Slate es la empresa que ha conseguido que la ausencia de una pantalla y de un módem parezca una novedad automovilística, lo cual tiene bastante mérito y también debería darnos un poco de vergüenza. Por si no te suena el nombre, se trata de una empresa estadounidense que prepara una pick-up eléctrica muy sencilla, disponible desde 24.950 dólares y concebida para ensamblarse en el Medio Oeste, que promete unos 330 kilómetros de autonomía y puede transformarse mediante accesorios en una especie de SUV de cinco plazas. No llegará mañana a un concesionario español ni tiene pinta de que lo haga jamás, pero su rareza sirve para dar una vuelta a las tonterías que últimamente damos por ineludibles en los coches nuevos. Todavía hablamos de un vehículo de preproducción, así que sus datos pueden cambiar, aunque la propuesta de Slate ya ha puesto sobre la mesa una idea incómoda, la de que quizá el coche moderno no necesite saber tanto de nosotros para funcionar bien.
La Blank Slate básica tiene dos plazas, ventanillas manuales, mandos físicos para la climatización y una llave de las que se meten en el contacto. Tampoco lleva una tableta clavada en el salpicadero ni una radio integrada al uso, porque Slate ha decidido quitar del coche la tecnología que envejece deprisa y dejar únicamente lo que considera imprescindible para conducir.
Ahora bien, no confundamos la sencillez con la pobreza intelectual, ya que la parte interesante no consiste en celebrar que un coche barato venga pelado. Slate propone colocar el móvil o una tableta en un soporte central y acompañarlos con un altavoz Bluetooth portátil, de modo que la navegación, la música y las aplicaciones pertenecen al usuario en vez de quedar encerradas en un sistema que el fabricante dejará de actualizar cuando le cuadren las cuentas. Eso también impide que el valor de uso dependa de una tienda de aplicaciones moribunda o de un servidor remoto situado a miles de kilómetros. Además, la marca ofrece más de 200 accesorios para cambiar la carrocería y el uso del vehículo, aunque el verdadero golpe de efecto está dentro: tu tecnología entra contigo y se va contigo.
A mí el altavoz suelto me parece una solución demasiado cutre para convertirla en modelo de lujo, pero el principio es buenísimo. Slate no representa el coche ideal que estoy defendiendo, sino una demostración barata de que se pueden separar las funciones duraderas de las que caducan. El salpicadero no tiene por qué convertirse en el cementerio de una tableta de 2026 que sigamos soportando con asco en 2041.
Hemos pagado para que el coche sepa dónde estamos
Durante los últimos años hemos aceptado una operación comercial bastante grotesca, porque primero pagamos miles de euros por unos coches conectados que registran posiciones, horarios, recorridos y hábitos de conducción, después entregamos más datos mediante la aplicación del fabricante y, finalmente, abonamos una suscripción para conservar algunas funciones que dependen de ese mismo sistema. Todo se envolvió con palabras bonitas como ecosistema, experiencia digital o servicio inteligente mientras el automóvil conectado convertía cada trayecto en una corriente de datos personales que casi nadie se detenía a examinar antes de pulsar “aceptar”.
Claro que la conexión puede resultar útil, porque permite encender la climatización a distancia, localizar un coche robado, recibir avisos mecánicos o descargar ciertas mejoras. El problema es que una comodidad concreta se utiliza para justificar una vigilancia permanente, ya que el consentimiento dejó de ser una elección y pasó a ser cuestión de sí o sí.
El caso de General Motors en Estados Unidos demuestra que la sospecha no es cosa de una película de conspiraciones de las de antes aunque se parezca. En concreto, la Comisión Federal de Comercio acusó a GM y OnStar de recopilar y vender sin un consentimiento informado datos precisos de localización y conducción, entre ellos frenadas fuertes, velocidad o viajes nocturnos, que podían terminar en informes utilizados por las aseguradoras para amargar la vida a los conductores. En algunos casos la posición llegaba a registrarse cada tres segundos y, tras el acuerdo definitivo de enero de 2026, la compañía quedó sometida a restricciones sobre el uso y la cesión de esa información. A mí me parece especialmente guarro que un sistema presentado como asistencia termine influyendo en cuánto pagas por asegurar el coche, pero era de esperar. Por eso, el preguntar quién conoce nuestros movimientos no es paranoia, sino higiene básica, aunque durante años la industria nos haya presentado el módem como si solo sirviera para encontrar una cafetería cercana.
Ya hablamos en Espíritu Racer de cómo el coche se está convirtiendo en un móvil con ruedas, y Slate fuerza una pregunta todavía más sencilla: si un vehículo puede arrancar, cargar y circular sin conectarse, ¿por qué la desconexión ha terminado pareciendo una extravagancia? La privacidad se ha vuelto llamativa porque hemos normalizado perderla.
La privacidad convertida en novedad
La camioneta de Slate no lleva módem en su configuración básica y la aplicación del móvil actúa como enlace cuando el propietario quiere utilizar servicios conectados. Existe un módulo telemático opcional para quien desee añadir esa conexión permanente, así que, siendo precisos, la marca no cobra un extra por no rastrearte. Sucede justo al contrario, porque la desconexión viene de serie y la telemática se añade voluntariamente, aunque el simple hecho de anunciarlo como virtud revela hasta qué punto el mercado ha invertido lo que es normal.
Desde Slate lo resumen diciendo que recogen los datos para mejorar la experiencia del propietario, no para convertirlo en el producto, y la frase está muy bien, pero una promesa empresarial cambia más a menudo que la opinión de ciertos políticos. Por eso la mejor política de privacidad sigue siendo carecer del hardware que permite incumplirla.
Thorin Klosowski, de la Electronic Frontier Foundation (una organización de allá que se dedica, precisamente, a la lucha por la privacidad), valoró precisamente esa diferencia al analizar el sistema para SAE Mobility Engineering, ya que el retirar físicamente el módem ofrece una protección más sólida que confiar solo en una política redactada por unos abogados. Además, Slate dice que no hace falta abrir la aplicación para conducir ni para cargar el coche, de manera que puedes dejar el teléfono en casa, meter la llave y marcharte. No aparece entonces un menú que te castigue por rechazar las condiciones, ni el automóvil pierde funciones básicas porque una plataforma haya cambiado de dueño. Ese detalle parece ridículamente normal, pero un coche que funciona sin pedir permiso a una cuenta digital ya empieza a resultar excepcional en una época de perfiles, contraseñas y servidores que un día dejan de responder o que quitan funciones cuando se revende.
Dicho eso, sacar la pantalla del salpicadero no vuelve invisible al conductor, porque el móvil puede seguir enviando su posición a Apple, Google o cualquier aplicación con permisos excesivos. La ventaja real está en recuperar la separación y la elección: puedes usar mapas sin conexión, una tableta dedicada o tirar el teléfono por la ventana. Slate no elimina todo el rastreo, pero deja de imponerlo desde el propio vehículo de serie.
Tu pantalla debería poder salir del coche… o ni entrar siquiera
La segunda idea de Slate me interesa incluso más a largo plazo, porque en vez de desarrollar un sistema multimedia cerrado, la marca instala soportes para el teléfono o la tableta y deja que cada propietario lleve sus aplicaciones, sus mapas y su biblioteca musical. Cuando el dispositivo se quede viejo, se sustituye en unos segundos sin desmontar medio salpicadero ni esperar una actualización que quizá nunca llegue. Tampoco hace falta convencer al fabricante para instalar otro navegador, ya que basta con escogerlo en el aparato que uno ya controla. Según explica la propia marca en su apartado de personalización y tecnología propia, el coche envejece bien porque la informática sustituible pertenece al usuario, no a una pieza integrada y carísima.
Cinco o seis años son más que suficientes para que una pantalla que parecía futurista empiece a sufrir achaques de aplicaciones retiradas, mapas desactualizados, procesadores lentos o redes móviles incompatibles. Sin embargo, el coche que la rodea puede conservar otros quince años de vida útil, así que hemos unido el componente más efímero al objeto que debería durar más.
Además, el problema no termina cuando desaparece Spotify o el navegador deja de recibir mapas. Hay que tener en cuenta que una pantalla central suele absorber la climatización (incluyendo los aireadores), los ajustes del vehículo, la cámara, el sonido y hasta las funciones de seguridad, por lo que su obsolescencia arrastra servicios que antes resolvían una ruleta, un botón o una radio reemplazable. Si el fabricante abandona el sistema, el propietario queda atrapado entre convivir con una interfaz fósil y pagar una reparación desproporcionada por un ordenador que nunca quiso tener. Lo irritante es que el motor, la suspensión y la carrocería pueden seguir estupendamente mientras el habitáculo transmite abandono a cada toque. De ahí que conectar tu propio dispositivo también sea una forma de mantener tu derecho a reparar, porque te permite renovar la parte digital.
En realidad, la arquitectura sensata resulta bastante fácil de imaginar, porque el coche aporta alimentación, antenas, micrófonos, cámaras y un sistema de sonido bien instalado, mientras que un protocolo abierto entrega al dispositivo del usuario la navegación y las aplicaciones. Incluso después de retirar el teléfono, las funciones esenciales siguen disponibles mediante controles físicos, de modo que la tecnología debería acoplarse al coche sin apoderarse de él.
Quiero sonido de alta calidad y botones, no un iPad empotrado
Las pantallas gigantes se nos vendieron como un símbolo de lujo porque brillan mucho en el concesionario y permiten montar una animación bonita durante la entrega. También abaratan el diseño industrial, reducen el número de piezas y facilitan que una misma interfaz sirva para varios modelos, aunque esa parte suele quedarse fuera del folleto. A cambio, el conductor pierde referencias táctiles y necesita apartar la vista para tareas que antes resolvía de memoria. Total, que nos cobraron como sofisticación una solución que el fabricante adoptó porque le convenía muchísimo para ahorrar costes.
En realidad, la distracción no es una manía de quienes echamos de menos los botones. De hecho, un estudio ya comparó pantallas y mandos físicos y obtuvo una diferencia enorme en el tiempo necesario para completar tareas comunes. Por tanto, lo de tocar una superficie lisa mientras conduces no es progreso por definición, aunque la rodeen de marcianadas.
Por si fuera poco, Euro NCAP ha endurecido en 2026 la evaluación de los controles y ya señala con claridad qué coches obligan a buscar demasiadas funciones en la pantalla. El organismo elogió los mandos físicos dedicados del BMW iX3, mientras que penalizó al Zeekr 7GT porque varios ajustes y la climatización dependían del panel central. Esa comparación pesa mucho porque la seguridad está obligando a reconocer un error que el diseño llevaba años disimulando con superficies negras y transiciones animadas más pesaditas que el plomo. No es odio contra toda pantalla, ya que una cámara trasera o un mapa se entienden mejor visualmente, lo razonable es exigir que las funciones frecuentes conserven botones reconocibles y utilizables sin mirar, sobre todo el volumen, la temperatura, la ventilación, las luces y los desempañadores.
Eso sí, yo me separo del minimalismo extremo de Slate porque yo no quiero un altavoz de camping dando vueltas por el habitáculo para perderlo, sino unos buenos altavoces integrados, un amplificador decente, conexiones estándar y una rueda de volumen que sobreviva al apocalipsis digital. En cambio, la pantalla puede ser mi móvil o mi tableta y marcharse conmigo, ya que el verdadero equipo de sonido premium no necesita dominar el salpicadero, solo sonar de maravilla y obedecer al instante.
El lujo será que la máquina se calle y obedezca
Dentro de poco, el lujo automovilístico podría dejar de medirse por el tamaño del panel central y empezar a notarse en todo lo que el coche decide no hacer. No vender tu recorrido, no obligarte a crear una cuenta, no esconder la calefacción detrás de tres menús y tampoco convertir una actualización fallida en una tarde perdida. Incluso poder cambiar de teléfono varias veces sin que el salpicadero parezca cada vez más viejo, porque el diseño habrá previsto esa renovación desde el principio. A mí me atrae mucho más esa tranquilidad que otra pantalla curva de resolución absurda, ya que la privacidad, la permanencia y el silencio digital acabarán siendo equipamiento premium si las marcas generalistas siguen avanzando a esta velocidad en la dirección contraria.
Ni siquiera obliga a renunciar a la conexión, ya que quien quiera localización antirrobo, climatización remota o diagnóstico en línea podría instalarlos aparte con información clara y apagarlos sin perder el resto del coche. En definitiva, la clave es que cada servicio conectado sea voluntario, separable y reversible, no una condición escondida para utilizar lo que ya hemos pagado.
En Europa tenemos el problema de que existe la obligación del sistema eCall para determinados vehículos nuevos, así que una Slate idéntica a la estadounidense no llegaría aquí sin adaptación, pero aún así, una llamada automática de emergencia no justifica que el fabricante siga todos nuestros movimientos, porque el módulo puede permanecer inactivo hasta detectar un accidente o ir conectado al móvil.
Slate todavía tiene un largo camino por delante: fabricar en serie, demostrar su autonomía real y probar que tanta austeridad sea una excusa para cobrar aparte por medio coche. Sin embargo, ya ha abierto una grieta importante al recordar que el módem, la cuenta digital y la pantalla fija son decisiones de producto, no leyes de la naturaleza. Ojalá las marcas caras entiendan la oportunidad antes de que otro fabricante barato se la explique: quiero materiales buenos, sonido de primera, botones donde toca y una máquina que no se meta en mi vida hasta la cocina. El próximo gran lujo será conducir un coche que no te espíe y que tampoco te toque la moral.


Jose Manuel Miana
Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.