El Citroën C1 1.4 HDi es un claro representante de hasta dónde se llegó con los motores turbodiésel. Un coche absolutamente enfocado a un uso intensivo en urbano, equipado con un motor que no era el más indicado, pero que estaba ahí porque el mercado obligaba.
Si echamos un vistazo a los primeros compases del siglo XXI, veremos un panorama muy concreto: un total e indiscutible dominio de los motores diésel, ya fueran sobrealimentados o atmosféricos. Es más, la obsesión por el motor diésel llegó a lo absurdo de lo absurdo: coches puramente urbanos, equipados con propulsores turbodiésel. Y hablamos de coches que, en ocasiones, ni siquiera superaban los tres metros y medio…
El castigo del ciclo urbano para el diésel
Los motores diésel son especialmente buenos para carretera, con alta carga de acelerador y a velocidades constantes. En esas situaciones, no hay tecnología que los supere. Sin embargo, en ciudad, con constantes paradas y arranques, la situación es la contraria: el motor turbodiésel sufre y sufre mucho. La EGR se llena de carbonilla, los inyectores no trabajan en buenas condiciones, vibraba… Y sin embargo, ahí estaban, en todos los segmentos, incluso en el más enfocado a la ciudad.
Coches como el Citroën C1 1.4 HDi dominaban las calles de todas las ciudades, en un alarde de sinsentido que se vendía como pan caliente a pesar de ser bastante más caro que su homólogo de gasolina. El precio del C1 1.4 HDi con carrocería de cinco puertas era de 11.150 euros, mientras que, equipado con el motor 1.0 gasolina –equivalente por cifra de potencia–, el precio era de, aproximadamente, 9.100 euros. Al menos, el equipamiento era decente: doble airbag frontal y laterales delanteros, ABS, cierre centralizado con mando y elevalunas eléctricos delanteros.
Según el manual de taller, el cambio de la correa de la distribución se debía hacer a los 240.000 kilómetros; un claro ejemplo de su enfoque económico.
Ingeniería de compromiso: 55 CV “capados”
El sinsentido del que hablamos se confirma con algunos datos interesantes. El motor ya era conocido de otros modelos de Citroën, tenía 1.398 centímetros cúbicos, un árbol de levas en la culata, dos válvulas por cilindro, inyección common rail, turbo e intercooler. Según versión, podía rendir 70 o 92 CV, pero en el caso del C1 estaba “capado” y solo alcanzaba los 55 CV a 4.000 revoluciones.
También se limitó la cifra de par a 13,2 mkg a 1.750 revoluciones, pues al no haber espacio, se tuvo que usar la transmisión manual de cinco relaciones de la versión de gasolina y esta no soportaba todo el par que podía generar el 1.4 HDi.
Se podría definir como “ingeniería de compromiso”: necesitaban, por demanda del mercado, una versión turbodiésel del Citroën C1 y aprovecharon lo que tenían a mano, de forma que, de paso, se mantenían los costes controlados en un segmento donde el precio era la clave. No obstante, es justo reconocer que todo funcionaba más que decentemente. La velocidad máxima era de casi 155 kilómetros por hora, con una cuarta y una quinta marcha de desarrollos larguísimos; la quinta se iba hasta nada menos que 47,18 kilómetros por hora a 1.000 rpm.
Consumos de mechero y agilidad sorprendente
Con un peso de 923 kilos, la agilidad en toda situación estaba asegurada y hasta se permitía un tacto y una respuesta del chasis casi deportiva, un detalle que, en general, gustó mucho a la prensa de la época pero que, seguramente, pocos usuarios apreciaron.
Lo que sí notaría el dueño, y para bien, era el tema del consumo. En urbano, la prensa indicaba cifras de menos de siete litros, que no está nada mal, pero que en carretera a velocidad constante, no superaban los 4,5 litros. Se podía presumir, con un depósito de solo 35 litros, de una autonomía teórica de 615 kilómetros.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS