El mito, la leyenda… el enigma. Juan Manuel Fangio será por siempre un enigma, sus secretos de conducción nunca dejarán de ser objeto de estudio, tanto como las curiosidades que rodean a los coches con los que escribió la historia y que, ya retirados de la actividad y acompañados por las correspondientes fichas técnicas, se convirtieron en piezas exóticas de colección… y de museo. Por si nunca escuchaste sobre ella, he aquí La Negrita, un clásico del Chueco de Balcarce que demostró, a su manera, cómo hacer posible la unión en un mismo vehículo de otro célebre clásico: el de Ford y Chevrolet.
La compatibilidad de ingenierías antagónicas, un hallazgo logrado de la manera más romántica, un reencuentro, el impacto de su figura y el nacimiento de una declaración de antología, la victoria clave para que tal declaración fuese posible y para su inoxidable trascendencia… En pocas palabras, un roadster por demás interesante.
Por demás interesante para conocer en persona, aunque al respecto necesitas un consejo: tómate tu tiempo si un día viajas los miles de kilómetros necesarios para contemplarlo a un par de metros de distancia. Es que el Museo de la Fundación Fangio, ubicado en la ciudad natal del cinco veces campeón mundial, es un universo en sí mismo. Eventualmente, llegarás al piso más alto del edificio y verás las glorias de la Fórmula 1, con la Flecha de Plata de Mercedes-Benz marcando el final del recorrido, pero antes te toparás con La Negrita.
Pero no siempre estuvo este coche al cuidado y posesión de la familia Fangio que, tras venderlo, perdió su rastro. El desconocimiento de su paradero fue interrumpido por el momento que marcaría un quiebre en la sucesión de hechos. Tras la información recibida por un abogado del entorno familiar, el hermano menor de Juan Manuel, Rubén Renato Toto Fangio, se trasladó a Copetonas, pueblo del partido de Tres Arroyos –a unos 240 kilómetros de Balcarce– para comprobar si se trataba de este coche. No fue solo, ya que llevó consigo la llave de la verdad.
La Negrita de Fangio: un hallazgo vital
Recordaba Toto, en su tiempo preparador de los vehículos de carrera del Chueco, un detalle que, de persistir, serviría para identificarlo. Ya en la casa del por entonces propietario, se echó en el suelo, reconoció una vieja soldadura que había hecho en el eje delantero y confirmó: “esta es”. Ahí estaba La Negrita, de regreso en la vida de uno de los apellidos símbolos del automovilismo. Pero lo extraño del caso ya había iniciado cuando el mismo abogado comunicó la sospecha al propio dueño.
Isaac Vaskoboinik, chacarero, comprador de cueros y lanas, y ante todo partícipe apasionado de las carreras, jamás había estado al tanto de la verdadera identidad del monoplaza hasta ese contacto con el allegado a los Fangio. Tras la venta, sus descendientes no dejaron de visitar al coche en su espacio en el Museo y nunca dejaron de sentirse importantes en su historia. ¡¿Cómo hacerlo?, si con los Vaskoboinik había permanecido por décadas! El tapizado a nuevo fue el aporte único con el que marcaron a fuego su apellido en este singular Ford T.
Que Fangio es ídolo de ídolos, no caben dudas. No obstante, nada tiene que envidiar de los maestros de frases célebres como Enzo Ferrari, vaya fuente inagotable en el arte del buen decir. Una recordada del ex piloto argentino alude a La Negrita y se vincula al evento del reencuentro entre el hombre y la máquina. El Museo, el lugar propicio. Allí, el coche volvió a las manos del quíntuple campeón de F1, quien aprovechó la ocasión para compartir confidencias con los presentes.
Con Fangio, el automóvil apenas registró un historia de carreras que se cuentan con los dedos de una mano, pero esas cinco –experimentadas entre febrero y abril del ’47, apenas cinco años antes de que al vehículo se lo viera ya compitiendo para los Vaskoboinik– fueron suficientes para obtener, en una de ellas, el primer lugar: en la categoría Mecánica Nacional-Fuerza Libre del Premio Ciudad de Rosario del uno de marzo de aquel mismo año.
Una frase como declaración de principios y la particular fórmula mecánica que la hizo posible
Al volver a tomar contacto en cuerpo y alma con su vieja amiga en 1989, Fangio contó ante el público: “Era un auto tan feo, que en las anteriores presentaciones nadie reparó en él, pero al ganar en Rosario todos se fotografiaban a su lado y hasta me lo pidieron para exponerlo en varias Concesionarias”. Acto seguido, explicó que este monoplaza había inspirado a la frase en cuestión: “Por él, siempre repetí que autos lindos son los que ganan”.
Siempre fue, es y seguirá siendo La Negrita, ¿pero qué nombre le corresponde por derecho y atribución de su concepción y simbiosis mecánica? En la vida de Juan Manuel Fangio, a veces el nombre del modelo original se completaba con el del clásico rival. La Negrita no es un Ford T a secas, sino un Ford T Chevrolet.
Cuando lo adquirieron, los hermanos Fangio se encontraron con un chasis y un diferencial originales del Ford T, pero con un cuatro cilindros de un Chevrolet modelo 1927. De manera tal que el pacto mecánico entre automotrices antagonistas ya estaba en marcha y les precedía. ¿Para qué cambiar el curso de la esencia? Para aquella temporada de 1947, la modificación principal consistió en la sustitución de ese cuatro en línea de Chevrolet por otro, sí, de Chevrolet: un seis en línea tomado de un camión Guerrero 1944 destinado inicialmente a la 2WW.
Con el nuevo, y más pesado y largo motor, el chasis y la suspensión debían reforzarse, mientras que la dinámica de conducción para el piloto se vio afectada. Entre remaches y soldaduras, La Negrita fue sometida a un obligado reacondicionamiento. “En lugar de pisar los pedales hacia adelante, tenía que pisarlos hacia abajo, como tocando el órgano”, es uno de los recuerdos constatados que el Chueco nos ha dejado. Producto de cómo invadía el seis cilindros la cabina, los pedales debieron reubicarse unos centímetros hacia atrás, alterando así el movimiento de los pies.
En la vida y obra del Ford T Chevrolet La Negrita, sería una desconsideración creer que su historia se cuenta en línea cronológica. Del hallazgo al reencuentro. Del reencuentro a las palabras que dejaron constancia sobre la musa inspiradora. Y de aquel discurso del propio Fangio a la escena del pasado en la que una victoria bastó para el ídolo de ídolos grabara en la memoria de la comunidad del motor la que no sería una simple frase, sino una declaración de principios que lo guio en su laureada carrera. Detrás de la máxima, este coche ganador, un ganador cuando los más reconocidos, las glorias de Fórmula 1, todavía no habían escrito sus páginas.


Mauro Blanco
Veo arte en los coches y en sus diseños una potencia que va más allá de las cifras. Ex conductor de Renault 12 rojo modelo 1995 de épicos e imprevisibles episodios, al que recuerdo por la hostilidad de su volante, pero, sobre todo, por nunca haberme dejado en el camino.COMENTARIOS