Sabemos reconocer un Chevrolet Corvette C3 cuando lo vemos, incluso cuando intenta esconder su verdadero rostro con fachadas inusitadas. El Ferrari 250 GTO es el clásico de clásicos deportivos italianos. El Mercedes-Benz 300 SL Gullwing es el clásico de clásicos deportivos alemán. En tono americano, lo mismo le cabe a la tercera generación del ícono de General Motors.
Hay razones en común para esta distinción, comenzando por unos diseños expresivos fuera de la media; tan por encima de la media como para firmar en apodos los rasgos sobresalientes. El de Maranello fue un Monstruo a primera vista para el público de Monza y el de Stuttgart una gaviota en cuanto desplegó sus alas. El de Detroit nació como un tiburón, debido al concepto heredado del prototipo Mako Shark II. Tres referentes que también coincidieron en el contrapunto entre sus espíritus intrínsecos de competición y sus estilos tan temerarios como refinados.
Tan distinguible es el C3 que ni la más abominable conversión lo puede ocultar, ni siquiera el ejemplar mutado a breadvan, un Chevrolet Corvette 1968 Sportwagon que figuró a la venta años atrás por medio de Bring a Trailer. Nada nuevo en las leyendas del pasado. ¿Cómo podría disimularlo el modelo estadounidense si, por los motivos ya aclarados, las identificables líneas del GTO de Ferrari siempre estuvieron allí cuando dejó de ser berlinetta para adoptar esta misma carrocería?
Chevrolet Corvette 1968 Sportwagon: Mecánica que altera el aspecto
Su dieta, basada en combustible de competición, no debería llamar la atención en exceso; estos extraños wagons llevan los circuitos en sus genes desde los orígenes. Por otro lado, esta necesidad de usar gasolina de alto octanaje parte de la alta compresión de su motor “de caja” (crate engine) proveniente de Chevrolet Performance. Se trata de un bloque 572 (9.4 litros) diseñado para alcanzar los 730 caballos, una configuración ideal para duelos de aceleración que sí genera algo más que curiosidad.
Un shooting brake mecánicamente apto para desafiar a cualquiera en las drag races es algo que no se ve todos los días. Los motores de plataforma alta son conocidos en la marca estadounidense y este V8 big-block no es la excepción. Precisamente por el tamaño y la ocupación de este descomunal ocho cilindros es por lo que la silueta del coche se ha visto afectada estructuralmente.
El capó de inducción —donde el extremo junto al parabrisas queda abierto para forzar la entrada de aire al motor— cambia tanto la ecuación estética en este Corvette Stingray convertido como la propia carrocería breadvan. Y no es lo único a lo que se le metió mano en el sector delantero: sobre el fino parachoques cromado ya no se ven los faros retráctiles originales. Las luces, ahora fijas, se han desplazado a la parte baja, cerca de los intermitentes. A pesar de toda esta osada personalización, el ADN del C3 sigue ahí.
El aura incombustible del Corvette C3
Incluso en su formato a cielo abierto, prescindiendo del techo targa, el coche expresa buen gusto tanto como cuando la capota extraíble está en su lugar. Lo curioso de este caso es que este mismo ejemplar ya había sido subastado poco antes de su oferta en Bring a Trailer, dándose la circunstancia de que el precio alcanzado apenas cubría el coste del motor prestacional que late bajo el capó.
El Corvette C3 suele detener el tiempo a su paso, especialmente cuando te asalta por sorpresa. Este Chevrolet Corvette 1968 Sportwagon lo tiene todo para cumplir con ese mandato: más allá de las modificaciones radicales, las líneas maestras de la tercera generación se manifiestan con fuerza. Como muestra, la fotografía publicada por la casa de subastas —con el coche de costado, la pintura roja reluciente bajo el sol y el brillo del tubo de escape— desprende eso que hoy los jóvenes llaman “aura”. Un aura de potencia bruta y diseño atrevido que ni el tiempo ni la fibra de vidrio han logrado mitigar.






Mauro Blanco
Veo arte en los coches y en sus diseños una potencia que va más allá de las cifras. Ex conductor de Renault 12 rojo modelo 1995 de épicos e imprevisibles episodios, al que recuerdo por la hostilidad de su volante, pero, sobre todo, por nunca haberme dejado en el camino.