En 1968, mientras los muscle cars de Detroit dominaban las portadas con sus sedientos bloques V8 y la crisis del petróleo aún parecía una distopía lejana, un prototipo eléctrico irrumpió en el Salón del Automóvil de Los Ángeles con una promesa que sonaba a ciencia ficción: 222 km/h –138 mph– de punta sin quemar una sola gota de gasolina. Se llamaba AML –American Electric Lightning– y, aunque bajo su piel escondía la estructura de un modesto Renault 10, su planteamiento era puramente aeroespacial.
Construido por la American Electric Car Co. –no confundir con la AMC de los Javelin–, este coche no era un experimento de laboratorio de baja velocidad. Para lograr semejantes prestaciones, recurrieron a una solución drástica: baterías de níquel-hierro modificadas, similares a las que utilizaban los submarinos nucleares de la época. El conjunto detenía la báscula en unos razonables 1.360 kg, una cifra asombrosa si tenemos en cuenta que las baterías de los años 60 pesaban como el plomo.
Un “matagigantes” silencioso en la era del plomo con tetraetilo
El corazón de este “R10 atómico” era un motor de corriente continua de 112 kW –150 CV–. No era un juguete para pasear por el centro de la ciudad: el AML aceleraba de 0 a 100 km/h en unos 8 segundos y prometía una autonomía de 160 kilómetros con una sola carga. Estas cifras no solo eran buenas para un eléctrico; humillaban directamente a muchos coupés deportivos de finales de los 60 que necesitaban el doble de cilindrada para acercarse a esas prestaciones.
La prensa de la época no tardó en bautizarlo como “el rayo silencioso”. En pista, el coche era un espectáculo desconcertante para los puristas del drag strip: una aceleración lineal, sin rugidos, sin cambios de marcha bruscos, solo el silbido eléctrico de las baterías y un velocímetro que subía con una determinación que daba miedo. Era, en esencia, el tatarabuelo espiritual de lo que hoy intentan vendernos con los Ludicrous Mode.
¿Por qué era una bomba –y por qué fracasó–?
Imagina el shock cultural en 1968. Mientras Pontiac, Dodge y Plymouth sacaban bestias de 7 litros de cilindrada que escupían fuego por el escape, este derivado del Renault 10 demostraba que la electricidad podía ser rápida, práctica y “limpia”. Ofrecía una recarga completa en solo 3 horas y cero emisiones locales, algo que en ciudades como Los Ángeles, ya castigadas por el smog, empezaba a sonar con sentido.
Sin embargo, el AML se topó con el muro de la realidad económica y tecnológica de su tiempo:
- Coste de producción: Las baterías de grado militar eran prohibitivamente caras para un coche de gran serie.
- Infraestructura: En un mundo donde la gasolina costaba céntimos, nadie veía la necesidad de instalar postes de carga.
- Idiosincrasia americana: El público prefería el olor a goma quemada y el estruendo de un V8 antes que el “zumbido de una lavadora”, por muy rápida que fuera.
Al final, el proyecto no pasó de la fase de prototipo, pero dejó una semilla plantada que pocos recuerdan. Allanó el camino para los experimentos eléctricos de los años 70, como los de Henney Kilowatt –también basados en Renault–, que intentaron sobrevivir a la crisis del crudo sin éxito.
El abuelo olvidado de la era Tesla
Hoy, con los hiperdeportivos eléctricos reventando récords en Nürburgring cada semana, el AML de 1968 se erige como ese abuelo olvidado que, desde el rincón de la historia, nos dice: “Yo lo hice primero”. Es una rareza técnica que nos obliga a plantearnos una pregunta incómoda para los amantes de la gasolina: ¿Y si este muscle silencioso hubiera ganado la guerra del asfalto hace casi 60 años?
Aprovechando que estamos a las puertas del fin de semana, es el momento ideal para soñar con ese “qué pasaría si” en nuestro garaje propio. Quizás hoy no estaríamos hablando de autonomías y puntos de carga, sino de cómo aquel pequeño Renault francés reconvertido en cohete americano cambió el mundo mucho antes de que naciera Elon Musk.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS