El Audi A7 Sportback 3.0 TDI era, cuando llegó al mercado, el más potente y veloz alimentado por gasóleo. Pero no solo presumía de poderío, también lo hacía de diseño, de acabados y de equipamiento. El A7 Sportback fue, quizá, el Audi más atrevido después del Audi TT y el más deseado después del Audi R8. No fue un coche más; fue una declaración de intenciones y un clarísimo asalto al trono.
A finales de la primera década de los 2000, el mercado del lujo estaba mutando. El éxito del Mercedes CLS había inventado un nicho que nadie sabía que existía: las «berlinas coupé» o «coupés de cuatro puertas», como se les denominó en aquel momento —y que fue totalmente aceptado por casi todos—. También fue una época de optimismo tecnológico en la que Audi, bajo la batuta de diseño de Stefan Sielaff y la sombra del gran Walter de Silva, decidió que no quería simplemente replicar la fórmula de la competencia. Querían algo que uniera la elegancia de un coupé, la habitabilidad de una berlina y, por primera vez, la practicidad de un gran portón trasero. Así, en un evento por todo lo alto en la Pinacoteca de Arte Moderno de Múnich, se daba a conocer un coche que pretendía ser una escultura rodante sin renunciar a la funcionalidad del día a día.
Una plataforma de aluminio para la agilidad
Este modelo pronto se colocó como uno de los más deseados de la firma alemana y una de las referencias del segmento tanto por calidad general de fabricación como por cualidades dinámicas y técnicas. Llegó al mercado para situarse en ese espacio en blanco que quedaba entre el sobrio A6 y el majestuoso A8. Pero no se limitó a ser un término medio; estrenó una plataforma con un uso intensivo de aluminio que lo hacía mucho más ágil de lo que sus casi cinco metros de longitud sugerían. Con su característica zaga descendente y un alerón retráctil que emergía de la tapa del maletero al superar los 130 kilómetros por hora, el A7 se convirtió instantáneamente en el Audi más pasional del catálogo. Sin embargo, para que el invento funcionara en el mercado europeo, necesitaba un corazón a la altura que permitiera cruzar continentes sin pasar por el surtidor cada 400 kilómetros.
La firma alemana, en aquellos años, mostraba un poderío casi insultante. Seguramente, haya sido la mejor época de la Audi, o casi
Un motor V6 TDI de 245 caballos y 500 Nm
Aquí es donde entra en juego una de las estrellas de la gama: el 3.0 TDI V6, un motor que en aquella primera serie rendía 245 caballos y que, asociado a la tracción quattro y al cambio S tronic, prometía ser la compra más inteligente de toda la gama. Con un precio de 63.900 euros —en 2011—, el Audi A7 Sportback 3.0 TDI ponía sobre la mesa una opción que fue capaz de superar a coches más potentes. El corazón, el V6 TDI de 2.967 centímetros cúbicos, era un propulsor con muchos matices pero, sobre todo, con un rendimiento ejemplar. Las culatas tenían cuatro válvulas por cilindro, dos árboles de levas y daban cobijo a los inyectores del common rail, que trabajaban con una distribución variable, un turbo de geometría variable y un intercooler, para lograr esos mencionados 245 caballos entre 4.000 y 4.500 revoluciones por minuto, más un par de nada menos que 51 kilográmetros entre 1.400 y 3.250 revoluciones por minuto —equivalentes a 500 Newton metro—.
Prestaciones y consumos de fantasía
Mediante el sensacional cambio automático S tronic de siete relaciones —el mismo DSG de Volkswagen, pero con otra denominación y algún cambio para adaptarlo a sus nuevas exigencias—, un sistema de tracción total repartía la potencia disponible entre todas las ruedas de forma que las aceleraciones eran más que respetables. Los 400 metros con salida parada los completaba en 14,5 segundos, mientras que el kilómetro, también con salida parada, llegaba en 27 segundos. El 0 a 200 kilómetros por hora se realizaba en 29,3 segundos y el limitador electrónico cortaba el festival de sensaciones a 250 kilómetros por hora. Todo ello con unas cifras de consumo que parecían verdadera fantasía. El consumo medio se cifraba en seis litros cada 100 kilómetros, mientras que la circulación urbana requería de 7,2 litros cada 100 kilómetros. Todo ello, sin olvidar que hablamos de un coche que medía 4,96 metros de largo y pesaba 1.785 kilogramos.
Si tenemos en cuenta la prensa de la época, el Audi A7 Sportback 3.0 TDI era uno de los coches más dinámicos de su categoría. En cuanto aparecían curvas dejaba atrás al Mercedes CLS 350 CDI —más potente, con 265 caballos— y a coches como el Infiniti M30d S, que presumía de un eje trasero direccional que, en teoría, lo hacía más ágil y capaz en carretera. Era una referencia en cuanto a calidad de fabricación, en tacto de conducción y en prestaciones. Está claro que Audi estaba en su mejor momento.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS