Bentley representa una de las mayores expresiones de lujo, distinción y estilo. Es cierto que Rolls-Royce siempre estará ahí para demostrar que se puede ir todavía un poco más lejos, a la doble R le falta esa chispa que sí tienen los coches de la B alada. Bentley, al menos durante sus años en soliario, antes de acabar bajo el paraguas de Rolls, fue una firma con un claro enfoque deportivo, o más que deportivo, quizá debamos decir prestacional. Lujo, diseño y prestaciones, características que acabaron un poco diluidas durante la etapa Rolls-Royce y que, tras su paso al Grupo Volkswagen, volvieron a resurgir.
La historia de Bentley se divide en dos eras: AC -Antes del Continental- y DC -Después del Continental-. Pero para entender el salto al vacío que supuso el GT de 2003, hay que mirar atrás, a los años 80, cuando Bentley era poco más que la sombra de Rolls-Royce, fabricando coches que eran, en esencia, bibliotecas con ruedas.
El Turbo R: El rebelde con bombín
Antes de que Volkswagen pusiera los miles de millones sobre la mesa, hubo un momento de lucidez absoluta: el Bentley Turbo R. Fue una auténtica salida de tono. En una época en la que un Bentley debía ser “adecuado” -esa palabra tan británica para no decir aburrido-, el Turbo R llegó en 1985 para decir que un salón de cuero y madera también podía ser un dragster.
Fue el primer indicio de que en Crewe querían guerra. Con su motor V8 de 6,75 litros soplado por un turbo Garrett, el Turbo R no solo corría; también era capaz de afrontar virajes con una decisión que parecía olvidada. Por primera vez en décadas, un Bentley no compartía la suspensión blanda de un Rolls. Tenía barras estabilizadoras más rígidas y una puesta a punto que permitía a “los señores con puros” entrar en las curvas sin acabar con su preciado tabaco partido a la mitad del susto. Fue el abuelo macarra que adelantó la filosofía del Continental GT: lujo extremo, sí, pero con un motor capaz de mover montañas.
2003: El Continental GT y el cambio de paradigma
Cuando el Continental GT aterrizó en el Salón de Ginebra, el mundo se quedó de piedra. Ya no era un coche para ir de la mansión al club de campo; era un GT para cruzar continentes a 300 kilómetros por hora con la confianza de la tracción total y la finura de un motor W12 que era una auténtica virguería.
El Turbo R fue una salida del guion que, casi sin darnos cuenta, marcaba por donde iría la compañía británica en el futuro
Fue el primer Bentley diseñado con herramientas digitales, el primero fabricado en serie -dentro de lo que cabe en Crewe- y el primero que no te hacía sentir como si estuvieras conduciendo el coche de tu abuelo. Dirk van Braeckel dibujó unas líneas que hoy, más de veinte años después, siguen siendo la base de cualquier Bentley que sale de la fábrica. Esa cadera trasera musculosa y los faros circulares dobles son ya religión.
El legado de una era eterna
Lo que empezó en 2003 no ha terminado. Si miras un Continental GT actual, o incluso un Batur de edición limitada, sigues viendo el ADN de aquel primer “hijo” de la era Volkswagen. Bentley pasó de ser una marca al borde de la extinción a ser el referente del lujo prestacional. Y el mejor ejemplo son los Bentley Cotinental GT S y sus 680 CV, o el disparatado Bentey Flying Spur con casi 800 CV, dos verdaderas bestias prestacionalmente hablando, pero que no descuidan, ni por un momento, el lujo y la distinción.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS