Mercedes-Benz SLC 500 «Le Mans»: El coche que Stuttgart prohibió por miedo a su pasado

Mercedes-Benz SLC 500 «Le Mans»: El coche que Stuttgart prohibió por miedo a su pasado

Hans Heyer y el Mercedes SLC de 800 CV que pudo reinar en Le Mans y nunca dejaron correr


Tiempo de lectura: 4 min.

El Mercedes-Benz SLC 500 «Le Mans» es uno de esos prototipos que la historia oficial del automovilismo tiende a ignorar porque no llegó a competir, y que sin embargo merece ser contado precisamente por eso: por lo que pudo ser y no fue, y por las razones que lo impidieron. No fue un problema de velocidad —en pruebas con Michelin era más rápido que un Fórmula 2 medio—. No fue un problema de fiabilidad en su concepción básica. Lo paró Mercedes-Benz. Y lo hizo invocando el peor accidente de la historia del automovilismo.

Detrás del proyecto está Hans Heyer, piloto alemán nacido en 1943 con una carrera que abarcó desde los turismos del DTM hasta Le Mans, donde compitió durante 14 años consecutivos. Heyer fue un piloto privado con recursos y ambición, capaz de llevar al límite máquinas tan diversas como el Ford Escort de tracción trasera, el BMW 635 CSi o el Porsche 935. A finales de los setenta concibió un proyecto que iba más allá de simplemente competir: quería presentarse en Le Mans con un prototipo propio, más rápido que los coches de fábrica, y demostrar que un equipo privado podía construir algo mejor.

El punto de partida visual fue el Mercedes-Benz C107 —el SLC, el cupé derivado del SL pagoda—, cuya silueta Heyer utilizó como camuflaje estético. El coche conservaba los faros delanteros y traseros, la parrilla y la estrella de tres puntas del modelo de serie. Todo lo demás era otro coche: chasis tubular construido desde cero, caja de cambios Hewland LG600 —la misma que usaban los prototipos de competición de la época—, motor central y una carrocería que, bajo la piel del SLC, escondía las proporciones de un prototipo puro. Longitud total: 4,5 metros. Altura: apenas 2 metros. Peso: 850 kilogramos.

Mercedes SLC500 Le Mans (2)

El motor y las dos versiones

Bajo la carrocería central trabajaba un V8 de gasolina de 5,0 litros sometido a una preparación exhaustiva que elevaba su potencia hasta entre 580 y 600 CV en la versión original. Heyer desarrolló posteriormente una segunda versión del motor llevada hasta los 800 CV, aunque la mayor potencia introdujo problemas de fiabilidad en los componentes de transmisión que resultaron difíciles de resolver en el tiempo disponible.

Las pruebas de desarrollo incluyeron una sesión en las instalaciones de Michelin que dejó datos reveladores: el prototipo SLC 500 era más rápido en vuelta que un coche medio de Fórmula 2. Para una máquina construida por un equipo privado, con medios limitados y sobre la base visual de un cupé de serie, ese resultado era extraordinario. Heyer tenía previsto inscribirse en la categoría de prototipos del Grupo C en las 24 Horas de Le Mans de 1982, aprovechando el nuevo reglamento que abría la puerta a prototipos de construcción especial.

El veto de Stuttgart

Mercedes-Benz bloqueó el proyecto de forma categórica. La marca se negó a conceder a Heyer el permiso para competir con un vehículo que llevara sus insignias, y lo hizo invocando un argumento que tenía tanto de jurídico como de histórico: el accidente de Pierre Levegh en Le Mans en 1955, en el que un Mercedes-Benz 300 SLR salió despedido hacia las gradas y causó la muerte de más de 80 espectadores. Stuttgart había decidido en aquel momento retirarse del automovilismo de competición, y aunque la marca había vuelto a las carreras de forma indirecta —los motores AMG, los proyectos de clientes—, una presencia oficial o semioficial en Le Mans era un territorio que la dirección de la empresa no estaba dispuesta a pisar.

El SLC 500 de Hans Heyer quedó así en tierra de nadie: demasiado rápido para ser ignorado, demasiado incómodo para ser autorizado. El coche existió, rodó, fue cronometrado. Nunca llegó a la parrilla de Le Mans. Hoy es una pieza única —literalmente, un ejemplar— que representa una de las historias más singulares del automovilismo privado europeo de los años ochenta: la de un piloto que construyó algo excepcional y al que no le dejaron usarlo.

Las imágenes proceden de Dyler y son propiedad de Hans Heyer. Se han retocado digitalmente para mejorar ligeramente su calidad
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Sobre mí

Javi Martín

Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".

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Ingeniero de profesión, la mayor pasión de mi vida son los coches desde que era un chaval. El olor a aceite, gasolina, neumático...hace que todos mis sentidos despierten. Ahora embarcado en esta nueva aventura, espero que llegue a buen puerto con vuestra ayuda. Gracias por estar ahí.

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Soy un apasionado de los coches desde que era muy pequeño, colecciono miniaturas, catálogos, revistas y otros artículos relacionados, y ahora, además, disfruto escribiendo sobre lo que más me gusta aquí, en Espíritu RACER.

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Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.