El Opel Vectra 1.6 GL era, sin lugar a dudas, la opción destinada a concentrar una gran parte de las ventas del modelo. El motor de 1,6 litros era el más pequeño disponible, mientras que el acabado GL era el segundo por abajo, el más popular de toda la gama gracias a un precio que, en la época, era interesante, así como a un equipamiento coherente y en línea con lo que se estilaba en el segmento.
La batalla por la clase media
Situémonos en 1989. España vivía una transformación absoluta de sus carreteras; las antiguas nacionales daban paso a las primeras autovías y el consumidor buscaba un coche que no solo fuera fiable, sino que permitiera mantener cruceros elevados con un mínimo de confort. En este escenario, la competencia era encarnizada. El Renault 21 y el Peugeot 405 dominaban el mercado con puño de hierro, apostando por el confort de marcha y soluciones muy francesas. Mientras tanto, Ford estiraba la vida comercial del Sierra y marcas como Fiat intentaban dar el salto de calidad con el Croma. Era una época de transición donde el estatus empezaba a medirse por la aerodinámica y el aplomo en carretera, y donde todavía detalles como la dirección asistida o el aire acondicionado eran lujos por los que había que pagar un generoso extra en las versiones de acceso.
Revolución aerodinámica en Russelsheim
En este hervidero de novedades, el Opel ponía en circulación el Vectra A, que llegó como un soplo de aire fresco para sustituir al honesto pero ya superado Ascona C. La apuesta de Opel fue arriesgada pero brillante: envolver una mecánica robusta y conocida en una carrocería que rompía moldes. Con un coeficiente de penetración de 0,29 Cx, el Vectra no solo era el más aerodinámico de su clase, sino que parecía un coche venido del futuro frente a las líneas más cuadradas de sus predecesores. Esa eficiencia no era gratuita; permitía que los motores rindieran por encima de lo esperado simplemente porque el coche “cortaba” el aire con una facilidad pasmosa. Opel no solo vendía un coche; vendía la sensación de que la ingeniería alemana estaba un paso por delante en eficiencia y modernidad.
El 1.6 GL: El equilibrio en la balanza
Quizá por eso, es lógico que la versión más modesta de la gama, fuera el superventas. Es decir, el Vectra más vendido de la primera generación –anterior al restyling– fue el equipado con el motor de 1,6 litros y el acabado GL. Al analizar el 1.6 GL nos encontramos ante la verdadera esencia de lo que significaba ser un “superventas” a finales de los 80. Con un precio de 1.803.910 pesetas –10.842 euros de 1989–, Opel situaba su berlina en el corazón del mercado, compitiendo de tú a tú con el Renault 21 GTS y el Peugeot 405 GL, dos coches que eran verdaderos best seller. No buscaba deslumbrar con prestaciones de infarto ni con un interior cuajado de botones, sino convencer a través de la solidez. Era el coche para aquel que quería la seriedad de un producto germano –con sus ajustes precisos y sus plásticos sufridos– sin tener que saltar a los precios de una marca premium. Un coche que, sin ser el mejor en nada específico, cumplía con nota en todo lo que un usuario medio podía demandar.
Opel puso en circulación un coche con una aerodinámica récord, pero que no tenía ni indicador de reserva de combustible de serie…
Un bloque elástico, pero con desarrollos de “autobahn”
Bajo el capó del Vectra 1.6 GL latía un bloque de 1.598 centímetros cúbicos que entregaba 82 CV y 13,2 mkg de la vieja escuela: alimentados por carburador y auténticamente “percherones”, pues llegaban a 5.400 revoluciones y a 2.600 revoluciones respectivamente. Era un motor voluntarioso, pero que se encontraba con un enemigo inesperado: unos desarrollos de cambio extremadamente largos –la cuarta era de 35,5 kilómetros por hora y la quinta, de 39,7 kilómetros por hora a 1.000 revoluciones–. Opel buscaba el consumo mínimo, y vaya si lo conseguía, pero a costa de obligar al conductor a jugar con la palanca en cuanto la carretera se empinaba. Sin embargo, una vez lanzado en autopista, el Vectra hacía gala de una pisada soberbia y un silencio de marcha que dejaba en evidencia a sus rivales franceses, más ruidosos de mecánica y aerodinámica.
Los datos de prestaciones son el mejor ejemplo. La velocidad máxima era de 170 kilómetros por hora, al tiempo que las aceleraciones eran modestas. Los 400 metros con salida parada se recorrían en 18,6 segundos, los 1.000 metros desde 40 kilómetros por hora, en quinta, necesitaban 42,6 segundos y el 80 a 120 kilómetros por hora en quinta, no se completaba hasta pasados 20,3 segundos.
Músculo alemán sin asistencia
Donde el Vectra exigía más “músculo” por parte del conductor era en el manejo puro. Sin dirección asistida de serie en este acabado GL –tampoco tenía tacómetro, ni testigo de reserva de combustible, ni elevalunas eléctricos, ni cierre centralizado…–, las más de cuatro vueltas de volante entre topes lo convertían en un coche algo lento y pesado en maniobras urbanas o puertos de montaña. Si a esto le sumamos un tacto de freno algo esponjoso –punto crítico en las pruebas de la época frente a la eficacia del Peugeot 405–, nos queda un conjunto que premiaba la conducción anticipativa y relajada. El Vectra no quería ser un deportivo, quería ser el mejor aliado para cruzar un país sin que la cartera ni la espalda sufrieran en el intento.
El Opel Vectra 1.6 GL ganaba la partida por la vista y por el bolsillo a largo plazo. No era el más ágil en curvas ni el mejor equipado de serie, pero ofrecía una sensación de “coche superior” que sus competidores solo alcanzaban en versiones mucho más caras. Era la victoria de la eficiencia alemana y el ajuste impecable frente al carisma dinámico del 405 o la amplitud casi exagerada del Renault 21.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS