El Ford Probe de finales de los 80 es uno de esos casos fascinantes de la historia del automóvil donde el marketing estuvo a punto de cometer un homicidio legendario. Nació bajo el código interno ST-16 con una misión suicida: sustituir al Ford Mustang. En Dearborn pensaron que el futuro era la tracción delantera, la aerodinámica y la tecnología japonesa, y que el viejo V8 de propulsión trasera era un dinosaurio condenado a la extinción. Se equivocaron. Pero el coche que crearon para sustituirlo era, irónicamente, extraordinario.
ADN japonés, traje americano
La realidad es que el Probe era, en esencia, un Mazda MX-6 con una carrocería mucho más inspirada. Ambos se fabricaban juntos en la planta de Flat Rock, Michigan, fruto de la alianza estratégica entre Ford y Mazda. Esto le dio algo que los Ford de la época no siempre tenían: una fiabilidad mecánica a prueba de bombas y unos interiores que, aunque con abundante plástico, estaban años luz por delante en ergonomía y sensación de calidad. El Probe no era un Ford disfrazado de japonés, era un japonés con acento americano, y eso en 1988 era una propuesta genuinamente diferente.
El coche que casi mató al Mustang
Cuando los puristas del Mustang se enteraron de que el próximo modelo de la saga no tendría un V8 bajo el capó y que las ruedas motrices serían las delanteras, Ford recibió tal aluvión de cartas de protesta que tuvo que recular. El Mustang Fox-body se quedó en vida y al nuevo proyecto le pusieron el nombre de Probe. Fue una decisión comercialmente inteligente –el Mustang tenía una comunidad de seguidores que no admitía negociación– pero también fue un reconocimiento implícito de que Ford había infraestimado el peso emocional de un nombre. El Probe nunca pudo sacudirse esa sombra.
El corazón de la bestia: el 2.2 Turbo
La versión GT escondía un motor Mazda de 2.2 litros, 12 válvulas y un turbocompresor que lo lanzaba de 0 a 100 km/h en aproximadamente 7 segundos. Para 1989, eso era territorio de deportivos serios, muy por encima de lo que ofrecían la mayoría de los compactos del mercado. La potencia se situaba en 145 CV, una cifra respetable para la época en un coche de ese tamaño y precio. Su estética, con los faros retráctiles y esa línea de coupé baja y aerodinámica, lo convirtió en el póster de muchos adolescentes de los 90 que no podían permitirse un Ferrari pero querían algo que lo pareciera desde lejos.
El Probe GT Turbo era, en muchos aspectos, un coche más rápido y refinado que el Mustang de su tiempo. Mejor en curvas, más eficiente, con un motor más moderno y menos caprichoso. No tenía el rugido del V8 ni la historia del pony car, pero sobre el asfalto hacía cosas que el Mustang de entonces no podía igualar. La ironía es perfecta: el coche creado para matar al Mustang acabó siendo mejor que el Mustang.
Un deportivo infravalorado que merece una segunda mirada
El Probe no fracasó por ser un mal coche. Fracasó por intentar ser algo que no le correspondía, el sucesor de un mito intocable. Fue un deportivo excelente que tuvo la mala suerte de nacer con la misión equivocada. Hoy, es un youngtimer completamente infravalorado en el mercado de segunda mano, donde su equilibrio entre diseño noventero, fiabilidad japonesa y nervio turbo lo convierten en una compra inteligente para quien busca algo diferente. Los precios siguen siendo contenidos precisamente porque el nombre Probe no arrastra el peso mítico del Mustang. Lo que para los coleccionistas es un defecto, para el comprador inteligente es una oportunidad.


Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS