BMW y Alpina van a ser como Mercedes y AMG ¿Merece la pena?

BMW y Alpina van a ser como Mercedes y AMG ¿Merece la pena?

Las cosas van a cambiar


Tiempo de lectura: 9 min.

Mientras los burócratas de Bruselas siguen empeñados en que todos nos movamos en electrodomésticos con ruedas que tienen menos alma que una nevera de camping, BMW ha hecho un movimiento de ajedrez maestro: integrar a Alpina oficialmente en su estructura. No es solo una compra de marca; es un salvoconducto para que el espíritu de Burkard Bovensiepen no muera bajo el peso de las normativas de emisiones. Alpina dejará desde enero de 2026 de ser el preparador externo con trato de favor para ser la división de ultralujo que pondrá los puntos sobre las íes a los que creen que el lujo es solo poner una pantalla más grande.

Para entender por qué esto es un hito, hay que saber de dónde venimos, porque Alpina no nació en un garaje cualquiera, sino de la obsesión de un tipo que empezó fabricando máquinas de escribir y que acabó retocando carburadores Weber para que los BMW de los 60 no se quedaran cortos. En 1983, el gobierno alemán, que de coches sabe un poco más que los que hacen las leyes en los despachos, les dio el título oficial de “fabricante”, y eso significa que un Alpina no es un BMW “tuneado”, sino un coche que nace con su propio número de chasis y una filosofía que se ríe de la agresividad barata de los pack M.

La noticia de la integración oficial es un corte de mangas a la homogeneización del mercado, o eso espero, porque Alpina representa el ingenio puro de la automoción mezclado con la elegancia. Parece que BMW ha entendido que su división M se ha vuelto demasiado “circuital” y macarra, que estaba ya demasiado al alcance de cualquier bro con más dinero que neuronas, y que necesitaba recuperar esa elegancia técnica que solo unos locos en Buchloe sabían aplicar a base de horas de banco de potencia y cuero de la mejor calidad.

Para los que no sepan de qué va la fiesta, Alpina es el coche del que sabe de qué va esto pero no necesita que lo miren en los semáforos. Es el equilibrio perfecto entre un par motor que te puede sacar las muelas si le pisas y una suspensión que filtra el mundo como si fueras flotando en una nube de algodón. Esta nueva era bajo el paraguas de BMW promete que el escudo azul y verde no se diluya, sino que se convierta en el último refugio para el entusiasta que busca algo más que un simple símbolo de estatus con cables por todas partes.

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Los años 90 del Serie 7 B12

Si hay una época que define la gloria de esta marca, son los años 90, que eran, en mi opinión, cuando los coches todavía tenían forma de coche y no de supositorio aerodinámico. Me gustan, en especial aunque no en exclusiva, los Serie 7 de esa década, y el E38 es el Santo Grial, porque Alpina cogió esa berlina, que ya de por sí era el culmen del diseño bávaro, y la transformó en el B12. Ese fue el momento en el que demostraron que se podía coger un motor V12 y convertirlo en una obra de arte capaz de merendarse a superdeportivos italianos mientras el conductor se mantenía tan fresco como una lechuga.

El Alpina B12 5.7 y su evolución posterior, el 6.0, son máquinas que hoy no nos permitirían disfrutar. Claro, el motor M73 V12 se exprimió al límite para aumentar la cilindrada y optimizar la admisión para entregar una potencia que llegaba con la suavidad de un guante de seda pero con la contundencia de un martillo de demolición. Eran coches que no necesitaban alerones de un metro de alto para demostrar que eran rápidos porque su planta, bajada sutilmente y con esas llantas de 20 radios que son marca de la casa, ya imponía un respeto que ningún SUV moderno podrá soñar jamás.

Lo que hacía especial a estos Serie 7 de los 90 era también un despliegue técnico que hoy parecería de ciencia ficción. ¿Quieres ejemplos? Mira, Alpina introdujo el sistema Switch-Tronic, que permitía cambiar de marcha desde el volante mucho antes de que las levas se pusieran de moda en cualquier coche de alquiler. No era tecnología para fardar en la barra del bar, era ingeniería aplicada para que el conductor tuviera el control total de un V12 que empujaba sin fin hasta rozar los 300 km/h. Es el tipo de ingenio que hoy muchos echamos de menos. El que da soluciones reales para problemas de gente que ama conducir.

Esa década nos dejó también el B10 Bi-Turbo (basado en el Serie 5 E34), que durante un tiempo fue la berlina más rápida de la tierra, sí, pero el B12 E38 sigue siendo el rey porque representaba la cima de una BMW que no tenía miedo a ser señorial y salvaje al mismo tiempo, y ver un B12 hoy es como cruzarse con un aristócrata que además es campeón de boxeo. Es un coche que tiene una clase inalcanzable, pero sabes que si le buscas las cosquillas, te va a dejar sentado antes de que puedas decir “cero emisiones”.

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El secreto del éxito: Par motor, cuero y discreción

¿Qué hace a un Alpina diferente de un BMW M o de un Mercedes AMG? Pues que Alpina pasa de las cifras de potencia máxima que solo sirven para vender revistas y se centra en el par motor. Su filosofía es que la potencia es para que el coche corra, pero el par es lo que hace que la experiencia sea gloriosa en el mundo real y lo que te da esa sensación de poderío. Sus coches están diseñados para recuperar desde bajas vueltas con una fuerza que parece eléctrica, pero con el sonido y la vibración de un motor térmico afinado como un Stradivarius.

Luego está el tema del diseño, que es una lección de estilo para todos esos diseñadores modernos que creen que más es mejor. Un Alpina se distingue por sus colores clásicos (el Alpina Blue y el Alpina Green) que tienen una profundidad que ya quisieran para sí muchas marcas de hiperlujo. El pinstriping lateral, ese “Deko-Set” de líneas finas, que es un guiño a los años 70 que se mantiene por puro orgullo y que le queda a una berlina moderna como un traje de Savile Row a un agente secreto. Eso es elegancia sin estridencias, justo lo opuesto a la tendencia actual de poner luces LED hasta en las alfombrillas, de meterle colores fosforitos a todo, y de los dichosos RWB. Mansory, directamente, es el niño que se metía ceras por la nariz.

Si abres la puerta, te encuentras con el cuero Lavalina, que no es el cuero que te encuentras en un coche premium estándar, que muchas veces parece plástico pintado (y a veces lo es). Este es piel de verdad, tratada de forma que respira y se nota viva. Los artesanos de Alpina dedican horas a coser cada volante con el hilo azul y verde característico. Es un interior donde el lujo se siente en el tacto y en el olor, y no en el número de aplicaciones que puedes instalar en el sistema de infoentretenimiento.

Por último, están las llantas multirradio. Son un icono que no ha cambiado apenas en décadas porque, sencillamente, no se puede mejorar lo que ya es perfecto. El nivel es tan exagerado que ocultan la válvula de inflado detrás de la tapa central por pura obsesión estética y funcional. Es ese nivel de detalle enfermizo lo que separa a los ingenieros de los simples ensambladores de piezas. Alpina es, en definitiva, la prueba de que se puede ser moderno sin ser un hortera y que la tradición no tiene por qué estar reñida con la vanguardia técnica.

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Un futuro contra corriente en la era del silencio

La integración de Alpina en el Grupo BMW es una trinchera interesante, porque si has seguido la marca en los últimos años, sabrás que el coche eléctrico destrozó buena parte de su propuesta, que era el motor, y a eso se le suman las normas de Bruselas en cuanto a emisiones, homologaciones y software. Pero BMW ha decidido que siempre habrá un hueco para el coleccionista que valora lo auténtico, y Alpina se posicionará por encima de la gama estándar como una marca de “bespoke luxury”, que quiere decir algo así como que será un Rolls-Royce para los que prefieren conducir ellos mismos en lugar de que les lleven. Es un movimiento valiente en un mercado que parece haber olvidado lo que significa la pasión por estas máquinas.

Esta nueva etapa tiene como punto positivo el que permitirá que Alpina acceda a unos recursos tecnológicos que como fabricante pequeño le eran imposibles, pero, esperemos, manteniendo esa independencia creativa que les permite decir “no” a las modas pasajeras. La clave es que no destrocen Alpina como pasó con AMG o la M al vulgarizarlas y que siga haciendo coches para gente que disfruta de la máquina más que de las apariencias.

Lo que está por venir seguramente incluya hibridación o incluso motores eléctricos, pero si Alpina hace un eléctrico, por más que moleste, puedes apostarte un chuletón a que tendrá un tacto de conducción y un lujo que dejará a los actuales Tesla como si fueran juguetes de bazar y que sabrán cómo gestionar el peso y la entrega de potencia para que no parezca que llevas una batería con ruedas, sino un vehículo con alma. Es el ingenio convertido en ingeniería, aplicado a la nueva realidad pero sin bajarse los pantalones ante lo políticamente correcto.

Que Alpina siga viva y con más fuerza que nunca es un del artesano sobre la cadena de montaje infinita y del criterio propio sobre las normas de los pelmas que quieren prohibirnos disfrutar.

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Sobre mí

Jose Manuel Miana

Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.

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