Coche del día: Kia Clarus 2.0 CLX

Coche del día: Kia Clarus 2.0 CLX

El sedán coreano con ADN Mazda que quiso desafiar al segmento D con precios bajos


Tiempo de lectura: 5 min.

El Kia Clarus 2.0 CLX representa el mejor ejemplo de lo que ofrecían, a mediados de los 90, las “nuevas” marcas coreanas. Un coche de buen tamaño, un equipamiento muy completo, un motor que, por prestaciones, estaba en la media y un precio de auténtico derribo comparado con los rivales de la época. Solo había que tener clara una cosa: las calidades y las prestaciones, no siempre estaban a la altura.

A mediados de los años 90, el mercado automovilístico europeo asistía a un fenómeno que muchos analistas subestimaron inicialmente. Mientras las marcas tradicionales del Viejo Continente se centraban en refinar sus berlinas de referencia, desde Corea del Sur empezaba a llegar una oleada de vehículos que no buscaban la excelencia dinámica ni el prestigio social, sino la lógica aplastante del “todo incluido”. Era una época en la que el comprador racional empezaba a darse cuenta de que no necesitaba pagar el sobreprecio de un logo alemán o francés para tener un sedán de tres volúmenes con cuatro elevalunas eléctricos y un maletero inmenso. El estigma del “coche barato” empezaba a diluirse en favor de una fiabilidad mecánica más que probada, a menudo gracias a acuerdos de transferencia tecnológica que permitían a estos recién llegados usar plataformas y motores de origen japonés con total garantía.

La alternativa racional al segmento D

En este escenario de finales de 1996, la competencia era feroz en la zona baja de la tabla. Si querías un sedán de tamaño pero tu presupuesto estaba ajustado, las opciones eran claras y hablaban coreano. El duelo estaba servido entre los dos grandes gigantes del país asiático, que por aquel entonces todavía no caminaban de la mano: Hyundai y Kia. Se buscaba ofrecer un confort de marcha que emulara a las berlinas de lujo –al menos eso es lo que decían–, con suspensiones blandas y habitáculos espaciosos. Era una lucha de tú a tú por convencer al cliente de que el lujo no era una cuestión de herencia, sino de equipamiento de serie. Y en esa batalla por la relación calidad-precio, apareció un modelo que bajo su piel escondía mucho más de lo que su discreta estampa sugería: el Kia Clarus 2.0 CLX.

El Mazda 626 con traje coreano

Conocido como Credos en otros mercados, el Clarus fue la gran apuesta de Kia para el segmento D antes de que la marca diera el salto definitivo de calidad años después. Su gran secreto era su “esqueleto”: compartía gran parte de su arquitectura con el Mazda 626 (GE), lo que le otorgaba de salida una solvencia mecánica y una calidad de rodadura que sorprendió a la prensa de la época aunque, todo hay que decirlo, no podía presumir de una estabilidad muy elevada por diferentes motivos.

Primero; la suspensión tenía tarados algo blandos, lo que permitía que la carrocería se moviera más de la cuenta en determinadas circunstancias. Segundo; la dirección era algo imprecisa y obligaba a trabajar un poco más con el volante. Tercero; el Kia Clarus 2.0 CLX montaba de origen neumáticos Hankook (corregido de tu “Hancook”), que hoy quizá parezca un error de escritura pero no lo es. Se trata de Hankook antes de volverse el gigante mundial que es actualmente y que, en aquellos años –1996– no eran, precisamente, los mejores del mercado.

Kia Clarus (2)

La calidad general se quedaba muy por detrás de los principales rivales europeos. Si hacemos caso a la prensa de la época, era mediocre

Donde sí podía presumir, al menos un poco, era en el apartado mecánico. El chasis era lo que se estilaba entonces: McPherson delante y detrás con estabilizadora, y del motor se podría decir lo mismo, o casi. Bajo el capó se escondía un cuatro cilindros “dos litros” de origen Mazda, el “viejo” T8CD con 1.996 centímetros cúbicos, cuatro válvulas por cilindro, inyección multipunto y un rendimiento que no estaba entre los mejores, pero sí podía considerarse en la media: 133 CV a 6.000 revoluciones y 171 Nm a 4.000 revoluciones. Además, el cambio, manual de cinco relaciones, tenía desarrollos más o menos cortos –la quinta era de 33,9 kilómetros por hora a 1.000 revoluciones–.

Mucho por muy poco

No era, como se suele decir, “un tiro”, pero tampoco era lento. Oficialmente, la velocidad máxima era de 185 kilómetros por hora, hacía el 0 a 100 kilómetros por hora en 10 segundos y los consumos rondaban entre los 7,8 y los 12 litros cada 100 kilómetros. Según la revista Coche Actual –número 447–, el 0 a 100 kilómetros por hora lo completaba en 10,3 segundos, el 80 a 120 kilómetros por hora en quinta lo realizaba en 18,1 segundos y los consumos se quedaban en 9,2 litros cada 100 kilómetros de media. Eso, gracias a un depósito de 60 litros de capacidad, se traduce en unos 650 kilómetros de autonomía.

El Kia Clarus 2.0 CLX costaba, en 1996, 2.730.000 pesetas, 16.408 euros de aquel entonces –si sumamos inflación, un 102,8%, serían 33.275 euros de 2026–. Un precio que situaba al sedán coreano en lo más bajo de la tabla, aunque si echabas un vistazo a la lista de equipamiento, parecía un coche mucho más caro: cierre centralizado, dirección asistida, elevalunas eléctricos o faros antiniebla iban de serie. No obstante, el ABS, el airbag de conductor y pasajero o el aire acondicionado se pagaban aparte, al igual que las llantas de aleación.

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Sobre mí

Javi Martín

Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".
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Ingeniero de profesión, la mayor pasión de mi vida son los coches desde que era un chaval. El olor a aceite, gasolina, neumático...hace que todos mis sentidos despierten. Ahora embarcado en esta nueva aventura, espero que llegue a buen puerto con vuestra ayuda. Gracias por estar ahí.

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Soy un apasionado de los coches desde que era muy pequeño, colecciono miniaturas, catálogos, revistas y otros artículos relacionados, y ahora, además, disfruto escribiendo sobre lo que más me gusta aquí, en Espíritu RACER.

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