El Citroën 2CV Cocorico nació de una idea sencilla y de un optimismo que el fútbol no supo sostener. Era octubre de 1986 cuando llegó a los concesionarios franceses una pequeña serie de 1.165 unidades –aunque el proyecto inicial preveía mil– del 2CV vestido con los colores de la bandera nacional: blanco Meije en la carrocería, una gran gráfica lateral en azul y rojo, guardabarros traseros en rojo Vallelunga y tomas de aire en azul Cocorico. Un coche diseñado para celebrar una victoria que nunca llegó.
La idea de Serge Gevin y el optimismo del 86
Se dice que la pasión mueve montañas, ¿verdad? Una alegación que, generalmente, se basa en que, cuando gusta algo, cuando se siente pasión por algo, se es capaz de hacer casi cualquier cosa. Con una motivación intensa, se puede superar cualquier obstáculo, o casi. Sin embargo, cuando esa pasión se quiere aprovechar para sacar algún tipo de rédito, a veces las cosas no suelen salir como se espera. Es algo que saben muy bien en Citroën, quienes, allá en los años 80, vendieron la piel del oso antes de cazarlo y luego se encontraron con algo un poco fuera de lugar.
Unos meses antes del Mundial de fútbol que se celebraría en México, el artista y diseñador Serge Gevin –el mismo que había firmado la edición especial Spot del 2CV, producida en 1.800 unidades con tapizados bicolor– tuvo la idea de crear un automóvil decorado con los colores de la bandera francesa para elevar el sentimiento patriótico de cara al campeonato del mundo. La lógica era impecable: Francia llegaba al torneo con uno de los mejores equipos de su historia, liderado por Michel Platini, ganador del Balón de Oro en los tres años anteriores, y había ganado la Eurocopa de 1984 derrotando en la final a España. La mayoría creía en el triunfo. Gevin convenció a Citroën con una frase que resume bien el espíritu de toda la operación: “sería interesante comercializar un coche con los colores azul, blanco y rojo si ganamos el mundial”.
Renault nunca habría hecho un coche así para el mundial. A Peugeot ni siquiera se le pasaba por la cabeza. Pero Citroën era Citroën, y la idea encajaba perfectamente con el carácter popular e irreverente de su utilitario más icónico, el 2CV.
El primer prototipo lucía un cocorico –el gallo, símbolo de Francia– en las puertas, de ahí que recibiera el nombre de Citroën 2CV Cocorico. También llevaba pegatinas con balones de fútbol. Una versión que no llegaría a producción, sino que acabaría con una decoración algo distinta. Los laterales lucían un degradado azul-blanco-rojo, los colores de la bandera francesa, sobre una carrocería de color blanco, acompañado por algunos detalles como unas llantas blancas con embellecedores cromados procedentes del Dyane 6. El cocorico y los balones de fútbol se mantuvieron.
Citroën vendió la piel del oso antes de cazarlo; el coche que debía celebrar un título mundial se quedó sin el único argumento que justificaba su existencia
Alemania, la semifinal y el coche sin argumento
El 25 de junio de 1986, Alemania eliminó a Francia en semifinales. El coche que debía celebrar un título se quedó sin el único argumento que justificaba su existencia. Citroën, sin embargo, decidió seguir adelante con el proyecto, transformándolo: se eliminaron las referencias explícitas al fútbol –las pegatinas con balones desaparecieron, el cocorico en las puertas también–, y el Cocorico pasó de ser un homenaje al campeón del mundo a ser, según la propia marca, una celebración más amplia del espíritu francés. En ningún momento se hizo referencia al fútbol en la campaña promocional; en su lugar, Citroën habló de amor, de estilo de vida y de que era un coche realmente superior.
La mayoría del público desconocía el motivo real que había impulsado a la marca a fabricar ese 2CV tricolor. La comunicación fue tan discreta que el coche llegó a los concesionarios casi sin contexto. El resultado fue predecible: seis meses después del lanzamiento, quedaban muchas unidades por vender. Hubo incluso concesionarios que retiraron las pinturas azules y rojas para facilitar la venta, eliminando así la única razón de ser del modelo.
Un 2CV de base con vocación de símbolo
Técnicamente, el Cocorico no ofrecía ninguna novedad respecto al 2CV 6 Spécial del que derivaba. El bicilíndrico bóxer de 602 centímetros cúbicos y 29 CV permanecía intacto, con su refrigeración por aire, su sencillez mecánica casi artesanal y su vocación de ir a todas partes sin prisa, pero con ese sonido inconfundible.
Lo que Citroën había modificado era exclusivamente la piel: la carrocería en Blanc Meije, la gran gráfica lateral con las tres franjas de la bandera aplicadas mediante adhesivos, los guardabarros traseros en rojo Vallelunga y las tomas de aire del capó en azul Cocorico. El techo de lona era blanco, los cercos de las ruedas iban pintados y los tapacubos eran los estándar de acero del Dyane 6.
El interior seguía la filosofía minimalista de siempre, con dos bancos corridos –en este caso tapizados en símil piel azul inspirada en el denim, una elección que reforzaba el carácter informal y popular del conjunto– y un salpicadero con cuentavueltas trapezoidal, medidor de combustible y volante Quillery de dos radios. El precio de catálogo era de 36.100 francos franceses, lo que lo situaba por encima del 2CV Spécial estándar sin ofrecer ninguna mejora mecánica a cambio. Solo la estética, y la historia detrás de ella.
El tiempo que hace justicia a los fracasos
Las unidades del 2CV Cocorico encontraron comprador, pero con dificultad y sin prisa. La producción cerró en marzo de 1987, pocos meses después del lanzamiento, dejando un balance comercial que distaba mucho del éxito. La propia Citroën no insistió: el coche había nacido de una apuesta deportiva, la apuesta había salido mal y el mercado lo había notado.
El 2CV en general dejó de fabricarse en julio de 1990, cuando el último ejemplar salió de la planta de Mangualde, en Portugal, con más de cinco millones de unidades producidas a lo largo de cuatro décadas.


Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".