El Lamborghini Countach 5000 Quattrovalvole, presentado en el Salón de Ginebra de 1985, fue la culminación de una leyenda. Representó el punto álgido de una era de excesos automovilísticos, un desafío descarado a la lógica y la practicidad que encarnaba a la perfección la fantasía de un superdeportivo sin concesiones. Con su silueta angular, sus puertas de tijera y una presencia que dominaba cualquier espacio, el 5000 QV se erigió como el epítome del diseño radical de Marcello Gandini, un icono imposible de replicar ni por la misma marca de Sant’Agata Bolognese. Este modelo, con su motor V12 aún más potente, se convirtió en el último gran toro indomable antes de la llegada de una nueva generación de superdeportivos.
A lo largo de la década de los 80, el mundo de los coches de altas prestaciones vivía una efervescencia sin igual. Ferrari había lanzado su espectacular Testarossa en 1984, un modelo que, con su motor de 390 CV, ponía en serios aprietos la hegemonía de su eterno rival. La respuesta desde Sant’Agata no se hizo esperar. Bajo la dirección de los hermanos Mimran, quienes habían inyectado capital fresco en la maltrecha compañía, la marca se propuso recuperar su trono. La evolución del coche era imperativa, y el objetivo era claro: superar a la competencia en potencia y exclusividad, pero con la misma esencia salvaje que siempre había caracterizado al fabricante del toro. Este coche fue la materialización de esa ambición.
La revolución técnica de Giulio Alfieri
Un equipo liderado por el ingeniero Giulio Alfieri recibió el encargo del desarrollo en 1985, con una meta ambiciosa: alcanzar los 450 CV y, al mismo tiempo, reducir las emisiones contaminantes. Para lograrlo, el motor V12 de 4.754 centímetros cúbicos fue profundamente revisado. La cilindrada se incrementó hasta los 5.167 centímetros cúbicos, y la principal novedad fue la adopción de culatas de cuatro válvulas por cilindro, una tecnología que ya había sido explorada por Ferrari en su 308 Quattrovalvole. Esta mejora técnica no solo justificaba el apellido del modelo, sino que disparó el rendimiento del propulsor.
La versión europea del Countach 5000 QV, con su alimentación mediante seis carburadores Weber de doble cuerpo, entregaba unos impresionantes 455 CV a 7.000 revoluciones. Esta configuración, que requirió modificar la tapa del motor para alojar los carburadores verticales, ofrecía una respuesta contundente y un sonido embriagador, característico de los bloques atmosféricos de la época. Las prestaciones eran sensacionales para su tiempo: aceleraba de 0 a 100 kilómetros por hora en apenas 4,2 segundos y alcanzaba una velocidad máxima de entre 295 y 308 kilómetros por hora, dependiendo de la configuración –si se montaba el alerón trasero, no se llegaba a los 300 kilómetros por hora–. Estas cifras lo situaban por delante de rivales de la talla del Ferrari 288 GTO –400 CV– y a la par del avanzado Porsche 959 –450 CV–.
El detalle: La adopción de los seis carburadores Weber verticales en la versión europea obligó a los diseñadores a crear una joroba en la tapa del motor. Esta modificación arruinó por completo la ya de por sí escasa visibilidad hacia atrás del conductor, pero a cambio, se convirtió en el rasgo estético de identidad del 5000 QV, diferenciándolo de cualquier otra versión anterior
Un chasis de la vieja escuela y conducción visceral
Respecto a su estructura, el chasis mantenía la robusta configuración multitubular de acero, un diseño que, aunque pesado, ofrecía la rigidez necesaria para contener la potencia del bloque. Las suspensiones, con ligeros cambios en la geometría y los amortiguadores, se ajustaron para mejorar el comportamiento dinámico. Incorporó neumáticos aún más anchos delante –los famosos Pirelli P7–, con medidas de 225/50 VR15 en el eje delantero y unos masivos 345/35 VR15 en el trasero, lo que garantizaba un agarre excepcional. El alerón trasero, aunque opcional, se convirtió en un elemento casi imprescindible para muchos, a pesar de que su impacto aerodinámico real era más estético que funcional.
Por dentro, el habitáculo seguía siendo un ejercicio de minimalismo centrado en circular hacia delante lo más rápido posible. La visibilidad trasera era prácticamente nula, y las maniobras de aparcamiento requerían abrir la puerta y sentarse en el umbral, y no digamos girar el volante, que casi requería la fuerza de dos personas. Sin embargo, la experiencia al volante era visceral y analógica, pues el coche es anterior a las ayudas electrónicas que suavizaron la conducción años después. Cada cambio de marcha, cada aceleración y cada frenada se sentía de forma directa, conectando al conductor con la máquina de una manera que ya no se estila. Era un vehículo que exigía respeto, habilidad y fuerza, una verdadera extensión del piloto.
De hecho, el Lamborghini Countach 5000 Quattrovalvole fue el último gran integrante de esta saga, el que cerró con broche de oro una trayectoria legendaria antes de la llegada de su legítimo sucesor, el Diablo.


Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS