Quisiera compartirles una segunda parte del diario que no fue. De haber sido, es seguro que no estaría aquí canalizando la nostalgia alimentada a base de recuerdos imborrables. Algunos más, otros menos difusos, pero ahí siguen estando. La última gran obra de mi ex Renault 12 rojo fue en ciudad, pero con sentido a carretera. No para abordarla, sino para alcanzar el transporte de larga distancia que se le iba a mi primo.
Hoy, mi primo –mi hermano– pasa los días en la costa oeste americana y entiendo que alguna vez le deslicé la posibilidad, de momento lejana, de hacerme de un R4, ponerlo en condiciones y llegar a él. Esa es, en todo caso, una historia por contar. Entre las pasadas, una sucesión de visitas a su casa de verano ubicada a las afueras de Mar del Plata, ciudad turística argentina, que datan de una década atrás. Más de una realizada con anterioridad a la proeza de la primera parte, época en que el R12 iba y venía por la Autovía 2.
La carretera, bordeando la costa del Atlántico, un completo paraíso de fondo de pantalla. Colinas de un lado y del otro, pendientes interminables y una especial, porque es la que tomábamos justo antes de revelarse el campo abierto de la entrada a nuestro barrio. ¡Si se saboreaba en las horas del atardecer! Y su casa de verano estaba a un puñado de cuadras de la playa, pero de todas maneras solíamos movernos en coche.
Como en aquella Costa Oeste que hoy nos distancia, en la nuestra gobiernan los acantilados. Y los de la primera mitad de la década pasada fueron días de plena juventud. El riesgo siempre estuvo, las víctimas no faltaron nunca. Cada tanto, la noticia de alguien cayendo por derrumbe o por dar un paso en falso vuelve a los canales actualizando nombre y apellido. Solo un poco de contexto, no pretendo ponerme moralista ni portavoz de la concientización cuando estas líneas hablan justamente de todo lo contrario.
Días de juventud e inconsciencia, inconsciencia de acantilado. Había dos opciones al llegar a la carretera. Cruzarla era la más directa, pues a esa misma altera estaba la entrada al balneario. Entonces, luego de unos metros dejabas el coche aparcado, de frente al mar, y a pie bajabas a la arena que quemaba –por un acceso que, de noche, mejor evitar, pues de noche nada se veía y un paso en falso y adiós–. La otra opción consistía en tomar la carretera y, después de conducir unos 100 metros hacia la izquierda, utilizar una entrada secundaria.
Es la que te enviaba directo a los acantilados, que en ese momento oficiaba de aparcamiento en las alturas. No recuerdo haber visto vehículos allí en los últimos años, no al menos en aquellas cantidades, con aquella frecuencia. Era, unos once años atrás, una suerte de espacio reservado para mi compañero con GNC, porque desde abajo, ya en la playa, la escena era digna de publicidad oficial francesa. El Renault 12 rojo en las alturas y bien al borde del precipicio. Jamás me preguntaba qué desgracia podía ocurrir, era solo verlo estacionado en la cima más aproximada y, cada tanto, bromear con que los del rombo se estaban perdiendo una gran postal.


1
Mauro Blanco
Veo arte en los coches y en sus diseños una potencia que va más allá de las cifras. Ex conductor de Renault 12 rojo modelo 1995 de épicos e imprevisibles episodios, al que recuerdo por la hostilidad de su volante, pero, sobre todo, por nunca haberme dejado en el camino.COMENTARIOS