El Volvo S40 2.0T era el típico sedán que a simple vista no decía gran cosa, pero que una vez en marcha desmontaba cualquier imagen previa que se hubiera hecho. No era un modelo espectacular o que te aplastara contra el asiento al acelerar, pero no era precisamente lento y a medio régimen impresionaba. Es, como se suele decir, un sleeper de manual.
Volvo dio un cambio importante a mediados de los 90. Venía de una evolución constante, pero lenta, en lo que se refiere a diseño y personalidad. Sus coches siempre fueron muy cuadrados, muy poco emocionantes y convencionales cuando se conducían. Eran coches para gente que buscaba eso, coherencia, buen hacer y, por supuesto, seguridad. Pero necesitaban dar una vuelta a sus ambiciones y encontrar un camino que les permitiera llegar a más gente. Y ese camino llegó con el S40, un modelo que, a simple vista, se reconocía como un Volvo, pero no era un Volvo tradicional. Había algo diferente.
De primeras, escondía genes Mitsubishi bajo una carrocería que mostraba rasgos característicos de la firma sueca, pero más suavizados e incluso más aerodinámicos. fue un acierto total, pues el coche acaparó atenciones como nunca lo había hecho un Volvo, pero es que, además, no solo había una nueva imagen, también había un cambio importante en lo que respecta al planteamiento mecánico con versiones como el S40 T4 o el S40 2.0T. El T5 era el más potente y veloz, tanto como el mítico Volvo 850R, mientras que el 2.0T se posicionaba en medio de la gama con prestaciones más buenas y claramente más deportivas que cualquier otro modelo similar de la marca.
No era una variante que podamos tildar de deportiva, pero sí era una variante muy veloz y bastante poderosa. Hablamos de un coche con un motor de cuatro cilindros, 1.948 centímetros cúbicos, culata de 16 válvulas y dos árboles de levas, inyección, turbo e intercooler, para rendir 160 CV a 5.100 revoluciones y 229 Nm entre 1.800 y 4.800 revoluciones. No hay duda de que se trataba de un motor “percherón”, con mucho empuje pero sin aspiraciones deportivas. Se combinaba con un cambio manual de cinco relaciones, cuyo desarrollo cuadraba bastante bien con la personalidad del propulsor, con una cuarta de 28,6 kilómetros/hora y una quinta de 36,5 kilómetros/hora a 1.000 revoluciones.
Sin estridencias, sin llamar la atención más de lo necesario, el Volvo S40 2.0T podía ponerlo todo patas arriba en vías rápidas
El Volvo S40 era un auténtico Volvo, pero de una nueva era, un cambio de planteamiento que se podía notar rápidamente a los mandos del S40 2.0T. Los 1.000 metros con salida parada los completaba en 29,7 segundos y el 80 a 120 kilómetros/hora, en cuarta, lo podía realizar en 8,7 segundos, mientras que en quinta necesitaba, para el mismo ejercicio, 29,7 segundos. La velocidad máxima oficial era de 215 kilómetros/hora, al tiempo que los consumos se disparaban hasta los nueve litros de media cada 100 kilómetros. Cifra que vista hoy puede parecer un disparate, pero que en aquellos años no era tan mala para un coche de sus prestaciones.
No era todo cifras sobre un papel, el Volvo S40 2.0T también se notaba diferente en marcha. Rendía especialmente bien en vías rápidas, donde el propulsor siempre trabajaba en su “zona de par”, lo que permitía obtener una respuesta contundente a casi cualquier movimiento del acelerador. Sirva de ejemplo que, como cuenta la revista Coche actual en una de sus pruebas, a 3.000 revoluciones el S40 2.0T rodaba 120 kilómetros/hora, pero solo 2.500 revoluciones más arriba, a 5.500 vueltas, se alcanzaba la velocidad máxima.
Sin embargo, entre las pegas que puso la prensa en su momento, destacaba la falta de aplomo, aunque algunos decían que era culpa de una dirección poco precisa. No faltaba estabilidad ni tampoco un verdadero control de la situación, pero cuando llegaban curvas cerradas o irregularidades en el asfalto, se perdía un poco de compostura y un poco de sensación de control.
El Volvo S40 2.0T no era un coche barato, la marca pedía 3.985.000 pesetas a finales de los 90, pero, ¿cuándo ha sido barato un Volvo?


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".