El Nissan Almera sedán era uno de esos coches en los que nadie pensaría, al menos nadie que buscara un coche pasional o con una imagen que perdure en la memoria de la gente. El Almera cuatro puertas era la compra racional, la que se hacía después de pensar, analizar y comparar. No era pasional, no era emocionante, era lógico.
Normalmente no se dice, y no se piensa en ello, pero la compra de un coche está muy influenciada por el diseño. De hecho, más de la mitad de las veces se toma la decisión en función de la estética y no de otras características como pueden ser la practicidad, los consumos o sus prestaciones. Eso ha provocado, desde siempre, que “grandes” coches se hayan quedado en el olvido o hayan sido relegados al garaje del conductor pragmático, y con ello, condenados a no ser recordados como sí lo serán otros que no eran igual de buenos, pero sí más bonitos.
Coches como el Nissan Almera en cualquiera de sus carrocerías, pero sobre todo en la de tres volúmenes –el tradicional sedán–, sufrieron este destino. Es un coche que no destaca precisamente por su diseño; sus formas son muy equilibradas, sus volúmenes son coherentes y hay un buen reparto de superficie entre chapa y cristal, pero no romperá los esquemas de nadie. El Almera sedán es un coche que se olvida al poco de verlo, aunque escondía cualidades que solo unos pocos fueron capaces de ver.
El invitado silencioso de finales de los 90
Si a finales de los 90 buscabas un coche que no llamara la atención del vecino pero que te hiciera sonreír cada vez que encontrabas una carretera despejada, el Nissan Almera de cuatro puertas era tu candidato. En un mercado donde el Renault Scénic robaba titulares por su espacio y el Citroën ZX por su veteranía diésel, el Almera se presentaba como el invitado silencioso que, al final de la fiesta, resultaba ser el más equilibrado de todos. Corría lo suficiente, dinámicamente era un coche más que bueno, tenía espacio interior, un maletero decente con 440 litros y, para colmo, no era especialmente caro: 2.214.000 pesetas.
Duro como pocos, el Almera sedán también fue un coche minoritario
Era el heredero del mítico Nissan Sunny, y traía consigo esa filosofía japonesa de “ingeniería por encima del marketing” que lo convertía en una roca con ruedas. Representaba ese escalón de sobriedad que todavía demandaba mucha familia española. No tenía la versatilidad de un monovolumen ni la boca de carga de un familiar, pero lo compensaba con una calidad de ajuste que estaba un paso por encima de muchos de sus rivales europeos. Era un coche que se sentía “macizo”. En el interior, aunque el diseño era típicamente japonés: mucho plástico de superficie lisa y duro con una sobriedad casi espartana, todo estaba pensado para durar dos vidas. Y además, la ergonomía era de diez: te sentabas y, en treinta segundos, ya sabías dónde estaba cada mando sin mirar.
Un motor elástico y una pisada de categoría
Pero lo que de verdad hacía especial a este Almera era su corazón: estaba disponible para la carrocería sedán el motor 1.6 de 16 válvulas y 100 CV. Un cuatro cilindros de 1.597 centímetros cúbicos y carrera larga –76 x 88 milímetros–, inyección y un cambio de cinco relaciones con desarrollos bien ajustados –la quinta se quedaba en 31,29 kilómetros por hora cada 1.000 revoluciones–. En las pruebas de la época, este bloque demostró ser una de las mecánicas más honestas del segmento. Dio en el banco de potencia 103,5 CV, pero lo importante no era la cifra, sino cómo los entregaba. Era un motor elástico, con una curva de par muy plana que permitía circular con suavidad en ciudad, pero que sacaba las garras cuando lo subías de vueltas. Los consumos reales se movían entre los 7,5 y los 8 litros, cifras muy razonables para su tiempo.
Dinámicamente, el Almera sorprendió a los probadores por su precisión. No era un coche blando, aunque tampoco presentaba una rigidez elevada. Su bastidor permitía guiar el tren delantero con una fidelidad que para el usuario medio era tranquilizadora, manteniendo la trayectoria incluso cuando el asfalto no acompañaba. El tren trasero –un eje torsional con tirantes y barra Panhard– ayudaba a que el coche fuera aplomado y predecible, permitiendo ritmos de paso por curva que harían sonrojar a berlinas de segmentos superiores. Su única “mancha” en el expediente eran los frenos: Nissan optó por tambores en el eje trasero, una decisión conservadora que le restaba ese mordiente final y resistencia al calentamiento que sí tenían sus rivales con discos.
El Nissan Almera 1.6 GX fue el triunfo de la sensatez: un motor con nervio japonés envuelto en una carrocería que juraba fidelidad eterna a su dueño. No buscaba revolucionar, pero para quien valoraba la precisión de manejo y la tranquilidad de no pisar el taller más que para las revisiones, el Almera era, sencillamente, imbatible.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS