El año 1996 marcó un antes y un después para la industria europea, especialmente para quienes entendían que un coche de dos plazas no tenía por qué ser una pieza de museo inalcanzable o un utilitario sin techo. Fue el año en el que Porsche, contra las cuerdas y al borde de la quiebra, se lo jugó todo a una carta llamada Boxster –986–, mientras Mercedes decidía que era el momento de recuperar el espíritu del 190 SL con un concepto que, a la postre, cambiaría el mercado: el techo duro retráctil del SLK –R170–. Hoy, con tres décadas a sus espaldas, ambos modelos entran oficialmente en el Olimpo de los clásicos en España, permitiendo a los aficionados redescubrir dos filosofías que, aunque nacieron para competir, no podrían ser más opuestas en su ejecución técnica.
A mediados de los 90, el concepto de roadster parecía condenado a la extinción o a la sencillez extrema del Mazda MX-5, hasta que Stuttgart decidió que había hueco para el lujo y la ingeniería de alto nivel en formato pequeño. El Porsche Boxster no fue solo un modelo de acceso; fue un ejercicio de supervivencia y una lección de ingeniería compartida. Para ahorrar costes, Porsche decidió que el frontal, la suspensión delantera y gran parte del interior debían ser idénticos a los del futuro 911 –996–, algo que en su momento le valió críticas feroces de los más puristas. Sin embargo, bajo esa carrocería que homenajeaba al 550 Spyder, se escondía un chasis de motor central que, para muchos probadores de la época, superaba en equilibrio dinámico al mismísimo “nueveonce”. Con su bloque bóxer de 2.5 litros y 204 CV, el Boxster no buscaba la velocidad pura, sino la pureza de trazado, ofreciendo un centro de gravedad bajísimo y un reparto de masas que perdonaba errores donde un 911 te habría puesto mirando hacia atrás.
En la otra esquina del cuadrilátero, el Mercedes SLK apostaba por la sofisticación y el confort diario. Mientras el Porsche exigía compromiso, el Mercedes ofrecía versatilidad gracias a su techo Vario, una solución técnica que permitía tener un coupé estanco en invierno y un descapotable en verano con solo pulsar un botón. Mecánicamente, el SLK no buscaba la finura del motor bóxer, sino el empuje honesto de sus bloques de cuatro cilindros, destacando especialmente el 230 Kompressor. Con 193 CV y ese soplido característico de su sobrealimentación por compresor volumétrico, el SLK era el coche perfecto para quien quería viajar rápido sin las estridencias de un deportivo radical, manteniendo una calidad de rodadura que hoy, 30 años después, sigue sorprendiendo por su solidez.
Ahora que ambos cumplen los 30, el mercado empieza a dictar sentencia. Durante mucho tiempo fueron considerados coches de “segunda mano baratos”, pero las unidades supervivientes que no han caído en manos de propietarios descuidados están empezando a escasear. El Boxster se reivindica hoy como el último Porsche analógico que todavía se puede comprar sin hipotecarse, mientras que el SLK se posiciona como el histórico ideal para quien busca un clásico usable, fiable y con ese toque de elegancia que solo una estrella en el capó sabe dar. Son, en definitiva, los hijos de una época en la que las marcas aún se atrevían a experimentar con formatos que hoy, en un mundo dominado por el SUV, parecen una bendición del pasado.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".