El Volkswagen Passat 2.0i GL era, por definirlo de alguna manera, la opción lógica y coherente de la gama. No era barato –costaba 3.150.000 pesetas a mediados de los 90–, pero estaba bien equipado, podía presumir de una calidad entre los mejores del segmento y sus prestaciones eran más que decentes.
Contexto histórico: la España de los 90
Los años 90 fueron algo convulsos, al menos en España. Tras las Olimpiadas y la Expo de Sevilla, el país entró en una recesión que provocó una caída del PIB del 1% –la peor en 30 años– y llevó a un aumento del paro hasta del 16 al 24% –casi 3,5 millones de personas sin trabajo–. Una situación que se atribuyó al expansivo post-olímpico, a la inflación y a algo que parece ser “muy español”: la especulación inmobiliaria.
No eran buenos tiempos para España y, quizá por eso, ciertos coches adquirieron un halo de “objeto de deseo”, coches como los Ford Mondeo, Honda Accord, Renault Laguna… Modelos que no destacaban por ser lo más prestacionales, sino coches grandes lógicos y con una buena imagen, capaces de durar toda la vida mientras llevan a toda la familia de un lado a otro. Coches que alguien coherente se compraría, en una situación complicada y de inversiones limitadas y muy calculadas.
La generación B4: un paso hacia lo aspiracional
De hecho, en los 90, el Ford Sierra decía adiós para dejar su lugar al Ford Mondeo –fue un cambio brutal–, aparecía el Citroën Xantia y su sensacional suspensión hidroneumática y el Volkswagen Passat se renovaba casi por completo, dando lugar a una de las generaciones más fiables, pero también más anodinas, de toda la saga. Y decimos que se renovaba casi por completo, porque, en realidad, el Passat presentado en el 93 era una revisión muy profunda de la generación anterior y no un coche nuevo “desde cero”.
Fue con ese Passat, con la generación B4, cuando la marca comenzó a posicionarse como una marca aspiracional, un pasito por delante de todos los fabricantes generalistas, pero un pasito por detrás de las consideradas premium. Eso se notaba en el precio, que por lo general, solía ser algo más alto que el resto de rivales aunque, como siempre, unos cálculos bien realizados podían mostrar cosas muy interesantes. Por ejemplo, los 3.150.000 pesetas que la marca pedía por un Passat 2.0i GL eran de lo más lógico, pues tenía un equipamiento y una calidad general por encima de la media.
Por ejemplo, el Volkswagen Passat 2.0i GL tenía de serie cosas como el ordenador de a bordo, cierre centralizado –con mando opcional–, elevalunas eléctricos en todas las puertas, regulación eléctrica de los espejos laterales, aire acondicionado –climatizador en opción–, airbag de conductor y acompañante, cinturones con pretensores… Incluso la lista de opciones era interesante, con elementos como el control de tracción, control de crucero o llantas de aleación.
Mecánica de Golf GTI para un rutero incansable
Todo ello combinado con el que, quizá, sea uno de los motores más fiables de cuantos ha creado la firma alemana: el dos litros gasolina con culata de ocho válvulas, el mismo que se escondía bajo el capó del Volkswagen Golf GTI III –la primera serie, obviamente–. Es decir, que hablamos de un cuatro cilindros con 1.984 centímetros cúbicos de carrera bastante larga –82,5 milímetros de diámetro por 92,8 milímetros de carrera de los pistones–, un árbol de levas en cabeza e inyección, para rendir unos solventes 115 CV a 5.400 revoluciones y 166 Nm a 3.200 revoluciones.
No era un motor superprestacional, pero bien combinado con una caja de cambios de cinco relaciones –la quinta tenía un desarrollo de 32,6 kilómetros/hora– movía los 1.240 kilos que pesaba el conjunto con mucha dignidad. Por ejemplo, la velocidad máxima rozaba los 195 kilómetros/hora, mientras que los 1.000 metros con salida parada los completaba en 34,2 segundos. El 80 a 120 kilómetros/hora en quinta lo realizaba en 15,5 segundos y el consumo medio, según la revista Autopista, se cifraba en 9,2 litros. Si tenemos en cuenta que escondía un depósito de combustible con nada menos que 70 litros, no sorprende que pudiera superar los 700 kilómetros de autonomía.
Además, el Volkswagen Passat 2.0i GL se situaba entre los mejores de su clase por comportamiento. No era un coche con tintes deportivos, ni tampoco pretendía serlo, pero destacaba por la nobleza de sus reacciones y por la eficacia del bastidor, sin que ello significara hacer concesiones en materia de confort o facilidad de conducción. Fue aquí cuando Volkswagen comenzó con sus coches eficaces a rabiar, pero neutros en igual medida.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".