todo lo que me incomoda del lujo actual, esa idea de que el prestigio se compra estampando un apellido ilustre sobre un armario rodante lleno de pantallas y luego iluminándolo como una feria para que el vecino lo note desde lejos, y no puedo evitar pensar que a Wilhelm Maybach, que soñaba con lo mejor de lo mejor cuando eso significaba ingeniería y no márquetin, le habría fascinado el V8 y le habría dado un pasmo lo demás, porque una cosa es crear el mejor coche del mundo y otra muy distinta ponerle un chatbot a un tanque de dos toneladas y media y llamarlo herencia.














Jose Manuel Miana
Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.