¿Crees que el Calibra de la DTM era radical? Olvídalo. En la Sudáfrica de los 90, cuando los ingenieros locales se quedaban solos ante el peligro, creaban engendros como este: un chasis tubular con un motor V6 de la IndyCar, un turbo del tamaño de una sandía y la mala costumbre de escupir fuego por donde fuera necesario. Esta es la historia del Calibra de Grant McCleery, el coche que no conocía la palabra “límite” y que convirtió el circuito de Kyalami en su coto de caza privado.
Corría el año 1991. Mientras en Europa el Campeonato Alemán de Turismos (DTM) empezaba a coquetear con presupuestos millonarios y una electrónica que empezaba a quitarle protagonismo al piloto, en Sudáfrica se vivía una realidad muy distinta. El país estaba aislado políticamente, lo que significaba que el apoyo oficial de las grandes fábricas europeas era, como mucho, testimonial. Pero si algo tiene el ingeniero sudafricano es una capacidad de improvisación legendaria. Si no tienes la tecnología de Rüsselsheim, fabricas la tuya propia con esteroides americanos.
El final de una era prohibida
Como suele ocurrir con las cosas que son demasiado buenas para ser verdad, el final llegó de la mano de la normativa. En 1994, la federación sudafricana decidió que estos monstruos eran demasiado peligrosos. La tecnología de neumáticos de la época no podía digerir 800 CV de forma segura y los circuitos locales no tenían las escapatorias necesarias para frenar un misil de 1.000 kg a más de 300 km/h si algo fallaba.
El campeonato WesBank cambió sus reglas para dar paso a coches más cercanos a la producción, matando el espíritu de “The Beast”. Hoy, el Calibra de Grant McCleery descansa como una reliquia de un tiempo en el que los ingenieros no tenían miedo a las llamas y los pilotos eran gladiadores modernos. Es el recordatorio de que, a veces, un Opel puede ser el coche más aterrador del planeta.
El Salvaje Oeste del Automovilismo: WesBank Modified Saloons
El campeonato WesBank Modified Saloons era, básicamente, el Salvaje Oeste del automovilismo. Las reglas eran tan laxas que permitían prácticamente cualquier cosa, siempre y cuando la silueta del coche recordara vagamente a un modelo de producción masiva. Era la categoría favorita del público: ruido ensordecedor, llamaradas por el escape y coches que luchaban por mantener la tracción incluso en cuarta velocidad.
Equipos como el de Grant McCleery y Mike Briggs sabían que para ganar necesitaban algo más que un simple coche de turismo modificado. Necesitaban una máquina de guerra. Así nació “The Beast”, un proyecto que compartía con el Opel Calibra de tu vecino el nombre, el emblema del rayo y… absolutamente nada más.
Anatomía de un asesino: Ingeniería de competición pura
Para construir el Calibra WesBank, el equipo recurrió al gurú de los chasis en Sudáfrica, Owen Ashley. El resultado fue un chasis multitubular integral fabricado en acero al cromo-molibdeno. No había rastro del monocasco de acero original de Opel. Sobre esta estructura se montó una carrocería de fibra de vidrio y paneles de carbono que replicaban las líneas del Calibra, pero ensanchadas hasta el extremo para dar cabida a unos neumáticos de competición que parecían rodillos de apisonadora.
Pero lo que realmente ponía los pelos de punta era su corazón. En lugar de un motor Opel C20LET o un V6 de la marca, McCleery instaló un V6 Falconer de 3.5 litros. Para los que no estén puestos en la historia de las carreras americanas, el Falconer era un motor derivado de la Indy Lights (la categoría previa a la IndyCar). Era un bloque diseñado para girar a altas vueltas con una fiabilidad a prueba de bombas.
A este motor le acoplaron un turbo Garrett T04Z. En su configuración más conservadora, para carreras de resistencia o días de calor extremo en Kyalami, el motor entregaba unos 650 CV. Sin embargo, cuando la presión del turbo se subía a los 1.8 bar en las sesiones de clasificación, “The Beast” escupía más de 800 CV directos al eje trasero. Todo esto para mover un conjunto que apenas pesaba 1.000 kg.
El Diseño “Lanzallamas”: ¿Quién necesita visibilidad?
Lo más icónico y aterrador de este coche eran las llamadas Screamer Pipes. En un coche de carreras normal, la válvula de descarga del turbo (wastegate) recircula los gases al escape principal. En el Calibra de McCleery, no. Las salidas de la wastegate eran dos chimeneas verticales que asomaban directamente por el capó, justo delante de la cara del piloto.
Cuando el turbo llegaba a su pico de soplado, el exceso de presión y los restos de combustible sin quemar salían disparados hacia arriba en forma de llamaradas azules y naranjas. Los pilotos contaban que, en las rectas nocturnas, el resplandor de las llamas era tan intenso que llegaba a distorsionar la visión del asfalto. Era, literalmente, conducir a ciegas a 300 km/h mientras el coche intentaba incinerar tus retinas.
Para gestionar semejante caballería, se utilizó una caja manual Hewland DG400 de 5 marchas, una transmisión de competición pura heredada de los prototipos de Le Mans. No había ayudas electrónicas, ni control de tracción, ni ABS. Era el pie derecho del piloto contra la física.
Calibra WesBank vs. Calibra DTM: David contra Goliat
La comparativa es inevitable pero injusta. El Opel Calibra V6 4×4 de la DTM era una joya de la tecnología aeroespacial. Tenía tracción total inteligente, un motor V6 de 2.5 litros a 75 grados que aullaba como un F1 y una aerodinámica activa que costaba millones. Era un coche quirúrgico, capaz de rodar por raíles, pero que “apenas” superaba los 290 km/h en las rectas más largas de los circuitos alemanes.
El modelo WesBank sudafricano era un martillo neumático. Con su configuración de propulsión trasera (RWD), era mucho más ligero y potente. En la recta principal de Kyalami, antes de su remodelación, el Calibra de McCleery registraba velocidades de más de 310 km/h. Mientras el coche del DTM era una obra maestra del refinamiento, el de Sudáfrica era una oda a la potencia bruta que requería un valor casi suicida para ser llevado al límite.
El final de una era prohibida
Como suele ocurrir con las cosas que son demasiado buenas para ser verdad, el final llegó de la mano de la normativa. En 1994, la federación sudafricana decidió que estos monstruos eran demasiado peligrosos. La tecnología de neumáticos de la época no podía digerir 800 CV de forma segura y los circuitos locales no tenían las escapatorias necesarias para frenar un misil de 1.000 kg a más de 300 km/h si algo fallaba.
El campeonato WesBank cambió sus reglas para dar paso a coches más cercanos a la producción, matando el espíritu de “The Beast”. Hoy, el Calibra de Grant McCleery descansa como una reliquia de un tiempo en el que los ingenieros no tenían miedo a las llamas y los pilotos eran gladiadores modernos. Es el recordatorio de que, a veces, un Opel puede ser el coche más aterrador del planeta.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".