El Chrysler 300C Touring AWD fue el familiar más absurdo, excesivo y con más personalidad vendido legalmente en Europa durante la segunda mitad de los años 2000. Imagina la escena: un motor Hemi V8 de 5.7 litros, 340 CV, tracción total permanente y una estética que recordaba más a un hot rod norteamericano o una personalización custom de lujo que a un práctico familiar europeo. Era una demencia de casi dos toneladas empaquetada para competir contra los intocables: Audi A6 Avant, BMW Serie 5 Touring y Mercedes Clase E Estate. Spoiler: salió como te imaginas, pero nos dejó una joya irrepetible.
Los primeros cinco años del Siglo XXI transcurrieron como cabría esperar: un dominio aplastante de la tecnología diésel. El nuevo siglo arrancó con aquel famoso “efecto 2000” en todas las portadas, como si fuera un virus que se extendía a una velocidad alarmante, mientras las carreteras se llenaban de motores de gasóleo de toda clase y condición. Fue, sin lugar a dudas, la era de los diésel, incluso para los “grandes”, pues Audi, BMW y Mercedes lo apostaron todo, o casi, a este combustible. Lograron desarrollos increíbles, como aquellos bloques de seis cilindros que empezaban a volar o los excesos de varios turbos que parecían ciencia ficción. Sin embargo, no todo el mundo apostó por el diésel con igual ahínco y algunos prefirieron mantener su esencia. Es el caso de Chrysler, que por entonces estaba en Europa con una oferta mucho más ambiciosa de lo que jamás había tenido en el Viejo Continente.
Un americano con pasaporte austriaco
El gigante americano, todavía bajo el paraguas de su alianza con la ingeniería alemana de Stuttgart –léase, Mercedes–, sentía que tenía el viento a favor para asaltar el mercado premium europeo. Querían demostrar que podían fabricar un vehículo con el ADN puro de Detroit pero capaz de mirar a la cara a los intocables de referencia, aunque en el fondo, no habia mucho AND de Detroit y faltó un poco más de ambición para ser realmente una alternativa a los alemanes. No obstante, hay que reconocer que, durante algunos años, el Chrysler 300C, el coche con el que buscaron un hueco en el segmento premium europeo, fue un modelo realmente único, con una personalidad desbordante y una postura en la carretera inigualable. Sobre todo en su versión con carrocería familiar, vulgarmente denominada por la propia compañía como “Touring” –a un coche con una personalidad como el 300C le hacía falta una denomonación más especial, seamos sinceros–.
Aunque el diseño era 100% Michigan, este “tanque” tenía truco. Se comercializó fuera de Norteamérica entre 2004 y 2010, y las unidades europeas se fabricaban en la planta de Magna Steyr en Graz, Austria. No era solo un ensamblaje por logística; los austriacos insistieron en actualizar componentes de la suspensión para adaptarlos a los gustos europeos. El resultado era un coche que se movía algo mejor que su primo canadiense, pero que seguía sintiéndose como un gigante en una cristalería cuando entraba en cualquier ciudad histórica española. Aunque eso on fue un escollo para que ofrecieron cosas muy locas como el Chrysler 300C Touring AWD, un coche que escondía bajo el capó un corazón auténticamente yankee y, por tanto, poco adecuado para el mercado Europeo –aunque, sin lugar a dudas, sensacional–.
La estrategia de Chrysler fue desesperada pero fascinante: vender potencia bruta a un precio significativamente más bajo que el de las marcas alemanas. Intentaron conquistar el segmento E por la vía del “más por menos”, pero Europa respondió con un “interesante… pero no, gracias; queremos diésel alemán”.
Aunque estéticamente podría resultar un coche muy interesante, en realidad, no era menos práctico, menos eficiente y más lento que cualquier rival europeo
Corazón de la bestia: Hemi V8 y sistema MDS
El alma de este 300C Touring AWD era el legendario V8 Hemi de 5.7 litros. Hablamos de una arquitectura clásica americana –bloque de hierro y culatas de aluminio– capaz de generar 340 CV a 5.000 revoluciones y 525 Nm de par a 4.000 revoluciones. En un mercado que ya estaba obsesionado con el diésel, ver un V8 atmosférico de semejante tamaño en un coche familiar era una absoluta anomalía.
Para intentar que el dueño no tuviera que comprarse una gasolinera propia, Chrysler implementó el sistema MDS –Multi-Displacement System–. En teoría, el motor desactivaba cuatro cilindros cuando rodabas por autopista a ritmo constante y permitió homologar una media de 13 litros. En la práctica, la transición era notable si tenías el oído entrenado y, aunque ayudaba, los consumos reales rara vez bajaban de los 15 litros a los 100 km. Era el precio a pagar por el rugido inconfundible de Detroit.
Tracción total con sabor europeo
El sistema de tracción total de este modelo no era el típico sistema de “conectar y listo”. Era una tracción total permanente suministrada también por Magna Steyr, con un reparto de par del 62% al eje trasero y 38% al delantero.
Esta configuración buscaba mantener el carácter de propulsión trasera pero dando un extra de seguridad en climas complicados –nieve o lluvia intensa–. Eso sí, la broma de la tracción total añadía unos 100 kilos extra al conjunto y obligaba a elevar la suspensión 25 milímetros, haciendo que el coche pareciera todavía más masivo de lo que ya era.
Pánico de los parkings: Dimensiones imposibles
Con 5.095 mm de largo y casi dos metros de ancho con espejos, conducir el 300C Touring por calles estrechas era un ejercicio de claustrofobia pura. El diseño de cintura alta y pilares C gruesos hacía que la visibilidad trasera fuera testimonial, convirtiendo cada maniobra de aparcamiento en un acto de fe.
Si por fuera era imponente, por dentro era… muy americano. Tenías cuero, madera y un equipamiento generoso –clima bizona, navegación GPS, asientos eléctricos con memoria–, pero la calidad de los plásticos y los ajustes estaba a años luz de un Audi A6. El tacto de los materiales, el tacto de los mandos, la sensación general… Todo se unía para recordándote por qué era 15.000 euros más barato que un Mercedes.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS