Bisimoto ha cogido un Porsche 930 Turbo de 1983, le ha arrancado el flat-six soplado que lo hizo legendario y le ha enchufado un motor eléctrico de 639 caballos que gira hasta unas alucinantes 18.500 vueltas. El resultado dobla la potencia original, elimina el famoso retardo del turbo y va a subastarse en Mecum este agosto en Monterey, así que sobre el papel estamos ante una proeza de ingeniería difícil de discutir. El problema es de dónde han partido para lograrla, porque ahí es donde a mí se me tuerce el gesto con este Porsche modernizado.
No tengo nada en contra de convertir un clásico a eléctrico cuando se rescata una carcasa muerta, un coche sin motor o irrecuperable al que solo le quedaba el desguace por delante. Lo que me revienta es que este 930 no era nada de eso, sino un Turbo entero, restaurado a conciencia en su Guards Red original con su certificado de autenticidad, un coche al que solo le faltaba girar la llave para volver a aullar como Dios manda.
Se han perdido cosas por el camino
Te explico qué clase de coche han desmantelado para que se vea la magnitud del asunto, porque el 930 Turbo no es un Porsche cualquiera. Hablamos del primer 911 turboalimentado de calle, nacido en 1975 para homologar a las bestias de competición 934 y 935, un coche que en su versión 3.3 de 1983 montaba un flat-six refrigerado por aire de 300 caballos y se ganó a pulso el apodo de Widowmaker por la brutalidad con la que entraba el turbo a medio gas en mitad de una curva.
Ese carácter endiablado es justo lo que define al coche y lo que lo convierte en leyenda, ya que el 930 no era rápido en el sentido aséptico de hoy sino salvaje, traicionero y adictivo a partes iguales. Conducirlo bien exigía respeto y manos, porque el retardo del turbo te hacía anticipar la potencia y el peso colgado detrás del eje trasero te recordaba que un error se pagaba más caro que una entrada para Bad Bunny, de modo que pilotar un Widowmaker era una conversación constante entre el conductor y una máquina que no perdonaba despistes. Quitarle el motor para domarlo con la entrega lineal y predecible de un eléctrico es como amaestrar a un tigre arrancándole los dientes, porque te quedas con la estampa imponente pero pierdes justo aquello que te hacía mirarlo con respeto.
El 930 Turbo 3.3 no es además ninguna rareza irreparable de la que queden cuatro ejemplares, pero tampoco es un coche de usar y tirar, porque se fabricaron unos quince mil de aquella generación y cada uno que sobrevive entero es una pieza de coleccionista cotizada que se mueve con soltura en las seis cifras. Sacrificar un superviviente sano, con su mecánica original restaurada, para convertirlo en otra cosa me parece un desperdicio que va más allá del simple gusto personal.
Aquí está el meollo de mi reproche. El mundo está lleno de Porsche 930 con el motor reventado, con el chasis comido por el óxido o con la mecánica desperdigada en cajas, candidatos perfectos para una segunda vida eléctrica sin que nadie derrame una lágrima, así que elegir precisamente uno restaurado y completo para vaciarlo demuestra que la decisión no nació de la necesidad sino del capricho. Un capricho que destruye una pieza histórica recuperable me cuesta aplaudirlo por mucha ingeniería que lleve dentro.
El trabajo de Bisimoto, que de tonto no tiene un pelo
Dicho lo cual, sería injusto no reconocer que Bisimoto sabe perfectamente lo que hace, porque detrás de la marca está Ndubisi Ezerioha, un ingeniero químico nigeriano-estadounidense que lleva tres décadas exprimiendo motores hasta lo imposible. El hombre se hizo un nombre en el mundillo Honda construyendo los cuatro cilindros atmosféricos más potentes jamás documentados, llegó a meter más de mil caballos en un monovolumen Odyssey y firmó para Hyundai un Sonata de 708 caballos, así que su credibilidad como mago de la mecánica es incuestionable.
Su salto al coche eléctrico no fue una rendición a la moda sino una evolución de esa misma obsesión por la potencia, y los números que saca lo respaldan. El 930 lleva un motor de inducción trifásico de corriente alterna refrigerado por líquido que gira hasta las 18.500 vueltas, una cifra de fantasía, alimentado por una batería LG Chem de 32 kWh a 403 voltios que le da unos 190 kilómetros de autonomía y recupera energía con 76 kW de frenada regenerativa. No es su primer Porsche enchufado, ni mucho menos, porque Bisimoto lleva desde 2019 firmando conversiones tan demenciales como el 935 K3V de 636 caballos que acabó en el programa de Jay Leno y en el museo Petersen, o el Moby X inspirado en el legendario Moby Dick de Le Mans, e incluso ha electrificado una furgoneta Volkswagen y tiene un Rolls-Royce entre manos, así que el 930 es un eslabón más de una cadena de barbaridades técnicas perfectamente ejecutadas.
Lo más loable del planteamiento técnico es que Bisimoto se ha esforzado por respetar el alma dinámica del coche en lugar de limitarse a embutir baterías donde cupieran. El reparto de pesos hacia atrás tan característico del 911 se ha conservado, igual que las proporciones originales, mientras que la suspensión Elephant Racing con amortiguadores roscados VonShocks y las llantas Braid buscan que el coche siga comportándose como un Porsche y no como un electrodoméstico veloz.
El acabado remata la faena con el Guards Red original protegido con lámina, faros LED, un alerón de pato, relojería Speed Hut y asientos deportivos de cuero, de modo que el conjunto es coherente y está rematado con un gusto que muchos restomods de garaje quisieran para sí. Bisimoto no ha hecho una chapuza, ni mucho menos, y precisamente por eso duele más, porque todo ese talento aplicado a un coche que merecía conservar su corazón es talento gastado en la dirección equivocada. Si ese mismo motor de 639 caballos a 18.500 vueltas hubiera renacido dentro de un 930 con el chasis podrido y el bóxer gripado, hoy estaría yo aquí aplaudiendo a rabiar en lugar de torciendo el gesto.
La pregunta incómoda que nadie quiere hacerse
El restomod eléctrico vive un momento dulce y se ha puesto de moda entre el dinero que quiere un clásico bonito sin el “incordio” de mantener una mecánica antigua, y entiendo el atractivo. Un coche viejo con la fiabilidad de un eléctrico moderno, sin fugas de aceite ni puestas a punto ni humos, suena tentador para quien quiere la estampa sin el compromiso, así que tiene su lógica y su clientela dispuesta a pagar. Hay empresas como EV West, Everrati o el propio Bisimoto que han convertido este nicho en una industria floreciente que mueve cifras serias, y conforme crece la demanda crece también la tentación de echar mano de coches cada vez mejores como materia prima.
El problema llega cuando esa moda empieza a comerse ejemplares sanos e históricos en lugar de rescatar carcasas perdidas, porque cada 930 Turbo original que pierde su flat-six es un 930 Turbo menos en el mundo para siempre. Las conversiones suelen venderse como reversibles, pero la realidad es que casi nadie deshace el trabajo, y el motor original, cuando no se ha vendido por separado, acaba criando polvo en una estantería o directamente desaparecido. Conviene recordar que esos bloques bóxer turboalimentados no se fabrican desde hace casi cuarenta años, así que cada uno que se descuelga de su coche es una pieza irremplazable que tarde o temprano romperá la cadena de algún otro 930 que sí necesitaba un corazón de repuesto.
Hay además una trampa de fondo en todo esto, y es que un Porsche clásico sin su sonido y su mecánica deja de ser del todo un Porsche clásico para convertirse en una escultura rodante muy rápida. La experiencia de conducir un 930 no estaba solo en la velocidad sino en el ritual completo, el ruido del bóxer, el golpe del turbo, el olor a gasolina caliente, la vibración que te subía por el asiento, y todo eso se evapora en cuanto metes un motor silencioso por muy bestia que sea. Un eléctrico te da la cifra, pero te quita el alma.
Vamos a ver, al final cada cual hace con su dinero y su coche lo que le da la gana, y si el dueño quería un eléctrico con cuerpo de 930 está en su derecho de pagarlo. Pero que se haga sobre un superviviente restaurado en lugar de sobre uno de los muchos cadáveres recuperables que andan por ahí me parece una mala elección, y ojalá la próxima vez Bisimoto gaste su indudable talento en resucitar un Porsche muerto en vez de en silenciar uno que todavía tenía mucho que rugir. El Bisimoto 930 Turbo EV es, sin discusión, una obra de ingeniería brillante construida por gente que sabe muchísimo de coches, y como tal merece respeto técnico. Lo que no me parece igual de defendible es la materia prima elegida, porque convertir en eléctrico un 930 entero y restaurado, con su flat-six original listo para encender, es resolver un problema que no existía a costa de borrar una pieza irrepetible. El día que estas conversiones se limiten a rescatar lo que de verdad está muerto, aplaudiré sin reservas, pero mientras se sacrifiquen supervivientes sanos seguiré pensando que el respeto a un clásico empieza por dejarlo respirar con sus propios pulmones. Que un coche así exista no me molesta en absoluto, lo que me duele de verdad es el que ha dejado de existir para que naciera.












Jose Manuel Miana
Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.COMENTARIOS