Hay coches que no necesitan presentación y hay coches que necesitan contexto. Este Ford Model A Speedster de 1931 necesita las dos cosas. A primera vista es un chasis con ruedas, un motor al aire y dos asientos de aluminio sin acolchar que van a hacerte recordar cada bache durante días. Pero si sabes lo que estás mirando, lo que ves es algo mucho más específico: la destilación más pura posible de lo que fue el movimiento hot rod americano, construida con las mismas herramientas, la misma filosofía y prácticamente las mismas piezas que usaban los chavales del sur de California en los años 30.
El Model A como punto de partida
Henry Ford no diseñó el Model A pensando en los hot rodders. Lo diseñó porque el Model T se había quedado obsoleto y Chevrolet le estaba comiendo el mercado. Cuando el Model A llegó en diciembre de 1927 —con 400.000 pedidos en dos semanas, una de las presentaciones comerciales más exitosas de la historia del automóvil— era un coche moderno, bien construido y asequible: 40 CV, cuatro cilindros en línea de 3,3 litros, caja de tres velocidades y frenos de disco en las cuatro ruedas cuando muchos rivales todavía frenaban solo en el eje trasero.
Lo que Ford no calculó —o quizás sí, dado su obsesión con la durabilidad— es que el bloque del Model A tenía un fondo estructural tan sólido que aguantaba el doble y el triple de la potencia original sin romperse. El cigüeñal, las bielas, el bloque: todo sobredimensionado para durar. Eso lo convirtió en el motor favorito de los preparadores de dirt track en los años 30, y cuando las competiciones de los lagos secos del sur de California —Muroc, El Mirage— empezaron a organizarse de manera informal, el Model A era el punto de partida de prácticamente todo el mundo. Era barato, era simple y era resistente. La combinación perfecta para un adolescente con un garaje y ganas de ir más rápido.
Fidelidad histórica: Un Speedster de 1931
El Speedster de 1931 que aparece en estas páginas es un ejercicio de fidelidad histórica que pocos builders actuales tienen la disciplina de mantener. La carrocería ha sido despojada de todo lo que hay detrás del cortafuegos —el motor al descubierto, el chasis visible, la suspensión de ballesta transversal original en ambos ejes completamente expuesta—. El depósito de combustible es un cilindro de aluminio montado detrás de los asientos. Las ruedas son de radios de acero pintadas en negro con tambores de freno originales. El volante es de madera con mucho diámetro —imprescindible cuando no hay dirección asistida de ningún tipo—. Los asientos son dos cubetas de aluminio sin ningún acolchado: el perfil del conductor sustituye a la tapicería.
Bajo el capó —o más bien a la vista de todo el mundo, porque no hay capó— el cuatro cilindros de 201 pulgadas cúbicas lleva un cigüeñal equilibrado Beavertail, bielas forjadas, cojinetes de inserción y una culata Lion Speed Head de válvulas en cabeza. La culata es la pieza clave: los bloques de Model A de serie tenían la distribución lateral —válvulas en el bloque, no en la culata—, y las conversiones OHV de empresas como Lion, Rajo, Frontenac o Riley eran exactamente lo que los preparadores de los años 30 usaban para sacar el máximo partido al motor. El carburador es un Model B de un barril. La caja de cambios es la original de tres velocidades con embrague de V8. La relación de transmisión final es de 3,78.
Directo a la “Race of Gentlemen”
No hay cifras de potencia declaradas, porque en un coche de este tipo las cifras no son el punto. El punto es que este Speedster está preparado para el Race of Gentlemen —la competición anual de Wildwood, Nueva Jersey, donde solo se admiten coches y motos anteriores a 1952 con tecnología de época— y que cada pieza que lleva tiene un propósito específico y una procedencia históricamente coherente. Alguien se ha tomado el tiempo de hacerlo bien, y eso en el mercado del hot rod clásico vale más que cualquier cifra de potencia.
El precio es de 12.500 dólares en Classic Auto Mall, Pensilvania. Para lo que es, no es caro.





Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".