El Ford Escort CLX 1.6 no era el más deportivo ni el más llamativo, pero sí era uno de los más completos y razonables de su gama. Con 90 CV y una calidad de acabado por encima de la media del segmento, era la opción equilibrada en una generación del Escort que llegó al mercado en septiembre de 1990 con la misión más complicada de su historia: superar a su antecesor sin levantar demasiado revuelo.
Una responsabilidad muy grande
La firma norteamericana lanzo el Escort MK5 en momento delicado. Su predecesor, el MK4, había sido en realidad un restyling del MK3 –una solución de emergencia que Ford prolongó hasta que tuvo lista la nueva plataforma–. La quinta generación era por tanto el primer Escort verdaderamente nuevo desde 1980, desarrollado desde cero para plantar cara a una competencia que no había parado de mejorar: el Opel Astra, el Volkswagen Golf III que estaba al llegar y el Citroën ZX, recién llegado al mercado con muy buenas críticas.
Fue un coche con líneas más suaves y aerodinámicas que su antecesor, más voluminoso, con una nueva plataforma y una suspensión trasera rediseñada –el MK5 pasaba de la suspensión independiente trasera del MK4 a un eje semiindependiente con barra de torsión–, una decisión que generó cierta controversia. A cambio, el habitáculo ganaba espacio y el maletero crecía de forma notable. Ford apostaba por la practicidad frente a las sensaciones puras.
La versión1.6 CLX del Escort representa como pocos el concepto de compacto medio de finales de los 80 y principios de los 90
El CLX 1.6: la versión más equilibrada
Dentro de la gama, el acabado CLX con motor de 1.598 centímetros cúbicos y 90 CV a 5.800 revoluciones era la opción más razonable para el comprador que buscaba un coche completo sin necesitar prestaciones extremas. La potencia era suficiente para moverse con soltura en cualquier situación y podía alcanzar una velocidad máxima de 174 kilómetros por hora y realizar un 0 a 100 kilómetros por horaen 13,3 segundos, al tiempo que se distinguía por un carácter suave y progresivo que la prensa de la época destacaba como uno de sus puntos fuertes.
El acabado CLX añadía sobre las versiones base una dotación más completa: dirección asistida, frenos con ABS –algo poco habitual en ese segmento de precio–, y una calidad de terminación que la revista Motor 16 señalaba como claramente por encima de la media del segmento. La tradicional solidez de fabricación de Ford se hacía notar en cada detalle del interior. El maletero, con 270 litros, era otro de sus argumentos frente a rivales como el Citroën ZX, que en ese apartado quedaba claramente por detrás.
El punto débil: el ruido del motor
No todo era perfecto. La prensa de la época señalaba el ruido del motor como el principal defecto del CLX 1.6, especialmente a regímenes elevados, un problema que afectaba a toda la gama y que contrastaba con el silencio de marcha del Citroën ZX, su rival más directo en las comparativas. El consumo medio era de 8,9 litros cada 100 kilómetros, una cifra algo elevada para un motor de esa cilindrada en comparación con sus contemporáneos.
El precio en España era de 1.722.919 pesetas, que lo situaba en la parte alta del segmento. A ese nivel, el comprador podía elegir un Renault 19 con mejor comportamiento o un Citroën ZX con mejor diseño y más tecnología. El Ford respondía con su calidad de acabado y su red de postventa –1.114 puntos de asistencia en toda España, la más extensa del segmento–, argumentos que para muchos compradores resultaban decisivos.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS