Un vistazo al mercado se hace pensar en una cosa: ¿qué ha pasado con los sedanes? Esos coches que una vez fueron la aspiración de miles de españoles, hoy apenas tienen representación entre las marcas de alta gama, porque entre las generalistas, ¿qué queda? Es una pena, sobre todo si echamos un vistazo atrás y vemos que, en alguna ocasión, no solo fueron coches deseados, también llegaron a ser rápidos y con carácter.
Es curioso cómo funciona la memoria colectiva. Hace treinta años estos coches eran el pan de cada día: taxis, coches de padre, protagonistas de miles de viajes, héroes silenciosos que se cruzaban media España sin que nadie se fijara en ellos, el sueño de cientos de miles de usuarios… Hoy, sin embargo, viven instalados en un limbo extraño: ni clásicos, ni modernos, ni lo bastante llamativos para que un chaval los quiera o un amante de los clásicos lo vea como tal.
No obstante, los coches clásicos y los coches recordados por todos no siempre son modelos deportivos o de alta gama. ¿Acaso un SEAT 850 es deportivo o lujoso? Claro que no, ni siquiera era un coche especialmente evolucionado técnicamente. Y decimos el SEAT 850 como bien podríamos decir el Opel Kadett, la idea es la misma en ambos casos: no son modelos deportivos o lujosos, son coches que, en su momento, ofrecían lo que hacía falta que ofrecieran y conectaron con muchos usuarios.
Quizá por eso, los modelos que presentamos aquí no son tan recordados, porque no conectaron o no lograron cambiar la perspectiva de los usuarios hacia sus capacidades. Eso, lejos de ser malo, se presenta como una oportunidad de tener algo con más alma y más carisma que cualquier coche moderno, por un precio irrisorio. No tienen etiqueta, es cierto, ni pantalla –¡genial!–, pero es ahí donde está la gracia de estos coches.
Toyota Carina E 2.0 GLI. El coche que todos infravaloraron
El Carina E fue víctima de su propia virtud: era tan fiable y tan discreto que nadie le prestó atención. Pero debajo de esa apariencia de contable británico había un coche mucho más fino de lo que recordamos. El motor 2.0 atmosférico de 133 CV no era ningún cohete, pero la suavidad, la respuesta lineal y la sensación de solidez siguen sorprendiendo. No buscaba emociones fuertes: buscaba hacer kilómetros con una calma y una calidad que hoy solo encuentras en coches mucho más caros.
Y el chasis, ojo. Toyota puso mucho empeño en afinarlo para Europa, y se nota en las curvas rápidas: estable, noble y con una confianza que no esperas en una berlina de hace treinta años. Ahora nadie habla de él, pero quien se sube a uno vuelve a tener claro por qué Toyota arrasaba y porque Toyota arrasa ahora: fiabilidad, funcionamiento correcto, calidades coherentes, buena conducción… No hay que ser deportivo para saber transmitir valores.
Opel Vectra B 2.0 16V. La berlina europea que sabía más de lo que aparentaba
Aquí viene la sorpresa. El Vectra B arrastra mala fama, pero el 2.0 16V era mucho mejor de lo que su recuerdo empañado sugiere. Era un coche cómodo, amplio, relativamente ligero y con un motor que empujaba con alegría sin necesidad de turbos ni artificios. La dirección asistida tenía ese tacto Opel tan particular —ligero, pero claro— y la estabilidad en autopista lo convertía en un auténtico tragakilómetros.
Además, tenía algo que hoy echamos de menos: visibilidad. No había pilares gigantes, ni pantallas que te distraen, ni un puesto de conducción que parece dibujado por un diseñador de videojuegos. Solo un coche sencillo, bien planteado y sin aspavientos. Muy poca gente lo busca ahora, lo que explica precios absurdamente bajos. Y ahí está la gracia: por muy poco dinero, vuelves a sentir cómo era una berlina -o sedán– europea antes de que todas se parecieran demasiado.
Mitsubishi Galant 2.0. La berlina tranquila que hacía todo bien… y nadie lo dijo
Si el mercado fuera justo, el Galant sería mucho más recordado. Pero nunca lo fue. Mitsubishi tenía fama de hacer deportivos –Eclipse, 3000GT–, todoterrenos duros –Montero– y utilitarios guerreros. El Galant quedaba entre medias, en tierra de nadie.
El 2.0 atmosférico entregaba unos 133 CV, suaves, limpios y con un punto japonés muy particular: nada de estridencias, nada de dramatismo, solo eficiencia, silencio y una entrega progresiva y deliciosa, aunque, quizá, un poco falta de carácter.
Su habitáculo estaba bien hecho, la suspensión filtraba como un coche más caro y el diseño exterior ha envejecido sorprendentemente bien. Es uno de esos coches que no se hacían notar, pero que cumplían, siempre, sin fallos, sin ruidos, sin disgustos. Y quizá por eso hoy es una oportunidad: pocos se acuerdan de él y los que quedan se encuentran en un espectro de precios ridículamente bajo para lo que ofrecen.
Conclusión rápida: estas berlinas no pretenden ser clásicos, ni joyas ocultas, ni inversiones. Son simplemente buenos coches. Coches que se conducen mejor de lo que imaginas, que siguen siendo cómodos, nobles y agradables. Y que, por el precio de un patinete eléctrico premium, te permiten volver a una época en la que las cosas eran más simples… y conducir, más auténtico.
Lástima que las etiquetas de la DGT quieran tengan como objetivo eliminar estos coches de nuestras carreteras. Son automóviles con los que muchos disfrutarían en una carretera tranquila, pero según donde viva, quizá no pueda ni salir del garaje con uno de ellos en los próximos años.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS