Aunque su silueta no responde exactamente a la receta que lo convirtió en un fenómeno popular, sí, este es un Ford Mustang 1966. Mejor no mirarlo de frente o mejor no limitar la observación hasta el pilar medio, porque hasta ahí su gesto identitario es elocuente, pues se conserva el ADN de la primera generación. De cuerpo entero y de perfil, allí es cuando ocurre lo impensado y la historia del ícono se desvirtúa. ¿La receta para ello? Una distancia entre ejes estirada hasta convertir al clásico pony car en limusina.
¿Cuántas veces he recurrido al término no pedir permiso para referirme a conversiones que pisotean la lógica de un modelo determinado? La transformación de este ejemplar de primera generación, que data de principios de los 2000 tras importarse a Australia desde los Estados Unidos –el volante a la derecha manda un mensaje de su historial y da indicios–, no es la excepción. La batalla alargada no altera simplemente la ecuación –la ecuación física, porque al verlo da la sensación de que el tiempo ha tomado poder sobre él para tensarlo–, sino que busca provocar al más puristas entusiasta del Mustang.
No se puede ser purista del Mustang sin atender a sus orígenes. De manera tal que la huella de aquel símbolo de rebeldía fue perdiéndose con cada kilómetro acumulado una vez mutado a limusina. No hay ciencia cierta acerca de qué hará su nuevo propietario tras adquirirlo en Collecting Cars, pero sí sobre sus últimos 25 años. Bodas, graduaciones escolares, despedidas de solteros y demás eventos cubrió como coche de alquiler mientras la conciencia de aquel irreverente pony car le perturbaba. Aunque esta es una manera de ver el caso. La otra cara de la moneda podría interpretarse con la analogía a la vista: el vehículo se ha estirado porque el Mustang merecía correr los límites más allá de su esencia.
Ford Mustang 1966 limusina: correr los límites de la esencia
No fue casualidad que el Mustang original irrumpiera a mediados de los sesenta como lo hizo. Más que un deportivo accesible, fue un movimiento estratégico del óvalo americano. Un capó largo, una carrocería compacta y el V8 como opción dieron forma a una imagen juvenil que recibió respuesta de una generación que no solo llenó el vacío de mercado que el coche estaba destinado a resolver, sino que lo adoptó como elemento contracultural norteamericano.
Hoy, el elemento contracultural es pasado en este Ford Mustang 1966 y su andar al ritmo de celebraciones varias es vigencia, así como en su tiempo su V8 de 289 pulgadas cúbicas con caja manual funcionaba motivado por un propósito y hoy el V8 302 conectado a una automática de tres responde al confort de marcha que su directriz de limusina le pide.
Una directriz que le demandaba, claro, un cambio radical puertas adentro. Donde antes había una configuración de asientos 2+2 para el uso ocasional, tras la conversión australiana pasó a una capacidad para ocho pasajeros. El tapizado en vinilo rojo Pony, el alfombrado a juego y los detalles cromados ponen de manifiesto la teatralidad que una unidad de su especie exige, mientras un obligatorio divisor de cabina eléctrico y una climatización independiente para ambas zonas se encargan de las comodidades básicas de toda limusina.




Mauro Blanco
Veo arte en los coches y en sus diseños una potencia que va más allá de las cifras. Ex conductor de Renault 12 rojo modelo 1995 de épicos e imprevisibles episodios, al que recuerdo por la hostilidad de su volante, pero, sobre todo, por nunca haberme dejado en el camino.COMENTARIOS