Durante muchos años, décadas podríamos decir, Jaguar no necesitó imitar a los alemanes ni recurrir a diseños “neoretro” forzados. La marca era pura personalidad británica: estilo, carácter y sí, algún que otro “duende” que hacía la vida más interesante a sus conductores. Pero, incluso con eso, Jaguar era especial, era única. Quizá por eso, o mejor dicho, por eso mismo, su etapa eléctrica, esa donde el feo –porque es feo– Jaguar Type 00 representa lo que será la marca, levanta tanto rechazo.
Eso nos hace echar la vista atrás y nos lleva a pensar en que el XJ6 de la generación X300 fue el último bastión de una elegancia británica que hoy parece extinguida. Es cierto que el Jaguar XF fue un coche muy atractivo y con mucha esencia Jaguar después de un S-Type que fue criticado por diferentes motivos –aunque, en el fondo, era más Jaguar que todo lo que vino después–. Lo intentaron con la última generación del XJ –el X351– y luego se volcaron con los SUV. Incluso el eléctrico, el i-Pace, tenía argumentos, pero algo fallaba.
A mediados de los 90, Jaguar se encontraba bajo el control de Ford, pero todavía conservaba ese aura de exclusividad artesanal que los americanos aún no habían diluido del todo. El X300, lanzado en 1994, era la respuesta de Coventry al empuje tecnológico del Mercedes Clase S y el BMW Serie 7. Pero mientras los alemanes apostaban por la frialdad técnica, Jaguar seguía vendiendo atmósfera.
El corazón de la bestia: El AJ16
Lo que hacía especial a este XJ6 era su motor. El 3.2 de seis cilindros en línea era la evolución definitiva –el AJ16– de una arquitectura que Jaguar había perfeccionado durante décadas. Con 219 CV, no buscaba ser el más rápido en el 0 a 100, sino el más sedoso. Era un motor que no se oía, se sentía. Su funcionamiento era tan equilibrado que podrías haber dejado una moneda de dos libras de canto sobre el bloque al ralentí y no se habría movido. En la época, la prensa tenía, por lo general, buenas palabras. La revista Autopista, en el número 1.846 –publicado a finales de 1994– lo definía como un propulsor suave y progresivo y muy bueno en altas revoluciones.
Como curiosidad, el Jaguar XJ6 3.2 se vendía, en su versión más “económica” –6.490.000 pesetas, unos 39.000 euros de 1994– con llantas de chapa y embellecedores de plástico de serie
Fue la última vez que un Jaguar de gran serie montó un seis en línea antes de que la fiebre por los V8 lo invadiera todo. Era un motor con una entrega de par lineal, sin estridencias, ideal para devorar kilómetros de autopista a ritmos inconfesables con un silencio de marcha sepulcral y un cambio automático de convertidor de par –de cuatro relaciones– suave y confortable, aunque, todo sea dicho, mejorable en los primeros inicios de movimiento.
Un interior que ya no existe y el rumbo a la deriva
Entrar en un XJ6 X300 era como entrar en un club privado de Londres. Mientras que hoy nos venden pantallas de 20 pulgadas y luces LED de colores, en 1995 Jaguar te ofrecía madera de raíz de nogal auténtica y un cuero que olía a coche caro incluso veinte años después. La posición de conducción era curiosa: ibas sentado muy bajo, con el salpicadero envolviéndote, en una cabina que se sentía estrecha comparada con un Clase S, pero infinitamente más acogedora.
A partir de aquí, Jaguar empezó a buscar su identidad en el pasado con el S-Type o intentando competir con el BMW Serie 3 mediante el X-Type –el famoso “Mondeo con traje de Jaguar”, que no era mal coche pero pagó el peaje de sus sinergias–. Se olvidaron de que su fuerte no era el volumen de ventas, sino esa mezcla única de elegancia aristocrática y deportividad relajada que el X300 representaba mejor que nadie.
Hoy, un XJ6 3.2 es una de las formas más baratas y elegantes de entrar en el mundo de los clásicos modernos. Eso sí, prepárate para un consumo que rara vez baja de los 12 litros y una factura de mantenimiento acorde a su linaje. Pero ¿qué importa el dinero cuando vas sentado en el último Jaguar que se diseñó pensando en la gloria y no en las hojas de cálculo de Detroit?


1

Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS