El Peugeot 205 D Turbo apareció en el mercado a finales de los años 80 para romper definitivamente el estigma que perseguía a los coches de gasóleo en el segmento de los utilitarios. Hasta ese momento, comprar un diésel pequeño era una decisión puramente racional y algo sufrida, basada en el ahorro céntimo a céntimo a cambio de sacrificar cualquier atisbo de prestaciones o placer de conducción. Con la llegada de esta versión “vitaminada”, la firma del león no solo ofreció un coche económico, sino que fue capaz de envolver una mecánica turbodiésel en el traje de sus versiones más deportivas, logrando que el usuario no tuviera que elegir entre el bolsillo y el corazón.
A finales de la década de los 80, la industria del automóvil vivía una auténtica revolución con la llegada masiva del turbocompresor a las mecánicas de calle, una tecnología que hasta hacía poco parecía reservada a la alta competición o a las grandes berlinas de representación. En España, el mercado de los polivalentes estaba saturado de opciones atmosféricas robustas pero perezosas, donde el Opel Corsa TD era prácticamente el único que se atrevía a ofrecer algo de “picante” bajo el capó. Fue un momento de transición dulce, donde el diésel empezaba a ganar batallas de prestigio y el público joven empezaba a ver con buenos ojos estos motores que, gracias al soplo del turbo, permitían cruceros de infarto en autovía sin que la aguja del combustible bajara a ojos vistas.
La apuesta de Villaverde: Del XUD7 al XUD7T
Para responder a esta demanda de “diésel con garra”, Peugeot España puso en liza una variante con motor turbodiésel que aprovecharía el éxito arrollador del 205, aunque lo hizo con el habitual retraso respecto al mercado europeo. Mientras que en Francia el modelo ya era un éxito consolidado desde 1988, en España tuvimos que esperar hasta finales de 1990 para que la factoría de Villaverde diera luz verde a un coche que ya se sentía necesario. La marca decidió que su polivalente estrella merecía algo más que el eterno y fiable motor atmosférico de 60 CV; necesitaba una versión que pudiera mirar de tú a tú a las variantes de gasolina de gama media-alta, compensando su llegada tardía con una puesta a punto que enamoró al público nacional desde el primer kilómetro.
La base mecánica de este 205 era el reputado bloque XUD7T de 1.769 centímetros cúbicos, un motor que ya había dado excelentes resultados en el 405 y el 309 pero que, para encajar en el vano del pequeño polivalente, tuvo que prescindir del intercooler por falta de espacio físico. A pesar de esa limitación, el motor entregaba unos brillantes 78 CV a 4.300 vueltas y un par motor de 16 mkg a tan solo 2.100 rpm, lo que suponía un incremento de potencia del 30% respecto a la versión atmosférica. Esta ganancia transformaba por completo el carácter del coche, dotándolo de una elasticidad que le permitía rodar con una soltura propia de segmentos superiores, especialmente cuando el turbo empezaba a soplar con fuerza a partir de las 2.000 vueltas.
Ya a finales de los 80 se podía ver, claramente, que los motores turbodiésel darían mucho de qué hablar
Estética GTI: Un lobo con piel de… lobo
Una de las grandes bazas de este modelo era su estética, ya que Peugeot decidió, muy acertadamente, dotarlo del “look” de sus hermanos mayores más deseados. El 205 D Turbo heredaba directamente el faldón delantero con faros de larga distancia del GTI y el GTX, además de unas llantas de aleación que le daban un aire agresivo y dinámico que ningún otro diésel de la época se atrevía a lucir.
En el interior, la jugada era idéntica: unos asientos de excelente sujeción lateral de origen GTI y un volante de tres radios recibían al conductor, creando una atmósfera deportiva que hacía olvidar que lo que se quemaba en las cámaras de combustión era gasóleo y no gasolina de 98 octanos.
Comportamiento y consumos: La fórmula del éxito
En busca de los límites en carretera, las mediciones de la época destacaban un comportamiento rutero intachable, apoyado en un peso contenido y una dirección que, aunque algo pesada en parado, se volvía deliciosa en cuanto el coche ganaba velocidad. El 205 D Turbo era capaz de alcanzar una punta de casi 177 km/h y, lo que es más importante, mantenía cruceros de 140-150 km/h con una reserva de potencia bajo el pie derecho que permitía afrontar repechos sin necesidad de reducir marchas. Además, hacía los 400 metros con salida parada en poco más de 17 segundos o bien, los 1.000 metros en quinta desde 50 kilómetros/hora en 36,37 segundos. Eso, al menos, registraron en el número 1.645 de la revista Autopista.
Todo ello con un consumo que, en condiciones reales, se movía en torno a los 6 litros, una cifra que hoy sigue siendo competitiva y que en 1990 era sencillamente imbatible para un coche con ese nivel de prestaciones. Con 50 litros de combustible, presumía de 744 kilómetros de autonomía.
Invertir en un 205 D Turbo en aquel momento suponía desembolsar cerca de 1.750.000 pesetas, un precio que, si bien era 100.000 pesetas superior a la versión atmosférica, se amortizaba rápidamente no solo por el ahorro de combustible, sino por el inmenso salto en agrado de uso. Fue el coche que demostró que un diésel pequeño podía ser interesante y prestacional, un vehículo honesto que no renunciaba a nada y que preparó el terreno para los futuros motores HDi.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".